IN MEMORIAM

(Crisanto Jiménez García)

No recuerdo con exactitud, cuando lo conocí, pero debió de ser casi al tiempo de su hijo, Pepín, porque siempre lo acompañaba, a medio camino entre mentor y carabina, siempre preocupado y atento a deslizar su manto protector, como una clueca solícita.

            Muchos años compartimos vivencias y preocupaciones. Muchos años nos apoyamos en nuestros sueños de que su niño alcanzara el lugar en este mundo difícil de la tauromaquia merecía, aunque él, pragmático, siempre era más pesimista que yo… Después, las circunstancias de la vida nos distanciaron un tanto, pero siempre le he guardado un lugar en mi corazón. Desde ese lugar, con ese cariño, quiero recordar un par de anécdotas, para dejarlas caer en su recuerdo, con mi cariño y mi respeto.

            Más de una vez había escrito sobre Pepín. Más de una y de dos veces sé que leía mis comentarios con sonrisa picarona y hacía algún comentario jocoso. Pero nunca me hizo un comentario a mí, directamente.

            Recuerdo una ocasión en que, en “6 TOROS 6”, mandé una carta al director, comentando la injusticia que desde los medios se cometía con su hijo. Dio la casualidad que, al día siguiente de la aparición del texto o casi, el maestro toreaba en Madrid. Crisanto ya había leído el escrito. Estábamos en el patio de cuadrillas, junto a las placas que recuerdan los participantes en la Beneficiencia, cuando llegó un personaje muy allegado a la familia -Luis Alegre, q.e.p.d.- con la revista en ristre, como si fuese una lanza y él un Quijote travestido de Sancho, con su oronda humanidad y su perillita afiladada. Casi sin saludar, le dio con ella a Crisanto un toque, casi de puya, y le dijo:

– ¡Mira lo que han escrito de tu hijo!

– ¿Lo conoces?, preguntó, al ver que Crisanto sonreía, divertido.

            No dijo nada, pero al decir que tendría que haber muchos aficionados como el autor, con la revista, enrollada, que llevaba en la mano, me señaló, con gesto cómplice. Así conocí al señor Alegre, el de “Alegre, Puchades y Barceló”, la santa trinidad de los años sesenta, cuando eran los señores de casi todas las plazas del Mediterráneo, incluida La Condomina.

            Por mi fidelidad al hijo, recuerdo mucho al padre. Me contaba divertido cuando intentó meterle el veneno del toro a Cris, el nieto primero. Como le gustaban mucho los gatos, siempre estaba refiriéndose a ellos con la terminología taurina. Creo que, en el fondo le hubiese gustado que fuera torero:

Mira, ése es berrendo, aquél salinero, éste ensabanao!

La carrera se acabó cuando Conchi, la mamá del presunto becerrista, se enteró que su vástago se dedicaba en la guardería a hacerles “faena” a los compañeros que quisieran embestir. Ahora, la ciencia ha ganado un miembro y la tauromaquia ha perdido a un rubio más.

            Siempre fui fiel a la familia y la confianza con que me habían tratado…

            Por eso ahora, que no he podido -a petición de su propio hijo- asistir a sus exequias, quiero tener aquí este recuerdo, dedicándole esta sencilla reseña póstuma.

            Descansa en paz, torero.

Por Marcial García García

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