OPINIÓN: “TENGO MIEDO, MUCHO MIEDO” POR MARCIAL GARCÍA

Por la mañana, cuando regresaba a la ciudad, tuvo hambre.

Y al ver una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no halló nada en ella sino sólo hojas, y le dijo: Nunca jamás brote fruto de ti… (Mat. XXI, 18-19)

            Sí. Tengo miedo y me explico:

            Por distintos medios me llega la inquietante noticia de que las autoridades de la cosa taurina de esta hermosa tierra comienzan movimientos subterráneos para intentar lavar su ¿conciencia?

            La noticia, por sí, no sería mala, sino esperanzadora. Pero, dada la circunstancia de que quienes, en cuanto hay ocasión -o sin ella-, se postulan como salvadores de todas las tauromaquias y enemigos de todos los malandrines que pretenden acabar con ella, son los causantes del estado actual de la cosa, uno siente erizársele la piel del espinazo, como cuando se adivina en las proximidades la presencia de algún reptil.

            Hace muchos años ya que este escribidor viene profetizando la muerte anunciada de la liturgia del toro, fundamentalmente por las actitudes y consentimientos de quienes deberían ser sus celosos guardianes, eso que antaño se llamaba “el respetable”. Pero aquí, dicho cuerpo social se convirtió hace mucho en comparsa de baile y palmas acompasadas, mientras se presentaban en la mayoría de los ruedos pantomimas grotescas, ganado impresentable e inválido, para darle “emoción” al asunto, y tragándose lo que se les presentaba, entusiasmado. Y, como la cosa iba bien, en líneas generales, para los bolsillos de los promotores de tales bodrios, todos contentos, especialmente, los que deberían ejercer de críticos. Las voces discordantes o los foros que clamaban por recuperar corduras y dejarse de sahumerios y loas, se les ignoraba, marginaba o amenazaba, como apestados peligrosos. Y la cosa seguía, con todas las bendiciones y autocomplacencias del taurineo regional. Los demás éramos idiotas utópicos que no sabíamos de “esto” y no conocíamos nuestra idiosincrasia particular, pasándose por el forro la vieja gloria de tiempos pasados, en que nuestras plazas, especialmente la capitalina, eran miradas con respeto por el resto de la afición nacional. Y estos planteamientos fueron, como las termitas, carcomiendo las endebles maderas del tinglado. Los responsables miraban para otro lado y solo una plaza daba ejemplo de cómo se debía encaminar el asunto.

            Ahora, pasado lo pasado, suprimidos festejos y organizadores, amedrentados por pandemias apocalípticas y temerosos de responsabilidades de las que se han hecho dejación, pretenden arreglar lo que se les fue de las manos, por su complacencia con el “statvs qvo”, sus canonjías para amiguetes y su inoperancia total, queremos buscar soluciones. Claro, soluciones que intenten salvar lo ya insalvable.

            Pero hasta el más insignificante y anodino ser, cuando se ve al borde del abismo, es capaz de emplear cualquier medio para salvar el pellejo. Y me da miedo.

            Sé que andan sondeando profesionales a los que se ha vetado y marginado, para -no sé de qué modo- lavar los sucios paños menores, en lamentable estado y apestosa presencia. Podría decir que es algo indecente aprovecharse de buenas voluntades, pero ¿qué les importa hundir a otros, si se salvan ellos?

            Tengo miedo de que los sondeados, en su altruismo, den pasos que no conseguirán salvar lo perdido, pero que sí salgan, de rebote, salpicados de estos fondos de albañal y sentina. Ni Hércules, en su quinto trabajo -la limpieza de los establos de Augías-, podría con semejante labor.

            “Lasciate ogni speranza o voi ch’ entrate” (¡Dejad toda esperanza, oh vosotros que entráis!), nos dice Dante que hay escrito sobre la puerta del infierno. No quiero caer en desesperanza tal, pero motivos tengo. Y por eso tengo miedo.

            Asumir responsabilidades ¡ya!. Reorganizar las bases de una tauromaquia, fundada en la verdad eterna del toreo: un toro bravo, íntegro y poderoso, y un hombre animoso, rozado por el arte y el valor, que juegan al viejo rito de la vida y la muerte. Un sistema que garantice esto, sin prebendas ni vetos, sin otro criterio que lo demostrado en el ruedo. Un movimiento que promueva la organización de festejos, con oportunidades para todos. Un apoyo real de las autoridades regionales, en las que radica casi toda la responsabilidad, para que se puedan realizar con garantías, revisando trabas administrativas y dotando de un tejido legal claro, sencillo y razonable, que vele por que todo esto sea posible… (No entro en otros asuntos, svb ivdice, porque uno es respetuoso con el procedimiento judicial)

            Y todo ello con una consulta abierta a todos los implicados en esta posible regeneración, apartando a quienes no merecen respeto ni segunda oportunidad.

            Lo demás, impulsado por el miedo de unos y acatado por la buena voluntad de otros, puede hacer real el refrán ése que habla de males y remedios.

            Pero, conociendo el paño, mi desasosiego aumenta en progresión geométrica. No confío en la zorra para guardar las gallinas.

            Y por eso tengo miedo. Mucho miedo.

Por Marcial García

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