OPINIÓN: “¡VA POR TODOS USTEDES!” POR JOSÉ LUIS VALDÉS

Igual que un torero se viste en silencio en la soledad de la habitación mientras besa pensativo sus medallas antes de salir hacia la plaza, también en estos días muchos médicos, enfermeros y otros profesionales de la sanidad intentamos dominar nuestros miedos mientras nos vamos vistiendo cada amanecer para acudir a nuestros centros de trabajo a lidiar ese toro maldito llamado Coronavirus y, también como los toreros, nos despedimos de nuestras familias sin saber si acaso podremos volver sanos y salvos.

Veedores de pacotilla, sin haber ido al campo y desde la lejana comodidad de su sillón, nos dijeron que éste era apenas un eral desmochado, que no tenía ni medio puyazo, que era menos temible que una inocente gripe… Que santa Lucía les conserve la vista, o, mejor aún, que les indique otro oficio cuando esto acabe, porque el presunto torete ha resultado ser un dañino marrajo, cunero y resabiado, aculado en tablas y que embiste certero a todo aquel que se le arrima. Matadores, banderilleros, picadores, monosabios…; tanto le da, pues a nadie perdona.

¡Si hasta al resguardado palco de Presidencia han llegado sus gañafones! ¡Si incluso la mujer del presidente y algunos de sus principales asesores han recibido algún puntazo! De vez en cuando y haciendo un medido sobreesfuerzo -la corrida es televisada en abierto-, el presidente se incorpora e intenta fingir que nos anima desde la distancia de su palco anunciándonos… ¡que ha bajado el consumo de keroseno y que somos campeones mundiales en consumo de internet!

¡Y vengan valientes al ruedo mientras algunos medios de comunicación corean al unísono bonitos pasodobles para distraer al respetable!
En estas terribles circunstancias sería necesario más que nunca un buen director de lidia que pusiera orden, serenidad y conocimiento para liderar esta dramática pelea. El nuestro más que torero parece un espontáneo, pues no viste de luces. Sin caireles ni alamares, solo asoma sus rizos de cuando en cuando desde el burladero de la televisión. Con su carita de pena quiere hacernos ver que él también está sufriendo por nosotros y nos pide paciencia y que confiemos al pico todas nuestras esperanzas. El pico, pues, ha de ser nuestra salvación, según él. Pero ni con pico ni sin pico; el bicho apenas se traga algún muletazo.

Mientras, uno tras otro seguimos cayendo. Se dice que las cogidas suelen ser por un exceso de confianza, por ignorancia, por un descuido… En definitiva, por haberse quedado expuesto a mitad del viaje del toro sin taparse. “Porque siempre es por culpa del torero”, pontifican algunos politiquillos que en su puta vida se han puesto ni siquiera delante de un simple e inofensivo carretón, como la abogada Ana Barceló, grandilocuente consejera valenciana de “Salut Universal”; tan universal en su ignorancia como “urbi et orbi” es su descaro.

¡Eso quisiéramos nosotros, poder taparnos bien! Pero para este virus no bastan muletas y capotes, pues sin que se le caiga la corona atraviesa la seda, el percal y la franela. Y, encima, escasea el material de protección para todos. ¿Se imaginan cuántos picadores aceptarían hoy picar un Miura de Pamplona si el empresario les dijese que no hay petos suficientes para sus caballos? ¿Y se pueden acaso figurar las maldiciones que proferiría cualquier matador cuando, llegada la suerte suprema, descubriera en pleno volapié que su espada es tan falsa como una baratija comprada en un chino?

Y cuando sientes que el toro ya te ha cogido y te levanta los pies del suelo, entonces solo te queda rezar y confiar en que la cornada no sea irreparable. Que taponen prontamente tus heridas en una de esas enfermerías de las que han salido tantos respiradores para salvar muchas vidas en las UCI de nuestros hospitales. ¿Cuántos corneados por este maldito virus estarán en este momento agarrándose apenas a un hilo de vida con el empuje infatigable en sus pulmones de alguno de estos preciados aparatos entregados generosamente al Servicio Murciano de Salud por empresarios taurinos, por ejemplo, como Ángel Bernal?

Pues ese toro siniestro ya escapó de la plaza. Ahora corre libre, descontrolado, esparciendo el luto por las calles de nuestras ciudades y pueblos, y sus víctimas se cuentan por millares. Incluso se llegó hasta la Janda para llevarse por delante a uno de los nuestros más querido: Borja Domecq, tiñendo así de negro la divisa azul de Jandilla.

Se ensaña especialmente con los ancianos y con los desvalidos, pero nadie está a salvo de su embestida. Tómenlo en serio, no se le acerquen. Apártense a un lado, guárdenle la distancia y refúgiense en sus casas. Dejen que los profesionales nos enfrentemos a él y lo matemos como podamos, porque lo vamos a matar aunque sea sin cuadrar y a paso de banderillas. Disculpen si la lidia no es tan ortodoxa como establecen los sagrados tratados de la Tauromaquia y la Medicina, pero con marrajos así no caben los adornos y se nos debieran permitir algunas licencias.

Y, finalmente, no se olviden de seguir aplaudiendo. Sí, cada tarde, desde sus palcos y balconcillos, por remotos y humildes que éstos sean. Porque sepan que esos aplausos nos llegan a todos los que nos ponemos delante de esos astifinos pitones. Claro que nos llegan, como yo los estoy escuchando atronadores ahora, en este mismo instante en que remato estas líneas, y, aunque ustedes no lo crean, para nosotros valen más que el más preciado de los trofeos.

Por eso, a pesar de que el de hoy no sea uno de esos toros de brindis, en mi nombre y también en el de todos mis compañeros quiero, queremos, brindarles la muerte de este bicho.

¡Va por todos ustedes!

Por José Luis Valdés