OPINIÓN: “SEMPER FIDELIS” por Marcial García

A veces el tiempo nos devuelve al pasado, a esos días de vino y rosas que creíamos perdidos para siempre en el sumidero de los años, ese devorador insaciable que nos va aniquilando sin que nos demos cuenta.

            Clemente, San Clemente, es un santo pegado a Lorca con ahínco de siglos. Desde tiempos del infante Alfonso, ése que blande espada y exhibe llave desde el campo de su escudo, encaramado en la torre de su nombre, y que es tenido por santo protector de la Ciudad del Sol, por su patrono celestial. San Clemente, claro.

            Por ese motivo, el concejo de la muy noble y muy leal ciudad fronteriza acostumbra en la efeméride premiar a algunos de sus preclaros hijos. Este año, aparte de la otorgada a la Benemérita, con la ocasión excepcional de su CLXXV aniversario, se le ha concedido a un gran torero, al que entregué mi devoción incondicional hace ya muchos años. No tantos como los que San Clemente a Lorca, pero casi.IMG-20191125-WA0010

            Mientras esperaba la salida en volandas, por la puerta grande del “Guerra”, para saludarlo, he tenido la ocasión de abrazar a su tío, José Luís Molina, el culpable de que le viera debutar con caballos. También a Pedro y Regina, que comparten pasión fuera del tiempo y a otros amigos que adolecen de la misma enfermedad, como Fran, la Madrina, Jacobo, Miguel, los de la Peña y el CT…

            Este galardón, el más alto que concede la vieja Eliocroca, desmiente viejos aforismos sobre profetas y patrias chicas. Y no es la única vez que recae en la misma persona. En mayo de 1999, toda una semana se encargó en homenajear al Maestro: conferencias, conciertos, inauguración de estatua a las puertas de Sutullena, obra de Lola Arcas -cuyo reportaje fotográfico tuve el honor de realizar-, culminada por la corrida del 2-may, naranja y oro, éxito y volandas ¡Hasta el cartel era todo un acertijo, hecho obra de arte!

            Entre aquel ya lejano Día de la Caridad (6-abr-79), en que asistí por primera vez a verle torear, hasta hoy han transcurrido largos rosarios de emociones y algunos tragos amargos. De aquél día conservo la preciosa y preciosista crónica que le escribió “Margarito” en Línea, el diario azul que aún se editaba. Pero sobre todo el impacto indeleble de que había asistido a la epifanía de un ser privilegiado. El dedo de Dios, como recuerda Fran, andaba en danza, como escapado de un fresco sixtino de Buanorrotti.

            Elegancia, pureza, sobriedad, creación, perfume sutil de jazmín de corinto y oro. El niño rubio de Lorca, como le llamaba doña María de las Mercedes, fue acrisolando virtudes, querencias y fidelidades. Los que lo seguíamos, en devota peregrinación, por esos ruedos de Dios y del Diablo, íbamos acumulando gozos y alguna sombra, pero nuestra devoción crecía sin cesar como la “devotio” ibérica.

            De Norte a Sur, de Este a Poniente. Sin fatiga, con ilusionante esperanza. Así he recorrido la rosa de los vientos de la Piel de Toro, con alguna escapada a la douce France, donde también -como no podía ser de otra forma- se veneraba, y venera, a este ídolo de seda y oro, a este señor de la arena sacrificial, a este flamen del sacrosanto rito milenario de la tauromaquia…

            Y aquí estoy de nuevo. Escuchando como el secretario del concejo relata la exposición de motivos para tan excelsa concesión, y como el homenajeado, con traicionero “gallo” emotivo, muestra su agradecimiento, contando ilusiones y pequeños-grandes orgullos, enfundándose de nuevo su alma del hermoso capote azul (pasionario y apasionante) que exhibe las grandezas de su adorada patria chica, sagrado estandarte de su lorquinismo, preclara coraza para el alarde de la tarde de cartel.IMG-20191125-WA0009

            Por dentro, siento removerse viejos rescoldos y maldigo la tarde en que presencié en Aranjuez, junto a Fernando Peña, Ginés Blesa y el abuelo Vidal, como un marrajo de la ganadería de Calera de Chozas, aliado con racha inoportuna de viento, acababa con su carrera en el real coso de la villa santiaguista…

            Después de los abrazos, algunos recuperados, uno se siente orgulloso de su fidelidad. Fidelidad por encima de convencionalismos y contratiempos, que también los ha habido. Fidelidad nacida de lo más profundo del manantial de la devoción, el cariño y el respeto de un grande. Un gran torero, puro e inclasificable, por único, que se llama PEPÍN JIMÉNEZ.

            ¡Por muchos años, Maestro!

            Disfruta de tu triunfo, querido amigo ¡Lo has merecido!

Por Marcial García, colaborador de @elmuletazo