AVENTURAS Y PERIPECIAS DE LOS PRIMEROS AÑOS DE LA CONDOMINA, ESCÁNDALOS Y LA RAMBLA DEL SORDO (2ª Parte) por Julián Hernández Ibáñez

Disparos de arma de fuego en el primer escándalo de La Condomina

Para recordar el primer y más mayúsculo escándalo en nuestra plaza, tenemos que irnos muy atrás en el tiempo, apenas siete años después de la inauguración de la plaza, a la novillada verificada el 29 de septiembre de 1895. Seis novillos de Udaeta, ganadería añeja de encaste coquilla, para los diestros Padilla y Parrao, dos novilleros que eran de lo más florido en esos años.padilla

La novillada tiene unos augurios no muy propicios para el triunfo. La ganadería de Udaeta llega en una cuesta abajo preocupante, pocos meses antes todos los astados de una corrida en Madrid, mansean y dan un juego deplorable.

El tiempo por si fuera poco amenaza tormenta. Y un día antes de la novillada, con los novillos ya encerrados y cuando los dos últimos eran dirigidos para el enchiqueramiento, un hijo de Benito, el primero de la saga de los conserjes Belmar, y que se llamaba  Manuel Belmar, que contaba 35 años, se encontraba achuchando a las reses con otros individuos a fin de conseguir encerrarlos, cuando uno de los novillos, de pelo negro, se le arrancó a Manuel, en un momento que estaba vuelto de espaldas al burladero. Al ver Manuel que el novillo se le había arrancado, quiso ganar el burladero, pero tropezando con uno de los comederos de los toros, el bicho le ganó el terreno, encunándolo por el pecho, tirándole al suelo y dándole una terrible cornada en la pierna. No le repitió el golpe, porque el otro novillo corneó en tan crítico momento al otro novillo. Justo en el momento que se enzarzaban los dos novillos, fue recogido por los que estaban en los burladeros y por su padre el conserje, llevándolo al hospital, donde quedo ingresado. Allí se le apreció una terrible cornada, en la parte posterior del muslo derecho, tercio superior, región glútea derecha, de siete centímetros de orificio y más de doce de profundidad, de pronóstico reservado. Unos cuantos meses de recuperación le costó al bueno de Manuel el terrible susto.

Y ahora vamos al escándalo, llega la hora del festejo, el usía, D. Manuel Costa Fariñas, toma asiento en su palco, hace la señal con el pañuelo y salen las cuadrillas, capitaneadas por los diestros Parrao y Padilla, siendo recibidos al cruzar el redondel con una salva de aplausos de los asistentes. Después de saludar, dejan los capotes de lujo, tomando los de faena, se colocan  los varilargueros de tanda, y una vez dada la orden de comenzar la pelea, se suelta el primero de los de Udaeta, que es berrendo en colorao, señalado con el número 13. El escándalo llega al salir el segundo novillo, cuando el cielo dijo: -agua va- y como un diluvio en pocos minutos dejó el anillo como una balsa impracticable. Aquello, era un lago, el chaparrón fue tan abundante, incluso acompañado de granizo, que el tendido se quedó en poco tiempo vacío.

En la grada y palco se apiñó la gente, pero como allí no cabían todos los espectadores, tuvieron que refugiarse los demás bajo la bóveda del tendido, en la plaza reinaba la confusión. En estas el novillo quedó solo en mitad de la plaza dejando el agua caer. En el ruedo de la plaza había más de un palmo de agua y por la puerta principal pasaba un autentico río. Padilla cuando vio la inundación y al ver que el usía no asomaba con tanta gente y jaleo, tomó las de Villadiego y se montó en la calesa, camino de la fonda. Los picadores y el otro matador hicieron lo mismo.

El público, terminada la lluvia, pedía a voz en grito, los hombres su peseta y las mujeres sus dos reales. El presidente ordenó fuera encerrado el astado. Los que habían entrado gratis, aprovechando la confusión, eran los más furiosos en pedir su dinero o que continuara la corrida. Empieza la faena para encerrar el novillo, que no quiere volver al chiquero, la gente más se impacienta.al toro

A Padilla le hacen volver de la fonda y continúa la corrida sin picadores. El público pide caballos y los piqueros no asoman dando tiempo, sin duda para que la noche se echara encima. Después traen serrín en toneladas y lo van echando a puñados de una a una muy despacio. Los espadas, para calmar las protestas del público intentan poner los palos desistiendo luego. Se promueve un inmenso escándalo por falta de picadores. El público pide caballos y el conflicto adquiere grandes proporciones. Arrojan a la plaza sillas, empiezan a arrancar los sillones de hierro que antes existían en la contrabarrera, se destroza la grada que hay cubierta después del tendido. La baranda que separa el tendido de la grada, queda destrozada. La benemérita interviene, se oyen disparos al aire, pero no puede dominar el escándalo. Se piden refuerzos al cuartel de la Guardia Civil. Un grupo se dirige a la presidencia en ademán hostil. Llegan los refuerzos de la benemérita y continúa el conflicto. Centenares de sillas quedan rotas y otras desaparecen. Al avanzar la noche desfila la gente quedando extinguido el escándalo nunca visto en la nueva plaza.

Las causas del alboroto fueron muchas, pero lo que provocó el conflicto, parece ser que el público creyó ver deseos de que no se lidiaran los cinco novillos que faltaban por salir. Los picadores se negaron a salir al ruedo, lo que ocasionó un gran enfado en el público, que se desgañitaba con el tan llevado grito de ¡caballos! ¡caballos!, por este motivo, todos los picadores de paisano fueron detenidos y llevados al cuartel de la Guardia Civil. Hasta los mulilleros desaparecieron inexplicablemente. Parrao fue el único que quiso dar la cara y se quedó en el ruedo junto a un picador. Padilla por el contrario desapareció de la arena, al ver que todos sus picadores desertaron.escandalo

Por todo esto a la empresa se le impuso tres multas de 500 pesetas cada una, una de 200 pesetas a Padilla y varias de cantidad menor a los picadores.

Toros a la fuga

En una ocasión un toro de cinco años se escapó un día de los corrales, rompiendo una puerta y se coló en el patio de caballos. La mujer del primer conserje “el señor Benito”, estaba lavando. El toro llegó a la pila, bebió agua con codicia y la pobre mujer, ya anciana, pudo apartarse sin que el toro la molestara.

Unos años después, un toro de Concha y Sierra, mientras estaba desencajonándose, rompió la valla que servía de callejón hasta los corrales, y en noche cerrada, se fue junto a la puerta de la conserjería. Había en el patio unas veinte personas, que se salvaron subiéndose a un melocotonero, que entonces existía en el centro del patio de caballos.

Dos toros que comían de la mano

Es frecuente que algunos toros se dejen acariciar por mayorales y empleados de los corrales de la plaza. En los corrales de la nuestra, dos toros cinqueños, descarados de cuerna, se han dejado mimar por la familia del conserje. Existió un toro en los corrales de la ganadería de González Nandín. El noble toro acudía como un perro cuando le llamaban desde las troneras del patio, tolerando que le rascaran el testuz y que le acariciaran por el lomo.TOCAR

Otro bicho que estuvo como aquél, más de dos años en los corrales y que estaba también como sobrero, permitía que le dieran de comer en la mano Ángel, Benito y Jesús Belmar, que rodeaban tranquilamente al bicho en el centro del corral. Los dos toros de referencia, cuando fueron lidiados, dieron mucho juego, resultando muy bravos.

Maletillas en los corrales

Todos los conserjes que tuvo la plaza de toros de Murcia, fueron muy celosos de su cargo, cuando había una corrida encerrada en los corrales, no les era fácil conciliar el sueño. A cada rato vigilaban que atrevidos zagales, no se descolgaran por las tapias y se echaran a los corrales para perjudicar el ganado o recibir una cornada. Varias fueron las noches que hubo de levantarse y espantar a los suicidas torerillos.

Una madrugada el conserje estando en la cama, fue avisado  por la ventana, de que en un corral había un muchacho desangrándose. Acudió presuroso y recogió al joven que tenía un muslo atravesado. Por lo que parece, quiso torear un toro de 400 kilos y fue alcanzado, en un derrote el toro lo soltó, y el muchacho pudo arrastrándose, entrar en la tronera. Auxiliado por el conserje, fue trasladado a la Casa de Socorro, donde tardó en curar tres meses.

En otra ocasión, dos maletillas utilizando cuerdas con ganchos, saltaron las tapias del campo de fútbol, que como saben linda con la plaza de toros, hasta descolgarse a los corrales. Uno de ellos llamó la atención a un toro y se puso a torearlo con un saco. El toro lo acribilló a cornadas. El otro muchacho tuvo la valentía de tirar del cuerpo ensangrentado del amigo en medio del patio, quitándolo de los puñales de la fiera. Estuvo gravísimo este maletilla, víctima de su loca afición, pero sanó en unos meses.

La Rambla del Sordo

En el término de Santo Ángel se encontraba en época muy lejana, una torre o casa fuerte conocida como la Torre del Sordo, por haber pertenecido a un sujeto conocido por Juan Alonso, de apodo el Sordo. De ahí el nombre que se le dio a esa rambla, que hoy es nombre de una calle, en la pedanía de Santo Ángel.

rambla del sordo
Rambla del Sordo

En esta rambla figura un hecho sucedido como dato curioso y que tiene que ver con las diferentes plazas de toros de Murcia. Se trata que desde épocas inmemoriales, allá por el siglo XVII, hasta primeros años del siglo XX, era costumbre enterrar en la susodicha Rambla del Sordo los caballos muertos en las corridas de toros, celebradas en la ciudad y que eran trasladados cargados en carretas hasta su última morada, produciéndose con ello malos olores y una invasión de pájaros necrófilos. Los vecinos del lugar se opusieron a ello, por los motivos señalados, y por ser dicha rambla, camino obligado para abastecerse de agua de un manantial muy solicitado incluso por vecinos del lugar, pero el ayuntamiento pidió no se opusieran por haberse hecho así siempre.

También había una cantera al lado, donde la arena que allí se extraía era de gran valor y reconocido prestigio, que incluso Jaime Bort el arquitecto diseñador de la fachada de la catedral de Murcia, dispuso que la arena para tal obra, se sacase de la Rambla del Sordo, porque, como constaba en alguna certificación, era la de mejor calidad.

Y con este último relato sobre la Rambla del Sordo, cementerio y última morada de miles de caballos gallardos, muertos en las plazas de toros de Murcia, termina esta historia taurómaca, sobre personajes, peripecias y aventuras de nuestra plaza de toros de La Condomina, espero les haya agradado.

Por Julián Hernández Ibáñez @julianhibanez