VA POR USTED, SEÑORA por Marcial García

Con permiso de la Presidencia, cuya paciencia es Eterna.

            Señora: sí, usted, la del mantón florido en el antepecho del palco; la de elegante vestido escotado negro, con clavel reventón en la gloriosa canal de los generosos pechos; usted, la del abanico grande con grandes rosas rojas y rosas, que mueve como ala de mariposa o revuelo de palomas.

            Hace tiempo, mucho tiempo, que debí hacerle este brindis. Quizás desde antes de nacer. Desde aquella tarde de finales de enero en que Villalta y Salieri II, nos hicieron palpitar en el Coso Ceheginero con su verticalidad euritmica y con sus floreadas fantasías de capa. Pero no fue así, y las cosas hay que tenerlas como son, que no valen lamentos a deshora, con el único fin de exculpar conductas titubeantes.

            Pero nunca es tarde, Señora, si la intención es buena y justificada la causa. Y la mía lo es y la causa, inapelable.

            Tengo el gusto de hacerle este brindis por su carácter firme y, a veces duro, que muchas veces no entendí y maldije de él. Por aquellas negativas inapelables a infantiles caprichos y aquella exigencia espartana en la conducta y en el trabajo. Mucho tiempo no lo comprendí ni valoré, desconfiando desamores y rigorismo con su pizquita de picante y amargor. Por su lidia callada y firme de los duros toros de la vida, con temple, con mando. Con la dureza seca de Ortega, con el mando poderoso de Ordóñez, con el temple atemperado e hipnótico de Dámaso…

            También tengo el placer de, con este brindis, recordarle las tardes vividas y vívidas de tantas emociones siguiendo a sus toreros, que eran y son los míos. Siempre en tu sitio. Siempre atenta y delicada con quienes sabías que embrujaban mi alma… y la tuya. Con aquel trémulo orgullo cuando comían a tu mesa, como ese rubio de Lorca, por quien bebías los vientos y sacabas las mejores esencias de tus pucheros, como él mismo reconoce en esa mágica instantánea de “ángel de corinto y oro”, que conservaste, hasta el último momento a la entrada de tu cuarto, `para ´que fuese la última visión antes del sueño… o con esos otros que conociste a lo largo de los años y que siempre recordaste con agrado (Curro, Paco , Rafael, Iván…) y preocupación, rezando por sus triunfos o sufriendo  en silencio las cornadas de la falta de contratos o los malos momentos…

            Todos tus achaques se esfumaban cuando emprendías el rumbo a un nuevo coso o a un nuevo albero: Las Ventas soñadas, La Maestranza idolatrada, como aquella tarde, en que se inauguraba el monumento a doña María y la gente discutía sobre quién era Curro (Romero, claro), si el circunspecto de una filas más atrás de nosotros, o aquel otro que con “la Rubita”, ocupaba su barrera habitual… Y tu Caverina de siempre, con la atención de tantos amigos, sintiéndote reina por tanta atención.

            Solo te llevas un deseo: haber disfrutado de los lances, el arte y elegancia de ese chico que tanto te llenaba, llenándote de orgullo sus atenciones y las de la familia, como aquella celebración en falso de tu nonagésimo aniversario, con tarta, soplado y brindado, aquel día que disfrutamos de su presencia y su familia entera. No lo has disfrutado, pero lo has soñado, que, a veces, es más hermoso y emotivo. Sé que te autonombrarás apoderada emérita y llamarás a los despachos celestiales, golpeando la mesa, si hace falta, porque tu niño triunfe y ahuyente fantasmas fatuos, tan fatuos como el fuego de Falla, pero tan negros y “malageados” como aquellos.

            Con su venia, señor Presidente celestial. Voy terminando.

            Repito. Va por usted, Señora. Por tantas cosas que callo, por tantas manifiestas. Por haberme conducido a la sagrada magia de la afición, por haberme inoculado su veneno, como hizo su madre con usted. Por haberme enseñado, sin palabras ni alharacas, a lancear y lidiar, con firmeza y elegancia, al toro de la vida, al morlaco fiero y al pastueño que se empapa de muleta y entrega su bravura al natural eterno.received_367185267281732

            Con mis respetos y mi devoción: ¡Va por usted, Señora!

            ¡Va por tí, mamá!.

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Por Marcial García