ACICATE por Marcial García

Cuando enseñaba a mis alumnos la estructura de nuestra lengua, siempre incidía en la importancia de semántica y etimología, que vienen a ser el alma y la memoria de las palabras. Estas, a su vez, son las piedras y ladrillos que componen la construcción de frases y oraciones. Les decía que la lengua, como ente vivo, tiene familia. Así la madre es el latín; la abuela, el griego, y la “chacha”, esa tía que está ahí, nadie sabe desde cuándo, pero imprescindible en su papel, que es el árabe. Así se formó ese rico caudal con el que nos expresamos y que algunos nos esmeramos en seleccionar el término que creemos adecuado. Así, acicate viene de esa nuestra “chacha” “as-siqat”, que vendría a significar “quitaflaquezas”. Desde el punto de vista histórico, el acicate es el tipo de espuela andalusí que, en lugar de roseta giratoria tiene un pequeño aguijón, con tope circular, empleado en la caballería ligera de las alas del ejército, que se empleaba para exigir de la montura un esfuerzo rápido y decisivo. También, por similitud, pronto vino a significar algo que sirviese para espolear la voluntad en momentos decisivos.

Como casi siempre suelo hacer, querido amigo, este exordio no tiene otra finalidad que fijar el sentido que pretendo dar a mi comunicación. Vayamos, pues al grano.

Hace tiempo, mucho tiempo, en los albores de tu prematura adolescencia, decidiste, en tu fuero más interno, entregar tu vida y empeño por un sueño. Un sueño que exige renuncias y entrega sin límite, porque hay que fortalecer espíritu y voluntad hasta estar dispuesto a entregar alma y vida por conseguirlo. Un sueño que es, además, unción e inmolación para un arcano sacerdocio, terrible y luminoso, que hunde sus orígenes telúricos en el amanecer de la Humanidad. Pero también, un sueño que es plenitud de vida y que, a estas alturas, amigo mío, ya no puedes renunciar, trocar ni travestir, porque te iría en ello tu propia estabilidad emocional y tu propia identidad, física y espiritual.1

Hace tiempo, también mucho tiempo, que demostraste, a ti mismo y a los que quisieran entenderlo y valorarlo, que el envite no era un capricho de momento y que tenías mimbres, muy buenos mimbres, para construirlo. En una apuesta en que el riesgo es el filo del cuchillo sobre el que se anda de continuo y el enfrentarse a la calva de la guadaña con pitones de luna creciente se tiene que poner sobre el tapete de la partida, cada tarde, a toque de clarín, exige mucho temple. Mucho temple y mucho de eso que se suele cargar sobre el muslo izquierdo, en su raíz.

Hace tiempo, también mucho tiempo, demostraste con alma de jazmín, vuelo de artista y sabor exquisito, que ese tu oficio sacerdotal lo ejecutabas con vuelo de ángel, inspiración de poeta y rotundidad de arquitecto enamorado: Muchos hemos sido testigos. Muchos hemos batido palmas y corazón. Muchos hemos derramado lágrimas de cera y gloria, al sentirnos poseídos por el arte que trasminas, por la efímera belleza del milagro que posee y emborracha, vencedor de la muerte y la vulgaridad.

Pero dentro de tanta esencia, ha asomado el punto de zozobra y flaqueza humana. Un relámpago de duda que se cruza en el trayecto del acero, malogrando faenas contundentes, dando vuelos a lenguas malintencionadas y sembrando dudas en quien flaquea en su fe sobre tu futuro. Ese punto de flaqueza, al que se domina con técnica, pero, sobre todo, con fe en ti mismo, no puede ser la carcoma que mine tu sueño y tu andadura. Ese punto de flaqueza, que a veces planea sobre tu voluntad y sobre la estructura muscular y nerviosa, que debe rematar el rito sagrado, no puede convertirse para ti en obstáculo que manche una obra tan hermosa. El superarlo debe ser tu acicate.

Recuerda eso versos que machaconamente te repito: “Ni a los lestrigones ni a los cíclopes / ni al salvaje Poseidón encontrarás, / si no los llevas dentro de tu alma, / si no los yergue tu mente ante ti”. Enfréntate a esa quimera que los bambolea, amenazantes, ante ti y conjúralos en el espejo de tu alma. Recuerda en la ficción literaria a ese Juncal-Pacorrabal, enfrentándose con decisión ante el espejo a esos veintiún sinónimos de “miedo”. Como él, conjúgalo como un mantra hasta borrarlo de tu mente. Que ése sea tu acicate. Lo que te empuje, como al caballo de competición ante la valla, a tensar nervios y músculos, a templar y afinar el camino del acero, que dé el sello y marca de la estocada que rubrica la obra de arte. Esas obras que tú prodigas cada tarde.2

Ése y no otro es el camino.

Recuerda aquella película del alienígena en forma de lapa-murciélago, que se aferraba a la cerviz del parasitado, introduciendo sus malignos tentáculos en cerebro y columna, chupando energía y voluntad, anulando el  libre albedrio. Cuando consigas arrojarlo de tí y aplastarlo como a salvajina inmunda, ese día habrás liberado tu camino. Ese camino que conduce por el sendero de gloria que hay trazado para ti.

No lo olvides. Ése es el camino que libremente elegiste hace tanto tiempo. El mismo que trazó el dedo de Dios, que tocó tu frente.

Entonces, solo entonces, querido amigo, darás gloria a Dios que te eligió para tan altas metas. Entonces, tu alma sosegada será capaz de crear la faena que trasmina alma divina. Entonces te sentirás pleno, completo… y serás feliz. Y nos harás felices con esta felicidad tuya.

(Gracias, querido Pedro por permitirme utilizar tus fotos, que son gloria bendita)

Por Marcial García

Fotos: Pedro Laforet