GROTESCA GOYESCA Y GROTESCO CASTIGO, LA CAPERUZA NEGRA por Julián Hernández Ibáñez

Hace unos días, en mi cuenta de twitter, publiqué un pequeño documento audiovisual, sobre una corrida goyesca celebrada en Murcia en el año 1929. No fue la primera en el territorio nacional pero sí la segunda. La primera, se celebró dos años antes en Zaragoza, muy por delante de las más famosas, las de Ronda. La primera corrida goyesca celebrada en su monumental fue en el año 1954, muy posterior a la de Murcia que hoy recuerdo.

 

Ese documento antes referido, nos muestra con nostalgia, una Murcia muy lejana y olvidada. Quizás esa misma nostalgia de querer saber más de esos tiempos que nunca volverán, me llevo  primero a investigar, luego a  documentarme y seguidamente a escribir esta historia taurómaca sobre una Murcia olvidada, la segunda corrida goyesca que se celebró en España y que por desgracia resultó grotesca.  

Corría el año 1929 y hacía pocos meses que se cumplía el centenario de la muerte en Burdeos (Francia) del pintor aragonés Francisco de Goya y Lucientes, cuando el astuto empresario de la plaza de toros de Murcia, Eduardo Pagés cayó en la idea de homenajear al genial artista maño con la celebración de una corrida de toros en la que el  que el “atrezzo”, recordara la época del homenajeado.Paso-de-la-Santa-Cena-de-la-Procesión-de-los-Salzillos-del-Viernes-Santo-de-Murcia

Murcia, domingo 15 de septiembre de 1929, día de la Virgen, día grande en la capital y uno de los de más animación del año. Por desgracia ese día amaneció nublado y amenazante, por la mañana cayó un fuerte chaparrón, que no quitó afluencia de capitalinos y forasteros en las calles de la ciudad.

La lluvia que tan bien nos hace siempre en Murcia,  trajo el inconveniente del barro, las calles adoquinadas eran todavía muy pocas en 1929, las carreteras de acceso a la ciudad y demás calles que bordeaban el casco histórico, se convirtieron en un lodazal, el barro se pegaba a los zapatos y a las ruedas de los carruajes, entrando desde las afueras al corazón de la ciudad, lo que dejaba una fea impresión en los forasteros que visitaban nuestra urbe.

La propaganda publicitando la celebración de la corrida goyesca, atrajo a una masa exagerada de concurrencia a la capital murciana. En Platería o Trapería la circulación se hacía imposible, por el gentío que deambula de un lado para otro.

Por la mañana la Santa Iglesia Catedral se encontraba rebosante de fieles, toda Murcia ofreció sus respetos a nuestra patrona, la Virgen de la Fuensanta.

Al medio día y como venía siendo costumbre en tan señalado día, en el Ayuntamiento de la ciudad, se hizo el reparto de pan para los pobres.

Cafés, bares y Casino se vieron durante todo el día atestados de gente, así como las principales calles de la ciudad a pesar de la lluvia que deslució la mañana, hasta poco antes de comenzar la fiesta estuvieron llegando forasteros.

A las tres, se colocaron en las taquillas unos cartelitos que decían “No hay billetes”, y muchas personas que llegaron en el tren de Cartagena a las tres de la tarde se quedaron sin poder entrar en la plaza, ¡vaya disgusto!

 La Condomina, ofrecía un aspecto hermoso, radiante.  De los palcos pendían vistosos tapices, guirnalda s de flores y valiosos mantones de Manila.

Bajo el palco de la Presidencia colgaba un cuadro con una reproducción del busto de Goya y enfrente, al otro extremo de la plaza, se erguía un lienzo de grandes dimensiones con la efigie del inmortal pintor. Varios tapices con lances de lidia a la antigua usanza completaban el adorno de los palcos.

Se tenía preparado colocar un tapiz que estaría pintado por completo en toda la extensión del ruedo, pero no fue posible colocarlo, por estar la arena tan mojada después de la tormenta caída unas horas antes.Captura

A las cuatro de la tarde, ocupaba el señor Sánchez Pozuelos el palco presidencial, y comenzaba la fiesta. Las cuadrillas de Marcial Lalanda, Nicanor Villalta, Niño de la Palma y Félix Rodríguez, que eran los integrantes del cartel de campanillas, estaban preparados para iniciar el paseo, pero antes desfilaron por el ruedo un escuadrón de dragones (ese nombre tan mitológico se le daba a los soldados que desfilaban a caballo, o sea, los de caballería), estos jinetes iban acompañados de su banda de clarinetes. Para acabar el desfile, una hilera de calesas ocupadas por bellezas locales, la reina de la Huerta de Murcia y demás féminas de la alta sociedad murciana. Todo presagiaba una gloriosa tarde, groso error.

El primer desatino se presenta nada más hacer el paseíllo, los toreros pese a ser una corrida goyesca, visten de luces como cualquier día. La razón que dio la empresa para tal  anacronismo, es que se hizo para que los espectadores pudiera ver el contraste de una plaza de toros vestida a la antigua, y unos toreros vestidos a lo moderno.  ¡Cuando los murcianos queremos inventar, inventamos a base de bien!

Los toros que eran de Rafael y Leopoldo Clairac, como suele pasar en estas corridas que resultan escandalosas, fueron los principales culpables de la grotesca corrida de toros, resultaron mansos y pequeños. El público protestó todos los toros por la pequeñez de los astados.  Si vieran nuestros antepasados, lo que sale por esos mismos chiqueros casi cien años después, y la pasividad del publico actual, alguno igual se sorprendía de la poca auto estima que tenemos en esta ciudad respecto a la que se tenía hace 100 años en la misma plaza.

Fue tal el despropósito en la presentación de esos toros que algunos consideraban bichejos, que tardaron muchos años los afamados toros de Clairac en pisar el glorioso ruedo condominero.

De los toreros no me extenderé mucho, porque según las crónicas de la época también estuvieron a la altura de las circunstancias de esos astados, dicho de otra manera, estuvieron para salir por piernas y a naranjazo limpio.

El afamado y glorioso revistero taurino, Don Diquela, titulo su reseña de aquel día como: Los frescos de Goya, ciertamente no se refería el genial periodista, a los cuadros que lucía la plaza, si no a otros frescos de dos piernas, que todos podemos imaginar.

-Marcial Lalanda, con la capa ofreció algún destello pero interpretó un sainete con la espada. 

-Nicanor Villalta que era todo un gigantón, estuvo desastroso con la muleta y no veía toro por ningún lado, no era de extrañar por la exagerada pequeñez de los astados.

-Niño de la Palma, al patriarca de la dinastía de los Ordoñez, ni se le vio, estuvo medroso y abreviando que es gerundio,  un escándalo monumental en cada toro de los que pasaportó.

-Félix Rodríguez, ni lo intentó con ninguno de los dos que le tocaron, le salieron dos mansos redomados y dijo que correr es de cobardes, y donde primero se pararon ahí mismo los mató huyendo y con muy poco decoro.

En resumen, los toreros no ayudaron a la causa, ni la ganadería fue lo que se esperaba, más bien, calamitosa, de presentación deplorable y comportamiento manso, no en vano, a dos toros se le castigó con el deshonor de colocarle la caperuza negra.  ¿Qué es la caperuza negra?

La caperuza negra:

En 1929 hubo un cambio en la condena de castigo a los toros cobardes o mansos. Se cambiaron las banderillas de fuego por una caperuza negra. La caperuza era una especie de bonete negro que se le ponía al toro en el pitón durante el arrastre, para “señalar” su cobarde comportamiento y soportar el repudio del público.

El primer toro en sufrir ese deshonor, fue un astado de Ildefonso Sánchez Rico, lidiado en Madrid el 24 de marzo de 1929.Captura de pantalla (46)

La caperuza negra, se trataba de un estigma ridículo e innecesario,  que pretendía más castigar al ganadero, que al toro cobarde, que es quien debería de haber sufrido ese castigo, pues era una pena que sufría el atemorizado toro después de muerto, es decir, cuando ya daba igual cualquier castigo. Por esto este castigo, que se les concedió a dos toros en esa corrida goyesca en Murcia, solo  se aplicó durante dos temporadas. En 1931 se volvió a aplicar el de las banderillas de fuego.

Y hasta aquí llega esta historia taurómaca, sobre una corrida goyesca, la segunda en España,  y que como suele suceder muchas veces, cuanto más expectación, más decepción. Grotesca corrida y grotesco castigo el de la caperuza negra a los toros cobardones.

POR JULIAN HERNANDEZ IBAÑEZ TWITTER: @JULIANHIBANEZ