EL GORDITO, CHICORRO, Y LA BRAVURA DE UNA TARDE DE TOROS DE 1866 EN MURCIA por Julián Hernández Ibáñez

Septiembre de 1866, la ciudad de Murcia está engalanada y repleta de forasteros. La glorieta atestada de puestos de todo tipo. Las murcianas, bellezas huertanas, paseando su lozanía por las avenidas de la ciudad, con ese lacito de colores que se ponía en la parte de atrás del cuello, al que nuestros antepasados llamaban, “sígueme pollo” y por supuesto los pollos y hasta los gallos seguían a esas jovencicas murcianas, derretidos más por la hermosura que veían sus ojos, que por la temperatura de ese ocaso verano septembrino.

Muy cerca en Platería, la música toca, la banda del cuartel de artillería ameniza a la concurrencia con animadas polkas, valses y pasodobles, el gentío es enorme, mientras, algunos puestos intentan sofocar el calor, vendiendo perdices, pero no de las que vuelan, no, de las de aceite de oliva abundante, sal y un toquecico de pimienta, de las que tienen hojas verdes de lechuga.Captura de pantalla (67)

Por los corrillos de las calles, fondas y colmados, se habla de toros, hoy comienza la feria. Todavía ni en la imaginación más exacerbada de ninguno de nuestros paisanos, estaba presuponer que veinte años después, la ciudad de Murcia iba a disfrutar de la primera plaza monumental de España, la de La Condomina.

Los murcianos de antaño, se conformaban con una plaza de toros modesta, para 7500 espectadores y que estaba en la murciana plaza de San Agustín, frente a la iglesia de San Andrés.Captura de pantalla (46)

Y por fin llegó el deseado día 7, la primera de las tres corridas de toros anunciadas en la feria de 1866 en Murcia, eso sí, con un calor sofocante y un sol abrasador. A las dos el lleno de la plaza era completo, la gente en la calle se impacientaba porque no encontraba billete, después de unos pequeños escándalos en las puertas de entrada al recinto de madera, todo se arregló a tiempo y a las cuatro el populacho se acomodó como pudo, y haciendo la señal el presidente, se presentó en el redondel el alguacil montado sobre un soberbio caballo y con una deslumbrante montura. Varios pasos solo necesito dar el alguacil dentro del ruedo, para recibir un sinfín número de aplausos que atronaron la plaza, concluida la ceremonia marchó a ponerse al frente de las cuadrillas, en la que iban a la cabeza, los espadas Manuel Carmona y Antonio su hermano, que era conocido con el apodo de “El Gordito”, quizás uno de los mejores diestros de todos los tiempos clavando las banderillas, si no el que más.Captura de pantalla (30)

Manuel Carmona, apodado “El Panadero”, fue un torero muy valiente, pero que vio eclipsado su toreo por la personalidad arrebatadora de su hermano Antonio, que se llevaba para él, toda la admiración del público, sobre todo cuando clavaba los garapullos, haciéndolo al quiebro, de poder a poder, o sentado en una silla, suerte esta última que él invento y que lo llevo a la inmortalidad del firmamento taurino.

Hecho el paseo, se colocaron en sus puestos los picadores de tanda, que eran Ceferino Lozano y José Marqueti. Y sin más preámbulos se abrió la puerta de chiqueros y salió el primer toro que como sus otros tres hermanos pertenecía a la acreditada ganadería de don Justo Hernández, con divisa morada y blanca. Este primero se llamaba Ciervo y después de hacer una buena pelea en varas, recibir un gran par del famosísimo banderillero Juan Yust, Manuel Carmona, que vestía de turquesa y plata lo pasaporto de dos medias y una entera, después de pegarle seis naturales,  dos de pecho y algunos desplantes muy usuales en la época.  

A partir de ahora, solo recordaré de la lidia de ese día, algunos momentos importantes y que dejaron huella en nuestros paisanos.Captura de pantalla (76)

Antonio Carmona “El Gordito” vestía esa tarde de azul celeste y oro, se las vio con el segundo que se llamaba Lumbrero,  que era todo un barrabas y mandó el solito a seis caballos a la otra vida. Como dato curioso diremos que uno de esos caballos, con todas las vísceras fuera, fue dando la vuelta al ruedo el pobre animal agonizando, sin que ningún monosabio ni “ganapán” que así se llamaba a los mozos que provistos de capazo y pala, tenían el desagradable trabajo de retirar los intestinos del ruedo, agarrara la rienda del caballo y lo metiera para dentro, lo que ocasionó un pequeño escándalo, por la poca diligencia que tuvieron para evitar hecho tan desagradable para la vista. Desde luego hemos ganado mucho todos los aficionados, al humanizarse algunos pasajes de la antigua lidia, con la introducción muchos años después del peto en los caballos de picar.61592672

Tras el segundo toro, en el ecuador de la corrida, igual que en estos tiempos, se hace una pequeña pausa, para que publico y toreros se refrigeraran los pellejos con vino de Jumilla, pasan de mano en mano, los botijos de agua, sirven para aplacar la sed de todos los profesionales que están trabajando en la plaza, y un pequeño conato de escándalo se oye en las primeras filas del tendido. Los “paganinis” se quejan de las desagradables nubes de polvo que dejan los toros y caballos en el trote, no estaría de más se oyen voces, que regaran la plaza en el descanso y así no tener que ahogarse con la polvareda, pero aquí el agua no se malgasta, y hasta en eso nuestros paisanos pasados eran precavidos.

Por cierto ya en 1866 se oían quejas de la gente que sin tener que estar, estaba entre barreras en la plaza, y eso que un laudo fijado en la puerta de la plaza prohibía tal cosa, pero ni caso, también decía el mismo laudo que estaba prohibido lanzar fruta y otros objetos al ruedo y los empleados según consta en la reseña de esa corrida, tuvieron que retirar no menos de 4 capazos repletos de naranjas lanzadas al ruedo, ¡¡donde vamos a parar!!

En el tercero estuvo superior Manuel Carmona, el toro resulto muy bravo y se las tuvo tiesas con una parte de las tablas, llegando a dar un derrote tan fuerte, que saltaron varias por los aires, 30 minutos tardaron los carpinteros en arreglar el desaguisado, mientras se intentó para no demorar, cambiar la lidia a otro lugar de la plaza mientras duraban las reparaciones. Por cierto este toro se las tuvo ávidas con el picador Ceferino Lozano, al que mandó dos veces al piso, una de ellas con tal porrazo contra el suelo, que el dolorido picador tuvo que ser trasladado a la enfermería para no salir el resto de la corrida.

En el último toro, El Gordito tras unos pares de banderillas soberbios y algunos muletazos estimables, cedió la muerte del toro a su subalterno, el gran Chicorro, que diez años más tarde tuvo el honor de ser el primer torero que cortó una oreja en la plaza de toros de Madrid.

Por cierto, que Gordito se llevó tras la muerte de este último toro, una de las broncas más sonoras de las que se dieron nunca en esta plaza de toros, y es que no se le ocurrió otra cosa, que una vez muerto el burel, darle pataditas en la cabeza, echándole arena en el hocico y demás mojigangas impropias de un torero de ese cartel, cosa que en Murcia no gustaba y por eso fue altamente reprendido, este episodio vertió durante días ríos de tinta en la prensa murciana de la época.

 En este último toro, los murcianos tuvieron como contrapartida, el poder disfrutar del salto de la garrocha realizado por el anteriormente citado Francisco Lara “Chicorro”, realizado de una manera tan perfecta, que salieron los espectadores encantados y destacando que fue el mejor salto de la garrocha realizado en esta plaza de toros.CeQtYpBW4AAEap3

Y está es la historia taurómaca de una corrida de toros en la Plaza de toros de San Agustín, allá por el año 1866, que fue recordada durante mucho tiempo, por esos episodios antes relatados y por la bravura de cuatro toros de Justo Hernández, que ellos solitos pusieron fin a sus días, nada menos que a veinte caballos.

Por Julián Hernández Ibáñez Twitter: @julianhibanez