“DUENDE GITANO” por Marcial García

Hacía tiempo que quería verlo, porque gente en la que confío me había hablado muy bien de él, de sus formas y de sus ganas de ser torero. Pero, distintos problemas, de tipo personal, y mi alejamiento de los círculos taurinos capitalinos, me lo había impedido hasta hace unos días, muy a mi pesar.IMG-20190330-WA0023

            Conocí a su padre en aquellos tiempos de la Escuela de Tauromaquia de Pedro Merenciano, Rafael Vallejo y “Niño de Caravaca”. Me encantaban esas cositas que la providencia regaló a los romaníes y su apostura en la cara de los novillos. Pero no pudo ser y aquel gitanito rubio se quedó en la escala de los subalternos, muy digna, pero que siempre se considera un cierto fracaso por el que decide pasar a ella.

            El pasado sábado, 23 de marzo, tuve la suerte de poderlo ver, por fin, vestido de luces.

            Aunque sigo teniendo problemas para desplazarme, mi devoción irrevocable por Filiberto, me hizo realizar un viaje relámpago a Roldán, donde estaba anunciado.JFG_0731-2

            Uno, que conoce este tipo de festejos, y está vacunado contra todo el muestrario de las argucias que en ellos se suelen realizar, iba ilusionado para comprobar tantas cosas buenas que me habían contado del gitanito.

            La verdad es que, desde el primer momento me imantó su decisión por andar bien en este camino que le conducirá a su meta soñada, a pesar de lo difícil que es la marcha.

            La decisión iluminaba su rostro, con la tensión de la salida incierta del novillo del toril-compartimento del camión. En lugar de manifestar el nerviosismo propio de la situación, se lanzó genuflexo y, asiendo capote con firmeza, enjaretó unos rotundos faroles que me llamaron la atención, por la firmeza en la ejecución y el pellizco que emanaban. Toda la lidia pendiente, expectante, coadyuvante, ilusionado, decidido, encastado, firme… Conociendo terrenos, midiendo fuerzas, exhibiendo buenas formas… ¿qué más se puede pedir a un novillero?

            Nada. Solo eso: que sea, actúe y se sienta novillero.

            Me importa un comino el número de trofeos, que, como decía Faraón, son solo despojos. Sí me importa su sentido de la lidia en conjunto; su teoría de las distancias; su firmeza y gusto en el manejo de la franela; su contundencia en el uso de los aceros. Esos son puntos que suman en este especial “cvrsvs honorvm” que es la vida del novillero.

            También se le ve aplomo como persona. Y esto es muy importante.

            Estoy hasta ahí, justamente hasta ahí, de ver niñatos (con supuesto pedigrí, buenos “padrinos” y mucho parné), que andan por el ruedo perdonando la vida, saliendo de los impresentables trapazos que dan ante peluches de desecho, como “si aquello hubiera sido la toma de Constantinopla”, como decía el inolvidable e insobornable Joaquín Vidal. En este niño –dicho sea con todos mis cariñosos respetos- se demuestra su alegría sin aspavientos ensayados. Son francos, como su sonrisa…

            Estoy contento, porque aquello no fue un casual.6 (1)

            El pasado sábado, 30 de marzo, en el festival benéfico de Huéscar, donde de nuevo seguía los pasos de mi debilidad, pude comprobar que lo de Roldán no era ningún espejismo. Mucho menos, si comparamos su actuación con algunas alucinantes torpezas exhibidas por presuntas figuritas en el exiguo ruedo oscense. Desde el saludo capotero, con repetición del ajustado farol o faroles, que no recuerdo bien si fue uno o más de uno, todo fueron ganas y torería. Recuerdo muy bien, por el contrario, la exhibición de facultades, el saber estar, la conexión con el público y ese duende particular, patrimonio de su gente… y de nuevo: una excepcional muestra de cómo se debe manejar el acero.

            A pesar del “virurgi” que soplaba desde La Sagra, el ambiente estaba caldeado. Personalmente, también caldeaba mi afición el comprobar la firmeza y elegancia de Filiberto, y ver ese duende gitano que revoloteaba alrededor de un gitanito, rubio como su padre, que se llama Cristóbal Ramos y se anuncia “Parrita” en los carteles.

            Creo que mi amigo Antonio Modéjar ha sabido elegir pupilo. Desde aquí lo felicito y auguro albricias para el futuro.

            ¡A por él!

Por Marcial García