IN MEMORIAM por Marcial García

Cuando la primavera rompe a borbotones, cuando los enamorados servían su hoja de calendario y, sobre todo, cuando los quiciales del portón de la temporada chirriaban expectantes, Frasquito se nos ha ido, con esa humildad callada y esa elegancia de la que siempre hizo gala.

            Aunque ya barruntábamos un final próximo, la noticia nos ha golpeado, intempestiva y contundente. Nunca fue de mi agrado decir adiós. Ni tan siquiera hasta luego, porque ambas palabras representan un desgarrón interior que no soporto.

            Mi amistad con Francisco viene de largo. A decir verdad, el pionero en este conocimiento fue Joaquín, su hermano menor, que, por razones profesionales e ideológicas, conocí cuando apenas salía de la universidad y daba mis primeros inciertos pasos en el mundo de los adultos.

            Con los años, nuestra común pasión por el toro, la profundización de la amistad y otras circunstancias, propiciaron el que coincidiéramos con mayor frecuencia y contacto, siempre acompañado de la dulzura elegante de Catalina, su enamorada esposa.

            En los tiempos vivos en que el ambiente taurino de Calasparra hervía, como masa madre recién heñida, él era un componente decidido del grupo en el que, discretamente, tuve la suerte de integrarme pronto, ofreciendo mi humilde e ilusionada colaboración. Siempre, siempre, apegadito al torbellino impulsivo de Joaquín, aparecía el calmo sosiego de Frasquito. Un viejo juego de yin y yang trasladado a las tierras arroceras.

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            Algún día habrá que hacer justicia a ese grupo de buenos aficionados que, aunque con criterios distintos, lucharon por recuperar una plaza condenada a la piqueta y la especulación, como también por dar forma y razón a una afición y a unos festejos que arrastraban su personalidad desde fines del XVI. De ellos salió el germen fructífero de un club taurino incipiente y una Feria del Arroz con personalidad.

            Con mi pequeño granito de arroz contribuí. Y por eso mi amistad con Frasquito y familia se fue afirmando, con raíces de fidelidad y cariño.

            Recuerdo con nostalgia y afecto esos viajes improvisados. Aquellos otros, organizados y madurados, recorriendo ganaderías y hablando, siempre con su punto de cordura meditada, de toros y toreros. Siempre tranquilo y mesurado, a media voz silente, con la sempiterna sonrisa conciliadora.

            Siempre manifestó su aprecio por mi persona. Siempre ponderaba a lo grande mis intervenciones o publicaciones, con acertados, pero demasiado encomiásticos comentarios, lo que este escribidor daba a luz…

            En la pasada feria, ya limitado en sus capacidades, fue nuestro último contacto personal.

            A pesar de esa circunstancia, no me faltó su palabra de amistad y estímulo, tanto en mi visita al palco de la familia, como en los contactos fortuitos de camino a la plaza, pues ya no era demasiado aconsejable su presencia en charlas y coloquios, como a él tanto gustaba y disfrutaba.

            Hice cuanto pude por acompañarle en el último viaje y, al final, pude asistir al funeral en La Limpia Concepción (hoy Merced), con tiempo justo de abrazar a la familia. A toda la familia, porque estos Caballero, para el dolor o la alegría, gustan de estar juntos y apiñados.

            Hasta siempre, Frasquito.

            Tu afición siempre será referente. Tu discreción, elegante consejo para todo lo que queda pendiente de reforzar en nuestra Calasparra taurina.

            Te vamos a echar mucho de menos. Y de todos, seguramente, quien más añore tu silente acompañamiento, sea Joaquín, ese impulsivo Joaquín al que el otro día vi adolorido y desamparado de tu ausencia.

            Querido amigo: que la tierra te sea leve y que el Sumo Presidente te haya acogido a su palco.

            Seguramente, desde allí, puedas, además de buenos consejos, rogar por los que aquí quedamos añorando tu ausencia y seguir velando por los tuyos.

            Amén. Amén. Amén.

Por Marcial García