LOS PALHAS DEL TERROR Y LA HUIDA DE LOS DEL CASTOREÑO por Julián Hernández Ibáñez

Con esta historia taurómaca de hoy,  quiero hacer un reconocimiento a uno de los pueblos más taurinos de la Región de Murcia, Abarán.img_7904[5906]

En 1921, que es el año donde se desenvuelve esta historia, Abarán era un pueblo laborioso, que desprendía olor a toro por los cuatro costados, desde los encierros de los toros, a la prueba de caballos de picar, o que decir del paseo por las calles de los picadores camino a la plaza, con un monosabio a la grupa del jamelgo.

1921 era la época de Larita, este corpulento y poderoso torero era uno de los que cortaban el bacalao en el escalafón taurino. Matías Lara “Larita” llegaba a Abarán pocas fechas después de haber cortado un rabo a un toro de Palha en Madrid, su tercer rabo en el ruedo venteño.

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Matías Lara “Larita”

El 27 de septiembre Larita estaba anunciado para matar una corrida de seis torazos de la terrorífica ganadería portuguesa de Palha. También estaba anunciado el estilista torero madrileño, Victoriano Roger “Valencia II”, que se había casado unas fechas antes y que recién había llegado a Abarán después del viaje de novios  acompañado de su esposa. 

Larita no era precisamente un torero miedoso y su compañero, pese al poco tiempo que llevaba de matador de toros, era de los toreros más cotizados de aquellos días. Todo hacía pensar en una verdadera tarde de toros. Teníamos toreros y toros.

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Victoriano Roger “Valencia II”

Como no se daban corridas de esta categoría en los pueblos  limítrofes, la expectación era extraordinaria.

Pero el mismo día de la corrida sucede el escándalo, momentos antes de empezar el festejo, los picadores no daban señales de vida. Advertida la empresa, se puso al habla con los matadores, los cuales manifestaron no saber más que ellos de la presunta deserción de los auxiliares.

Pasada la hora de la corrida y viendo el respetable, que esta no comenzaba, empezó a impacientarse y a mostrar su desagrado, se originó un formidable escándalo y el respetable invadió el ruedo. La benemérita intervino despejando el ruedo. Poco después, se presentaron en el ruedo Larita y Valencia. El primero dirigió la palabra al público, diciendo que ellos estaban dispuestos a torear y que si por el fuera, torearía los seis toros el solo y sin ayuda mañana mismo. El gentío debió creer al fortachón espada y abandonó la plaza dando vivas al torero.

Fue entonces cuando las autoridades y empresa se lanzaron a la búsqueda y captura de los del castoreño, localizándoles en el “Menjú”, finca a solo tres kilómetros de Abarán.

Volvieron conducidos por la Guardia Civil y al día siguiente hubo de darse la corrida, no sin antes asegurarles a banderilleros y picadores, otra paga para arreglar un poco la cosilla, y ya aclarado que el miedo no era de ellos, sino de los matadores, de los caballos que eran muy poca cosa y del maestro armero por si acaso.

El festejo al fin se dio y a pesar de todo, con gran éxito, la plaza se llenó de aficionados, hasta el punto que la música no tenía cabida.

El público fue a la corrida con ganas de pelea, esperaba mucho de los Palhas, creía poder ver agotada la cuadra de caballos y los toreros en la enfermería.captura de pantalla (64)

El festejo estaba programado en plena Guerra del Rif, recordemos que fue un enfrentamiento originado por la sublevación de las tribus del Rif, una región montañosa del norte de Marruecos, contra las autoridades coloniales españolas.

 Así que las notas patrióticas se dieron desde esa misma mañana, donde bellas señoritas abaraneras recaudaban dinero por las calles del pueblo para los soldados heridos en Melilla.

Por la tarde en el ruedo también se hizo una colecta. Los espadas desplegaron una enorme bandera nacional, a los acordes de la Marcha Real y entre los vivas y aplausos a España y al Ejército, dieron la vuelta al ruedo, recogiendo gran cantidad de dinero que les lanzaban desde el tendido y que luego entregaron al alcalde.

La verdad sea dicha aquellos torazos metían miedo a cualquiera, eran verdaderas catedrales. El comportamiento de los astados fue manso, difícil, bronco y traicionero. Todas las maldades que se le presuponen a ese encaste centenario, la tuvieron esos seis animalitos Palhas. Mataron doce caballos, y no dejaron de sembrar el pánico en toreros y público, pues alguno de los astados intento saltar la contrabarrera en su persecución encarnizada contra los coletudos.captura de pantalla (65)

Los espadas la mataron como pudieron, hasta el Rey del Valor, como se le llamaba a Larita, tuvo una tarde de miedo, mucho miedo, matando como pudo a los tres que le tocó, a paso de banderillas, a puñaladas o como pudo. Al final el respetable ese día le premió con una oreja, imaginamos como premio por tanto sudor y sufrimiento. Valencia hizo lo que pudo también, matando dio otro sainete y la bondad del publico abaranero le hizo acreedor de ganar otra oreja, no sin antes oírse alguna voz por el tendido, que le recriminaba que no se pegaba más, por haber llegado a la plaza de manos de su mujer recién casada.

Como dato curioso a señalar, el presupuesto de aquella corrida no alcanzó las treinta y cinco mil pesetas, después de los sueldos extras a las cuadrillas.

Y así terminó aquello, de forma pintoresca, con mucho miedo y gracias al cielo sin llegar a ocasionar una tragedia.

Por Julián Hernández Ibáñez @julianhibanez