TIEMPO NOSTÁLGICO por MARCIAL GARCÍA

                El tiempo que hojeamos, un tanto desganados un tanto nostálgicos, en estos días de bruma y membrillo, a veces, nos proporciona sorpresas inesperadas. Sin ir más lejos a mí me ha ocurrido esta tarde, mientras buscaba en las redes un dato para ilustrar una foto que pienso subir a mi muro de “Face”.

                Como por ensalmo, ha surgido, no sé de qué espacio virtual, la vieja página que Manolo Guillén llevaba del maestro Pepín. Como en ella colaboré y mande mis textos y mis foto, el bueno de Manolo  me tenía reservado un espacio, que  él llamó “EL RINCÓN DE… MARCIAL GARCIA”.

                Con emoción, casi al borde de la lágrima, he recorrido sus recovecos. Especialmente me he sentido orgulloso de esta página, que aquí os dejo:

“MILITANCIA”, por Marcial García

(Ilustre aficionado a la fiesta brava es Marcial García. Natural de Moratalla (Murcia, Esp.), maestro de escuela, reconoce sin tapujos seguir de plaza en plaza a aquellos intérpretes del toreo que le hayan hecho emocionarse en alguna ocasión). -Ésta que precede, es la entrada que dedicaba Guillén, excesivamente generoso, a este humilde aficionado-

            “En este mundo de tópicos en que algunos quieren convertir el, ya proceloso de por sí, mundo del toro, hay exégetas y corifeos que hacen de un simple adagio estricto dogma de fe. En este sentido, se da por sentado que “el mejor aficionado es el que más toros y toreros le caben en la cabeza”. Servidor, que se niega a vivir de frases hechas y se opone a ser manejado por las consejas de gañanes de tres al cuarto, de mente estrecha y vara larga, se revela con todas sus fuerzas y hace de su afición, militancia activa y apasionada.

            Digo todo esto porque hay quienes pretenden hacer objetivo e imparcial algo que, en sus más íntimas raíces, es apasionada entrega a una causa y una diferencia.

            Que el toreo es arte es premisa aceptada universalmente. Que el torero es -o intenta ser- artista es evidente. Por tanto, al arte se acerca nuestra afición. Nuestro gusto primero, nuestro deliquio después, busca en la gama amplia, que va desde el que maneja el pincel como brocha de calafate al que lo mueve con cadencia de ángel, hasta conseguir esa pintura, efímera y gloriosa, del verdadero toreo de arte. Cuando en el amplio catálogo de la gente de luces encontramos a alguien que, con un trapo, la mano izquierda y la luz que robó a los dioses, es capaz de hipnotizarnos y conducir nuestro ya cautivo espíritu hasta la séptima esfera del empíreo, nuestra voluntad, nuestra alma y nuestra admiración se le entregan incondicionalmente.

            Y esto es así porque en esa búsqueda incansable de lo perfecto, de lo bello, de la perdida aura divina del Paraíso, cuando hallamos el camino, cuando encontramos la mano que pellizca el espinazo de nuestra emoción, cuando descubrimos a quien sabe abrir el abruz de la alberca de nuestras lágrimas, nos convertimos en parte de su entregada tropa de mílites voluntarios. Él será el norte y guía de nuestra afición, a él estarán dedicadas nuestras cuitas y nuestros afanes.

            Desde la cuna viví la afición por los toros. Encontré en ella lo hermoso y terrible de la vida. Cuando otros coreaban alineaciones y llenaban incompletables álbumes de futbolistas, yo guardaba recortes coloridos con aquellos misteriosos seres, enfundados de seda y oro, que tantas emociones me despertaban. Acompañando a la familia, sisando a mi particular peculio -amasado en campos de oliva cogida a dedo y tendidas esparteras hechas haces- fui aproximándome más y más a los templos de aquella liturgia extraña que tanto me subyugaba… también comencé a intuir el aire de sentina que rodeaba el intramundo canalla de los “taurinos”, con sus componendas y amaños, con su fauna de trincadores y sicarios.

            Seguí a toreros que más o menos me llenaron. Anduve buscando bastante tiempo, pero lo encontrado no me satisfacía por completo. Y mi militancia se tornaba mercenaria, volcándome o retirándome, al vaivén de mi todavía inmaduro gusto. Confieso que, en alguna ocasión, fui uno más de los convencidos por un espatarramiento oportuno o un manteo jaleado, sobre todo, si se hacía con aquel aire de desplante que tan bien plasmaba Ruano Llopis.

            Un buen día, de un modo casual -como suelen ocurrir las cosas importantes de nuestras vidas- conocí a un torero que marcaría toda mi vivencia de aficionado. Mi colega y amigo José Luis Molina fue el culpable. Le habían hablado de mi pasión -“una nómina en los ruedos”- y me preguntó si conocía a su sobrino Pepín, Pepín Jiménez-. Le dije que no, pero que estaba dispuesto a verlo en su próxima puesta en cartel.

            Fue en Cartagena (Murcia, Esp.), un día de La Caridad, hace ya más de veintidós años. Viéndolo, descubrí que hasta allí había vislumbrado, había intuido solamente. Su verdad escueta, su elegante citar, su temple y aquel arco gigante de vaciar, mimado, largo y atrás, abría pozos de sensaciones nunca experimentadas. Con lágrimas en los ojos, en aquellas venerables piedras, como los íberos juré “devotio et fidelitas” al caudillo recién conocido. Luego, con el tiempo, tuve el inmenso privilegio de su trato personal y el gozo impagable de su amistad y confianza, acogido en la intimidad de la familia.

            Muchas cosas han pasado desde entonces. Alegrías y penas y algún enfado. Mi afición se aquilata en la contemplación del oro de ley de su clase. Mi fidelidad se afirma con la generosidad de la sencilla grandeza de su alma. En cuantas ocasiones haya lugar, mi voz será escudo para sus detractores, pobres ciegos que cuelan el mosquito y se tragan el camello. En cuantos foros se presenten, se alzará mi torpe verbo para intentar cantar lo excelso de su arte. Y una a una viviré las hojas del calendario para acompañarle, cámara en ristre y corazón en vanguardia, por esos cosos de Dios y del Diablo. Y para, sin empalagos, estar a su lado, en relajada compañía de la amistad y los sueños… por muchos años, que Dios quiera.

            Sigo amando el toreo. Mido mis años por temporadas. Mi respeto, para todos; mi admiración para algunos, pocos, aquellos que conjugan el verbo torear con sencillez, verdad y arte; mi militancia, para los íntimos.

            Y para ti, Maestro, mi fidelidad y devoción, a tu arte y tu persona, acrisoladas en veintidós años de emocionantes vivencias”.

Por Marcial García. Moratalla (Murcia, Esp.); abril de 2002.-

                Dieciséis años han ido volando sus hojas. Dieciséis años después, mantengo en su integridad lo en él contenido, a pesar de todos los pesares. Sin enmendar ni añadir, ni un ápice, ni una tilde.

                Lógicamente, en este tiempo han ido ocurriendo imprevistos y fortuitos, pero mi criterio no se ha movido un quirate ni un quilate. Parte de la devoción, con otros pulsos, pero idénticos latidos, la he entregado a otros demiurgos de mi pasión, que ejercen con verdad, dignidad y arte su sacerdocio. Algunos de los cuales, además, tengo la impagable suerte de encontrarlos en la corta nómina de los amigos.

                Ahora, que es tiempo de hojas caídas y de furioso vendaval que amenaza con barrernos, sigo presentando con orgullo mi militante y entregada devoción a esta liturgia eterna. Y con especial orgullo, gozándola y enriqueciéndola de esos tesoros que evoca Kavafis, mientras regreso, vigilante al timón y a los cantos de sirena, a mi añorada y aún lejana  Ítaka.

pepin

Por Marcial García