“BUENAS NOTICIAS” por MARCIAL GARCÍA

            Estamos a final de temporada y, por tanto, no es una época muy propicia para la recepción de buenas nuevas. Es más bien una ocasión de nostalgias y recapitulación de faenas y escalafones.

            Personalmente este tipo de cosas más bien me repatean, porque las faenas son para vivirlas en el instante y los escalafones no hacen justicia a lo que representan, sino a lo que les interesa a los grandes mangoneantes.

            Pero en estos días sí ha salido a los medios algo que me ha llenado de alegría y esperanza, dos sentimientos no muy pródigos en este veneno nuestro. Un anuncio que espanta malos augurios, pesadillas de después de una tragedia. Una tragedia que pudo comenzar un martes 13, no un viernes 14. Una tragedia que terminó siendo la medalla con distintivo rojo de un torero de los que va por la vida de eso, de TORERO, no de figurín de papel cuché, ni de figurón de medios mercenarios o plumas sicarias, ni mucho menos, de mascarón de proa de galeones supervivientes.

            Como este torero ocupa un lugar privilegiado en mis devociones y mi corazón, quiero dedicarle este pequeño homenaje, parafraseando aquel pasaje de “Juncal”, donde el gran Pacorrabal, otro Paco Torero, encarnando al mítico José Álvarez, abría la puerta de toriles al miedo, ese acompañante veleidoso, pero necesario, de cualquier torero con cabeza: “temor, recelo, rescoldo, aprehensión, cuidado, sospecha, desconfianza, cerote, medrana, pánico, cangui, canguelo, julepe, jindama, pavor, mieditis, espanto, terror, susto, horror y repullo”.

            No seré yo quien enmiende la plana al gran personaje de Armiñán, ni, mucho menos, atribuiré a mi admirado referente semejante letanía, pero sí utilizaré la caterva de sinónimos –que tanto molestan a algunos- que tiene un verbo importantísimo, auxiliar del TOREAR, que ahora, más que nunca, este cíclope de espada y muleta, de cabeza y corazón, de pureza y arte, conjugará cada tarde con ilusión y alquimia, para crear esas obras maestras que le esperan en el ruedo. Ésas que nos hicieron sus incondicionales, a los que pensamos que toreo es algo más que espectáculo gladiatorio.

                       Por eso, querido amigo, ahora que anuncias tu vuelta a este foro de la verdad, permíteme que enhebre esta retahíla de verbos que tú sabes manejar tan sentidamente:

Otear, porque el peligro y la bravura hay que verlos desde arriba, desde la distancia física, junto a las tablas, mientras la cuadrilla brega el segundo tercio.

Vsilumbrar, cada vez más inapelable el triunfo que coronará tu pureza y tu verdad.

Columbrar las tardes de gloria que te esperan, fruto de tu bienhacer.

Escudriñar esos recovecos donde se esconden aquellos que te quieren mal.

Atisbar la nobleza y la casta, la belleza y la bravura del dios-toro que te aguarda.

Ojear esos tendidos que se cuajan espectantes, ese hilo que separa triunfo y fracaso.

Divisar los terrenos y distancias.

Entrever las querencias y avisadas.

Acechar la cornada del falsario, del marrajo y del capo de despacho.

Avizorar la nobleza entregada, tras la que se agazapan aviesos y farsantes.

Avistar de largo quien te adula a la cara y apuñala por la espalda.

Percibir que tu vida se enriquece en tu pasión y en tu entrega.

Observar la felicidad de quienes te adoran, regocijados en la gloria de tu triunfo.

Explorar los nuevos horizontes que nacen del hontanar torero de tu alma.

Registrar en cada una de tus neuronas las claves de esta liturgia sagrada.

Escarcuñar en los repliegues de tu alma esos frutos jugosos que aún esconde.

Atalayar cada vez más nítidos tus valores, que te distinguen y ensalzan.

Barruntar nuevos sueños cada día, que te aguardan.

Husmear aromas de tauromaquia añeja y de solera.

Examinar con gratitud los dones que te regala Dios y la vida, que es la misma cosa.

Leer en el diáfano pergamino de tu vida la hermosa y dura conjugación del verbo torear, que es tu sino.

Presentir cada tarde la faena soñada.

Agorar nuevas luces, nuevas formas, sentimientos nuevos… la dulzura de la vida.

Adivinar que el triunfo lo arropa el esfuerzo y la entrega.

Vigilar que la loa no te envanezca ni que la maldad ajena te dañe.

Calibrar que cada segundo es un mundo y respirar trece veces por minuto, la vida.

Ponderar que una vida sin sueños no vale la pena y que ceder a la censura del necio, tampoco.

            Buenas noticias y esperanza. Todo un lujo apropiado en estos tiempos de Adviento. Buen camino, querido maestro. Te estamos animosos esperando.

ureña

Marcial García