“INQUINA INMUNODEFICIENTE” por MARCIAL GARCÍA

            Escuchaba recientemente el dato escalofriante que se daba en una tertulia sobre esa encuesta de una facultad de Psicología, donde, en un porcentaje  de infarto, los ¿estudiantes? se decantaban por la muerte del torero en una corrida de toros.

            El dato, desgarrador, es para meditar profundamente, si aún queda alguien capaz de hacerlo. Meditar y ponderar sobre esta jauría, mediatizada, manipulada y descerebrada, en que se está convirtiendo, a pasos agigantados, lo que otrora llamábamos orgullosos Humanidad.

            Este asunto inquietante debe alertar sobre el futuro que están deconstruyendo, sobre esta masa aborregada, manipulable y falsamente sensible. Los intereses inconfesables, hábilmente canalizados por las redes de desinformación, están llenando hasta límites insospechados los rediles. Se anulan voluntades, se castra el libre albedrío, se mutilan hasta los más elementales instintos básicos de especie, para llegar al destino, que estimo inexorable, que lleva directamente al precipicio de las ratas de Hamelin. La verdad, es que siento la remoción de intestinos y asaduras, que me empujan hacia el vómito purificador y avergonzado.

            Y ¿por qué traigo a colación tan sombrío panorama?

             Me explicaré:

            Lleno de ilusión y en la impagable intimidad de unos amigos queridos, me planté en la ducal Montoro este domingo inmediato.

            Me arrastraba con la fuerza de miríadas de imanes, esa ilusionante realidad que se llama Filiberto, Martínez y de Haro, por vía de mis amparadores compañeros de viaje.

            La villa cordobesa ardía en feria y la plaza, aún inquietada por la sustitución, se iba llenando, hasta un aforo interesante para los tiempos que corren, aunque poco alentadora para el empresario.

            Tomamos asiento en la última fila de palcos, masticando compulsivos el cigarrillo, para frenar la ansiedad desbocada.

            Intentando relajar tensiones, me dediqué a la observación del bullicio. Muy cerquita mío, una familia de padres jóvenes y alborotadora prole, me provocó un arranque de ilusión. Mira, pensé, ¡buen principio de futuros aficionados!

            Muy pronto me llamó la atención una chiquilla, pelirroja y bullidora, que ejercía de cabecilla. Delgadita, altiva, ataviada por un bonito vestido de gitana, de grandes lunares, purísima y blanco, impartía órdenes con desparpajo y un tanto afilado de mala leche.

            Me llamó la atención su cutis, de un extraño tinte de mantequilla empomadada y toques lívidos y azulencos, en donde se adivinaba un tenso tejido capilar, que suele acompañar al carácter colérico que se le adivinaba. Pero, por encima de todo, me llamó poderosamente la atención unos ojos indefinibles, de mirada terriblemente desafiante, con reflejos diabólicos de un mal “manga” japonés. Ejercía su liderazgo tiránico sobre una morenita, más o menos de su edad, que acataba órdenes sin rechistar.

            En un momento de la charla, la morena, toda dulce, preguntó a su opresora, sobre su preferencia en la disyuntiva toro-toreo. Implacable, como una harpía mitológica, apuñaló:

-“¡El toro! ¡Ójala que atrape al torero”, rubricó con un rictus terrible, impropio de su edad.

           Se me heló la sangre.

            Lo escuchado en la citada tertulia, se presentaba, así de descarnado y maléfico, ante mis propios ojos.

            Cercano al vómito, intenté entrar en el ritmo de la liturgia que acababa de comenzar. Pero me resultaba difícil. Muy difícil. Ni la emoción por el triunfo impecable del torero lograba arrancarme el sabor de la ceniza.

            Hice la señal de la cruz, subrepticiamente. Conjuré el mal fario con la higa, apretando mi pulgar, envainado entre índice y corazón… pero, ni una ni otra medida conjuratoria, lograban evadirme del repelús de que algo demoniaco e irracional emitía su vaho maléfico sobre la tarde.

            Durante la larga espera ante la puerta de la enfermería, como furia del Hades, como lúgubre aullido de Cerbero, me azotaba el corazón la terrible profecía de la pequeña y maldita diablesa.

            Mientras termino estas líneas, más sosegado mi ánimo, me hago preguntas incontestables sobre el virus terrible, sobre la maldita inquina, sobre esa destructiva inmunodeficiencia que corroe los vacíos interiores de estos muñecos desalmados y diabólicos, encargados de sojuzgar a la masa aborregada y sumisa, que les tiene por pastores.

            Mientras tanto, siguiendo al amigo, con las carnes abiertas, pero con el corazón y el orgullo plenos por el desafío alcanzado, meditaba como iba goteando su sangre generosa. Sangre que nos atisba un lejano consuelo de redención.

           ANTI

MARCIAL GARCÍA