“REENCUENTRO” por MARCIAL GARCÍA

REENCUENTRO
“…tenemos una alegría temprana como un gallo
una alegría convicta maniatada y rabiosa
sabemos cómo desatarla y sabemos
que al alba cantarán los gallísimos sueños”.
(M. Benedetti)

 

A veces el deseo toma cuerpo en una realidad firme y tangible, como la palabra bien encadenada, como el trémolo maestro de una guitarra, como el tacto áspero de una piedra berroqueña o como el mismo sueño.

Hay veces en que nuestras esperanzas se encarnan en ese fluir soñado del agua que mana de una alfaguara fresca, que calma la sed del alma.

Y en esos momentos, cuando te pellizcas para comprobar que estás despierto, se dispara, como de arco, la alegría irreprimible del gallísimo sueño que canta el poeta.

A un servidor le sucedió ese milagro ayer tarde.

Ya había tenido atisbos en un cercano festival en tierras granadinas, pero, he de confesarlo, me quedaba la cobardía de la duda, esa que hace que, a veces, un sueño se marchite y deje un vacío de ausencias.

Por desgracia, en esta locura bendita que llamamos afición, se mustian muchas ilusiones. Hay demasiada falta de oxígeno en el mundo enrarecido del trasfondo que rodea a ese héroe frágil que se adivina.  Hay demasiados buitres carroñeros cerniendo sus alas.

Como a Odiseo, los cantos de sirenas pueden estrellarte en los escollos del acantilado, donde devorarán insaciables las carnes del incauto y de la tripulación que con él andaba, sin haber tomado le precaución del salvador tapón de cera.

Yo conocí a ese joven Odiseo, a ese intrépido nauta hace tiempo. No tuvo que desatar su elocuencia para enrolarme en su tripulación, porque sus trazos te imantaban y te anunciaban una singladura de ensueño, un viaje largo y lleno de aventuras. Una promesa de periplos sin cuento, de céfiros floridos soplando las velas de la ilusión, agarrado firme a un timón cuyo norte era siempre el llegar a nuevos emporios de valiosas mercancías, de sensuales perfumes y sutiles telas engastadas…

Pero un día llegamos a la isla de Circe.

No sé si el sortilegio fue con varita, o con ensalmos, pero empecé a perder la memoria, porque ya los puertos de Fenicia se alejaban, como la caracola muerta que arrastra la resaca. Y la monotonía y el desánimo me iba envolviendo en sus redes y mi ilusión de iba apagando como la lucerna que adolece de aceite y crepita, entre amagos de humo y de tiniebla.

No recuerdo las lunas que pasaron. A veces, creía oír a los lejos una voz que me llamaba sin discernir la lengua en que me hablaba.

Pero mi voluntad languidecía en un peligroso deambular por el campo de asfódelos que rodean a la Estigia.

Otras veces creía escuchar el piar vocinglero de la gaviota que anuncia la partida, pero Odiseo no estaba al final del espigón ni la nave estaba preparada…

Pero esta tarde una voz segura, que conozco; un ademán enérgico, que ordena, una muleta con alas de mariposa, han seguido al rampazo de un clarín profundo que convoca… Odiseo, como un dios de glauco y oro, trazaba los arabescos de una faena soñada.

Quizás, querido amigo, te sonreirás al leer, si es que lo haces, este delirio de imágenes contadas. Recuerda a este loco de sueños, hace tiempo, cuando te hablaba de versos y de hazañas. Recuerda Ítaca, la añorada.

Creo que estás de nuevo en la ruta marcada. Traza bien el rumbo, pero recuerda lo que dice el poeta para cuando emprendas el regreso:

“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias…”

Adelante, maestro. El camino es tuyo y bien ganado. Si en la calma chica oyeras ruidos en la bodega, no te alarmes. Es posible que, sin saberlo, me lleves de polizón agazapado. Un polizón que se desvive por lanzar a los cuatro puntos de la rosa de los vientos su kikirikí emocionado.

MARCIAL

Marcial García