PORQUE TIENE QUE HABER TRAGEDIA por Fran Pérez

Me sorprende que todo un maestro como Enrique Ponce se haya atrevido a decir en una entrevista que los aficionados van a verlo a las plazas de toros para verlo crear. Supongo que es una licencia que se puede tomar un señor con un saco grande de años de alternativa a las espaldas y que lo tiene dicho todo en el toreo, pero con esta afirmación, uno se da cuenta de que la fiesta de los toros jamás conseguirá revalorizarse si la creación le puede a la emoción.

Sin emoción, la fiesta de los toros se convierte en una obra de teatro mala donde se sabe que el torero siempre saldrá bien parado. Quizá el maestro Ponce no se entere, pero en un futuro, su paso extenso por la tauromaquia no será recordado por sus faenas de largo metraje a toros de Juan Pedro Domecq. Cada figura del toreo, como la nariz de Francisco de Quevedo, va con una faena pegada. Y el valenciano, aunque no quiera reconocerlo, va unido a una obra cumbre llena de impacto a un toro de Valdefresno llamado “Lironcito” en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid en la feria de San Isidro del año 1996, en los tiempos donde no se había contagiado del artificio.

Es por eso, que suena mal que un torero al que encumbró la emoción, ahora la rechace. Más que crear, el maestro debería estar preocupado, si tiene ganas de seguir en activo,  por demostrar a los jóvenes aficionados que lo del toro de Valdefresno que no pudieron ver no es una leyenda urbana. Capacidad tiene para ello. Ese Ponce de la gotita de sudor en la nariz en lugar de ese que quiere imitar el destoreo de un malagueño es lo que hace falta. Si se queda ese Ponce, que sea por muchos años. Si es el de crear en lugar de torear, mejor que vaya dejándole el sitio al que está dispuesto a tener la oportunidad de encontrarse con un “Lironcito”

Aunque la fiesta de los toros no sea teatro, si comparte con este arte el drama. Como la vida misma. Nada es un camino de rosas. La incertidumbre del no saber qué pasará. Cuando eso ocurre, la fiesta de los toros camina y se engrandece. Del triunfo al fracaso. De la alegría a la pena. De la vida a la muerte. Del cemento a las plazas llenas. Resulta cruel, pero toda dureza tiene una dosis de realidad. Quizá por eso el juego del torero con el toro es tan grande.

Si hablamos de grandeza no puedo dejar de hablar de Juan José Padilla. ¡Qué tío! Nunca he comulgado con su toreo, pero si he apreciado la capacidad que tuvo de torear todo lo que nadie quería y hacerse un nombre por el circuito de la quina. Si no era suficiente con eso, tardes de volteretas espantosas y pitones en el cuello, un toro de Ana Romero le propuso una de las faenas más importantes de su vida, la de la superación. Si para un torero es difícil estar delante de un toro con dos ojos, imagínense el esfuerzo del jerezano. En Arévalo volvió el espanto. 30 puntos de sutura en la cabellera. ¡Otra vez! Decían. Otra vez sí, pero otra muestra para la humanidad. Si te caes, te levantas. Y Pamplona volvió a verlo en pie. No sé porque tengo la sensación de que no será su última tarde en San Fermín.

Sería injusto no hablarles de Pepín Liria. Cumplió su palabra y hay que reconocérselo. Y aunque la mala condición física pudo jugarle una mala pasada, el de Cehegín dio en la plaza lo que todo el mundo esperaba. Este torero siempre fue de guerra. Y guerra hubo. Hizo que esas peñas del calimocho y las magras con tomate se fijaran en el ruedo y volvieran a corear ¡Pepín, Pepín! Diez años después. Como tantas tardes, el sufrimiento se le convirtió en triunfo.

El rojo de San Fermín manchó el blanco de la verdad el primer día de feria. Paco Ureña se tiró a matar como mandan los cánones y salió con el muslo derecho hecho trizas. Se mantuvo en el ruedo hasta ver caer a su oponente y se fue a la enfermería para reaparecer a los siete días con los puntos puestos de una cornada que necesita tres semanas de recuperación.

Muchas veces torear no significa solo dar naturales. Torear significa apartar la adversidad con detalles y retos que solo los de luces son capaces a conseguir. Tres vestidos de blanco como el mechón del recordado Chenel lo han dejado claro.

-¡Maestro!, le preguntaba Molés en una entrevista en la plaza de Santa Ana al bueno de Antoñete.

-¿Por qué las vueltas del capote son de color Amarillo?

Y el maestro le contestaba,

-Porque tiene que haber tragedia Manolo, porque tiene que haber tragedia

Fran Pérez @frantrapiotoros132483