“MINISTRO COMO ANIMAL DE COMPAÑÍA” por JOSÉ LUIS VALDÉS

Hace unos días tuve el honor de recoger el Premio Hemingway en Nimes. Pero no teman; a diferencia del gran Paco Umbral yo hoy no he venido aquí a hablarles de mi libro, sino de la forma ejemplar que tienen los aficionados franceses de entender la tauromaquia. Para ellos es una manifestación cultural indiscutible, extraordinaria, única. Por eso la valoran, la respetan, la sienten, la viven… y la cuidan.

 En Nimes tienen una plaza de toros excepcional, un anfiteatro romano milenario perfectamente conservado en cuya entrada y desplegando su capote nos da la amable bienvenida la preciosa estatua de Christian Montcouquiol, “Nimeño II”. Allí se celebran dos ferias muy importantes en la temporada taurina: la Feria de Pentecostés y la Feria de la Vendimia. Plaza de primera para un público de primera también. En esas fechas la tauromaquia se adueña de la ciudad, de los escaparates de sus comercios, de sus restaurantes, de sus hoteles, de sus calles… Exposiciones de escultura, fotografías o pintura se multiplican por doquier y en cada esquina se puede encontrar algún motivo taurino. La peña de Pablo Romero o el Museo de las Culturas Taurinas son dos lugares emblemáticos de visita obligada.

 Y entre sus múltiples actos culturales destaca el Premio Hemingway, el más importante del mundo –sí, lo he dicho bien- en la categoría de relato taurino. Es un acontecimiento social que convoca a destacadas personalidades del mundo cultural francés: editores, escritores, actores, escultores y otros muchos artistas. Este año, y ya llevan catorce, han participado ciento noventa y siete autores procedentes de veinte países, lo que da una idea de su dimensión internacional. Junto a obras de Francia, España o Sudamérica, también han llegado otras desde lugares tan remotos e insospechados como Estados Unidos, Japón, Mali, Rusia, Canadá, Congo, Líbano, China… ¡Hasta esos alejados confines llega el interés por nuestra fiesta!

 Y cuando uno tiene el gran honor de recibir ese premio, de disfrutar de la extraordinaria hospitalidad de personas tan entregadas a la difusión de la cultura taurina, no puede evitar comparar con la situación en España, donde algunos quieren renegar de una de nuestras principales señas de identidad como son los toros.

 Vivimos turbulencias en el Ministerio de Cultura y Deportes del que dependen también los asuntos taurinos. Hace unos días nombraron ministro a un señor que declaraba sin sonrojarse siquiera que, además de no tener ni idea del tema deportivo, tampoco le gustaban los toros, lo que nos produjo lógica inquietud a los aficionados. Cuando empezábamos a respirar aliviados tras su fugaz paso por el cargo, del que le queda una paga y un renovado vestuario (los zapatos de la toma de posesión aún llevaban la etiqueta en la suela), resulta que ha sido sustituido por don José Guirao Cabrera, un señor que no es que no le gusten los toros, sino que se declara abiertamente antitaurino por lo que todas esas asociaciones animalistas lo han recibido con gran alborozo. Y si los taurinos vamos de culo con el señor Guirao, que se preparen los cazadores, de los que el propio señor ministro dice que “es un disgusto debatir con ellos”. Bonita declaración de intenciones.

nuevo ministro

 ¿Es honesto que un declarado antitaurino acepte ser precisamente el ministro que gobierne la tauromaquia? ¿Debemos aceptar esta disparatada imposición sin rechistar?

 Este nuevo ministro de Cultura, que dice “preveer” en vez de “prever” y desconoce la diferencia entre “deber” y “deber de”, por lo visto es un avezado gestor cultural, como se les denomina ahora, y lo mismo te dirige un museo que te monta una bonita “performance”, que es como le llaman los modernos a cualquier acto con público para impresionarnos con su nivel playero de inglés. Hace apenas dos años participó en una de esas “performances” tan “cool” (se pronuncia cúul, pero dejando la ele deslizarse suavemente hasta esfumarse en el aire, como un globito que se aleja cuando se nos escapa de las manos). La organizaba Capital Animal, una asociación animalista a la que le parecen injustas “las relaciones que lxs humanxos (sic) mantenemos con los demás animales”. Nótese que sustituyen las vocales por equis con la loable intención de evitar un repugnante lenguaje sexista, lo que ya nos da una clara idea de su avanzada mentalidad. Para ellos usted y yo, amable lector, solo somos animales. No se ofenda; unos simples animales humanos, se entiende, en contraposición a los otros animales no humanos.

 Y, según opina el señor Guirao, los animales humanos somos muy primitivos (usted y yo, quiere decir, porque los animalistas como él son más evolucionados y cultos que nosotros y quieren reeducarnos por compasión). La mayoría de animales humanos pecamos de soberbia (él y sus amiguetes, no, claro), una tara que nos impide reconocer que los animales no humanos son más listos que nosotros porque se orientan sin GPS en sus migraciones y son capaces de predecir los terremotos y tsunamis. Que sí, joder, que lo ha dicho. Y afirma también que por eso nos creemos con impunidad para divertirnos con ellos, o para matarlos e incluso comérnoslos, porque comer un filete de animal no humano debe de ser un grave acto de soberbia. ¡Amárreme los pavos, señor ministro! (con cuidado y sin herirles su autoestima, ¡por Dios!)

 Así que visto lo visto y si, según sus propias palabras, somos iguales en todo, en inteligencia, en sensibilidad, en derechos… ¿qué tiene de extraño que algún burro pudiera triunfar en la política?

 Quién le hubiera dicho a Calígula que no estaba tan loco cuando nombró cónsul a su caballo, y que, siendo todos animales igualmente, llegaría un día en el que tendríamos que aceptar ministro como animal de compañía.

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José Luis Valdés para ElMuletazo.com