“SÁBADO DE GLORIA” por MARCIAL GARCÍA #FESTIVALDEVERA

            Sensaciones contrapuestas; estado especial de tensión; alegría y esperanza contenida… Esas y otras vivencias sacuden mi cuerpo esta tarde de expectativa.

            Últimamente uno anda en estado hipersensible y temo que mi cuerpo se rebele a tanta tensión. En estos momentos temo mucho retomar el estado de García II el Trémulo. Para los que no sean muy duchos en historia, diré que este rey de Pamplona y Nájera y conde de Aragón, tenía un tic nervioso, que, en momentos difíciles, temblaba como la hoja de un álamo –de ahí lo de Trémulo o Temblón-, pero, tras esa crisis, recuperaba todo su vigor y combatía como un jabato al frente de sus tropas.

            Vivo mi pasión taurina con toda intensidad. Soy apasionado y tengo devociones. Y esta tarde es el momento esperado de una de ellas. Creo que es una ocasión largamente esperada y como un reto personal para afianzar la voluntad y medir las facultades. Hace unos días, por invitación personal de mi querido hermano, Antonio Merenciano, he asistido a un tentadero que le ha preparado. La sensación general ha sido positiva, pero crítica en mi interno. Hace tiempo que procuro guardarme mis opiniones porque, a veces, no son muy bien entendidas.

            He tenido la suerte de recuperar la compañía de dos queridos amigos: Gabriel y Víctor, padre e hijo, con los que me he desplazado a la hermosa ciudad de Vera.

            Cartel de lujo: Por delante, Andy Cartagena, que viene de desfilar en el Paso Blanco de Lorca, cuya Virgen de la Amargura es la patrona de las damas y caballeros rejoneadores. Le siguen: Conde, que sustituye a “El Cordobés”; Cayetano; López Simón; Filiberto y, cerrando, el novillero Jorge Rico, último “Espiga de Oro” de la Feria del Arroz de Calasparra. El ganado de los de a pie, con cierta garantía, Manuel Blázquez, que refrescó con reses de Núñez del Cuvillo.

            No voy a dejar aquí ni reseña ni gacetilla. No desmerezco a nadie, pero yo he venido a lo que he venido.

            Después de varios novillos manejables, pero tremendamente blandos, aparece en la tablilla “Arrojado”. Comentamos Víctor y yo, dada la procedencia, que será de la misma reata del ejemplar indultado por Manzanares. Pero, nuestro gozo en un pozo: sale un ejemplar bien presentado, colorao, pero abanto y desorientado, repartiendo derrotes y sin fijeza. A pesar de todo, se intuye casta. La lidia, de aquella forma. El viento hace ondear los engaños como gallardetes.

             El torero tuerce el gesto, pide permiso y deja el cordobés sobre la contera de las tablas. No hay más brindis que el obligado a la presidencia. Con paso decidido, montando la muleta, se dirige al platillo de la plaza… y ahí comenzó el milagro. Con destreza, ganas y poder se va haciendo con el novillo. Poco importa el viento racheado y la polvareda. El entrecejo se va marcando con un gesto de decisión e ilusión que conozco muy bien, y las series van fluyendo. Y el carácter del utrero va sacando el buen fondo de la raíz que procede… Como me temía, mi cuerpo entero, empezando por las manos, comienza a temblar como el de un atacado del mal de san Vito. La plaza reacciona y el rostro del torero se ilumina. Queda la última prueba de su evolución: el manejo de los aceros. Y la mano remata arriba, de certero golpe, una faena poderosa, elegante, inteligente y con ese sello que me atrapó desde la primera vez que lo vi.

            Después de las lágrimas de satisfacción, mis nervios se han dislocado. Apenas he conseguido aguantar para levantarme y aplaudir al pasar a nuestra altura; apenas he podido abrazar a su familia, radiantes de felicidad.

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            Sábado de Gloria, en un augurio de esperanza e ilusión. ¡Por muchos años!

Texto y fotografía: Marcial García