CUANDO NADIE ME VE por Fran Pérez

Cuando nadie me veA veces me siento como un fantasma sin castillo por la fiesta de los toros. Como el aire que no se ve pero se contagia de los sentimientos de los demás. Lo último que quiero es dar miedo. Pero contar tu verdad, cuando no concuerda con la de los demás, lo produce. Que no cunda el pánico. Este espectro da sustos de pasión. Os mentiría si os dijera que no soy un enamorado de la tauromaquia. Desde que esa aparición magnifica pasó por delante de mis ojos cuando era un crío destinado a otras pasiones, no he hecho otra cosa en esta vida que querer, aunque muchas veces duela, esa magia que se produce entre la bravura y la valentía bajo la estela dejada por la humillación y el viaje de un capote o una muleta, manejados por una muñeca prodigiosa.

Este fantasioso que les escribe mira por una fiesta mejor aunque en los corrillos de profesionales lo traten como el régimen alemán a Albert Einstein. Lo que no saben, es que sus triunfos me han alegrado días y que a mi locura se le ha escapado alguna lágrima al ver conseguir sus metas que han inspirado a mis dedos para plasmar sobre el teclado una combinación de letras que los engrandece, para recibir, como no puede ser de otra manera, un silencio de agradecimiento.

Ojo con el silencio. Vamos a dejar que siga siendo una virtud maestrante. Pero a la hora de defenderse, como la canción de Alejandro Sanz, no vale decir las cosas “cuando nadie me ve”

A los duendes que escribimos nos creen a medias. Si te han dejado fuera de una feria, si dicen que no vas porque no quieres, si te han vetado año tras año o te han ofrecido por torear un bocadillo de mortadela, lo normal, es hablar, que el que no llora no mama. Que el que no declara no desenmascara.

Voy a ponerme la bola de presidiario. Todos los que llevamos la sábana blanca por encima estamos llamados a dar más de una turbación. Que esto de hablar de toros no es solo pasar la mano y ser un mero palmero del baile de los demás. Me hacen gracia esos que prefieren no mojarse. Que tratan esto como un anuncio de compresas cuando la menstruación duele, por un pase de callejón. Ponen el cartel de no molestar. Yo siempre fui de los cabrones, de esos que llevaban a los timbres a la hora de la siesta.

Entiendo por lógico que los toreros estén tentado para prepararse para la temporada. Es lo normal. Yo estudio para dejar de ser gilipollas y no mando un comunicado de prensa diciendo que el tema me lo aprendí bien y que me tomé dos cafés que estaban buenos, siempre buenos, ninguno aguado, que conste, para no dormirme. Cuando aprueben el examen en la plaza ya lo contaremos. Será ahí el momento de comprobar las sensaciones vividas ante tantas vacas extraordinarias.

Confieso, que aun siendo un “Casper”, yo también me asusto. El colmo de los colmos. Pero en esta fiesta de los toros todo pasa y nada es raro. Sorprende que algunos se consideren sol y que todo el orbe taurino gire alrededor de ellos cuando no son nada más que impurezas espaciales en la época de la tauromaquia que vivimos. Que se vistan de corderos cuando el lobo, y hay pruebas de ello, va por dentro. He puesto una alcayata para colgar algunas declaraciones en el museo de los horrores. Y he llevado flores a mi padre. Y le he mandado que le dé recuerdos a Barnés. Y me he acordado de Iván Fandiño y Víctor Barrio. Pobres míos, que en gloria estéis. Vosotros no tenéis la culpa.

Está claro que algunos si han encontrado el castillo.

Fran Pérez @frantrapiotoros

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