La primera muerte en la plaza de toros de Murcia
La plaza de toros de La Condomina de Murcia, se inauguró en septiembre de 1887, pero desde la siguiente primavera la del año 1888, el nuevo coso condominero, contaba con festejos taurinos como reclamo para atraer a foráneos a sus fiestas de Primavera.
El primer festejo taurino celebrado en Primavera en el coso de La Condomina tuvo lugar en la tarde del 1 de abril de 1888, toreando en aquella ocasión. Valladolid y Fabrilo, que por cierto no quedaron a la altura de las circunstancias, siendo ambos diestros pitados durante las cuatro faenas que realizaron. Estos dos mismos diestros tuvieron ocasión de sacarse la espina, al ser repetidos de nuevo en el festejo siguiente, celebrado éste en la tarde del 23 de abril del citado año, en el cual lidiaron toros de Bañuelos y del Cura de la Morera, alcanzando un resonante triunfo. Así se iniciaron en el bello coso de la Condomina los festejos de primavera.
Seis años después y en uno de esos festejos de feria en Mayo, se produce la primera muerte por asta de toro. Fue el 20 de mayo de 1894, el novillero José Noriega “El Castizo” fue corneado por un toro del marqués de Mendela, muriendo en la madrugada del día 22.
Vamos a recordar este hecho:
José Noriega (el Castizo), natural de Cazalla de la Sierra (Sevilla), nació el 30 de noviembre de 1867. Desde muy pequeño sintió una gran afición por los toros, lo que le llevó a hacerse novillero. Despachó, muchas novilladas por casi todas las provincias españolas, aunque no llegó a hacer el paseíllo en Madrid.
El 20 de mayo de 1894 se celebró en el coso murciano, una novillada para Bartolomé Jiménez (Murcia) y José Noriega.
Bartolomé Jiménez y Najar, conocido con el apodo de (Murcia) fue un extraordinario matador, hoy olvidado, pero que se encuentra entre los toreros murcianos que más predicamento tuvo en el mundillo taurino.
Bartolomé se deshizo del primer novillo que resultó ser un barrabas, este había cogido y volteado al banderillero Bernal, que salió ileso milagrosamente del percance.
El segundo novillo, como todos los demás, era de la ganadería del marqués de Mudela, al darle un lance de capa el Castizo, fue volteado sin consecuencias. Tomó luego los trastos el humilde espada, que vestía de encarnado y oro y cabos negros, y saludó a su adversario con un buen cambio, al darle el tercer pase natural fue enganchado, volteado y despedido con gran violencia. El herido fue conducido por algunos de sus compañeros a la enfermería, donde no había servicio facultativo, ni útiles, ni medicamentos para atender a la curación del herido, (esta circunstancia hizo que corrieran ríos de tintas en la prensa de la época, sobre toda la madrileña). El herido, que tenía una cornada de cuatro centímetros de profundidad y diez de extensión, cerca del peritoneo, en pleno vientre, permaneció allí sin ser atendido. Al cabo de mucho tiempo se le condujo al hospital, y a las cuatro horas de haber recibido la cornada le fue practicada la primera cura. Debido al abandono, y en medio de grandes dolores dejó de existir el desventurado Noriega dos días después.
Todos los periódicos murcianos se ocuparon del suceso, y todos censuraron con dureza, tanto a la empresa, por no tener corriente el servicio facultativo y la enfermería, como a la autoridad que presidio el espectáculo por no haber inspeccionado, como era de su obligación, antes de ocupar el sillón presidencial, si todas las dependencias de la plaza tenían los servicios exigible para la celebración de un espectáculo con tanto riesgo a ser herido.
La verdad es que hubo una sucesión de negligencias que dieron al fin y al cabo con los huesos de Noriega en el cementerio. Primero la enfermería desprovista de un simple botiquín (inaudito) y luego el traslado al hospital que entonces era el de San Juan, cercano a la plaza que según los letrillas del momento, estuvo 4 horas sin atención. Este último dato me cuesta mucho creerlo, en esos tiempos se tendía mucho a la exageración, pero ahí queda el dato y queda reflejado aquí.
De esa luctuosa novillada, salió reforzado Bartolomé Jiménez “Murcia”, quien demostró ser de buena madera, creciéndose al ocurrir el percance que ocasionó la muerte de (el Castizo), despachando él solo la corrida, sabiendo mantener el puesto que le correspondía, y reanimando a todos sus compañeros. Dicha novillada, en la que quedó a gran altura, le valió el contrato de otras cinco en la capital murciana. Bartolomé (Murcia), merece una historia taurómaca particular y queda en mi agenda recordarlo.
@julianhibanez
