TEMPLANDO EL ACERO por Marcial García

El título que les presento en esta entrega procede de mi querido primo “Tambor”, pues con esta etiqueta le envié mi foto de baño de nieve anual. Me dijo que, al recibirlo, creía que sería una nueva entrega para nuestro digital, porque el título era sugerente. Me pareció acertada su observación, como siempre, y aquí lo tienen, “tuneado” en contenido.

            En el rico lenguaje del mundo del toro, el verbo TEMPLAR tiene dos acepciones específicas, que difieren un tanto del caudal normal lingüístico. Así, se refiere tanto al ritmo y tempo de oficiar esta especial liturgia, acomodando la natural explosión de la bravura de un toro a la cadencia con que el torero maneja los trastos, como a la especial preparación, física y anímica, que exige este exigente sacerdocio al torero.

            En esta segunda acepción queremos centrarnos.

            Su origen, el proceso de la forja de un buen armero, maleando el metal en el yunque de la constancia, quitando la escoria y las adherencias espurias y, cuando el guinda es el color de la pieza, sumergirla en el agua pura de un buen manantial, para, con su brusco enfriamiento, conseguir que hermanen conceptos tan antagonistas como dureza-fragilidad y contundencia-flexibilidad. Pero, para conseguir ese aparente inflexible, el torero o el maestro forjador, necesitan dosis parejas de técnica, arte y creatividad. Y eso exige: vocación, entrega, renuncias y trabajo constante  e ilusionado.

            El invierno, con su aparente letargo en la vida del toreo, es el momento que los buenos toreros aprovechan para conseguir este milagro, para mantener el espíritu y la ilusión, para alimentar la ambición de llegar a la meta –o permanecer en ella-, para tener el cuerpo y el alma preparados. Un cuerpo cimbreante, juncal y fibroso, que mantenga el tono de la lucha, pero con elasticidad y armonía casi angelical. Acero y seda, cadena y brisa, cintura de cristal con capacidad de látigo…

            Ya sé que todo eso es casi un milagro y no está al alcance de todos los mortales. Pero ¿quién ha dicho que un torero, de los de verdad, sea un simple mortal?

            El camino es largo y tortuoso. A los obstáculos normales de tan arriesgado juego de gloria y muerte, hay que añadirle todos los urdidos por la maldad humana: envidia, poder, crueldad, sometimiento…

            Por desgracia, no todo el que vale llega a conseguir los triunfos. Ni siquiera se les deja mostrar su valía. Los buitres están ahí para implantar, desde un despacho o un medio de comunicación mercenario, para enmierdar y dominar. De esta forma, de toreritos de aquella manera, aupados por el engrase y la componenda, se puede hacer un “figurón” mediático, llevado y manejado por los cuatro “padrinos” de esta Cosa Nostra en que han convertido el negocio y la ilusión, representantes de las conspicuas “famiglias” que controlan el cotarro.

            Pero siempre hay algunos que no se rinden, aunque las “luparas” y la “omertà”  estén a la vuelta de cada esquina. Su constancia y férrea decisión han conseguido que su esfuerzo se reconozca y se valore. No quiero dar nombres, pero los hay muy notorios, y algunos en nuestra  Región. Otros, se hallan en el camino. El buen camino. Y el buen aficionado sabe que lo que digo es verdad.

            Por eso, a los que no están dispuestos a vender su integridad ni sus sueños por un triste plato de lentejas, mi ánimo y mi encendida admiración. Todas vuestras renuncias, todos vuestros callados sudores, todos los golpes del martillo del deseo sobre el yunque de la constancia será la forma más certera de templar el acero de vuestra alma torera.

            ¡Que Dios reparta suerte y justicia, que falta hace!

Por Marcial García

BIF044H04
El Rey del temple