Ortega Cano se retira del toreo triunfando

Volvía a los ruedos por un día para cortarse la coleta el diestro cartagenero Ortega Cano en la tarde de este sábado para la primera de la feria del Cristo de los Remedios en la localidad madrileña de San Sebastián de los Reyes. Se lidiaban toros de Núñez del Cuvillo para la ocasión. El torero murciano que más alto ha llegado en el escalafón en las últimas décadas decía adiós. ¿De forma definitiva? Solo el tiempo lo dirá.  Pese a cortar dos orejas, no quiso salir a hombros en señal de duelo por el fallecimiento de Dámaso González, con quien tantas tardes de triunfo compartió. Nos cuenta la tarde vivida desde allí a los lectores de El Muletazo el director de Cultoro, Marco A. Hierro.

Tuvo aseo y hasta decoro, pero le faltó asiento y ritmo al saludo a la verónica de Ortega Cano al primero de Cuvillo, bajo, reunido y bien hecho, ideal para embestir. Desmontó al picador de un topetazo en el primer encuentro y se llevó el castigo duro en la puerta. Quiso hacerle el quite José a la verónica, con más voluntad que brillo. Al cielo y al público brindó su penúltima faena José, antes de andar le por abajo al castaño de tremenda calidad, con el que tuvo momentos de asiento y hasta desmayo, con los lógicos problemas que da la falta de facultades. Faena de detalles, de momentos con la mano izquierda premiados con una oreja a pesar de la estocada caída.

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Hasta los medios tuvo que ir a buscar Perera al zapato que hizo segundo, casi perfecto de hechuras y con un tranco excepcional en el saludo a la verónica en el que fue durmiendo Perera las embestidas, siempre mecidas y cadenciosas, con una media ralentizado para recordar. Como lo fue el quite de chicuelinas y cordobinas que tenían 360 grados, con el toro empleándose en cada arrancada. Sensacional el extremeño. Con la muleta le formó una auténtica pajarraca al buen toro. En los medios lo esperó para cambiarle los muletazos y hundirse en la arena para que bailas alrededor de él sin mover los pies, con el temple como arma y bandera. Larguísimo lo condujo en las primeras series de mano diestra, exigiendo desde el inicio a un animal que quería comerse el trapo y se rebozaba hasta el final porque así lo quería Miguel. Hundido en la arena, seguro, sólido y macizo para dejarse llegar a la taleguilla los pitones. Y caló más eso que la soberbia actuación de los 30 muletazos anteriores. Perfecta fue la estocada para pasear las dos orejas.

También Talavante salió decidido a templarle verónicas al tercero, pero el corto viaje del animal recomendó improvisar chicuelinas y rematarlo con una larguísima revolera. Con el capote a la espalda firmó después el quite. Con la muleta fue todo suavidad, todo caricia con la mano izquierda para que viajase con largura el de Cuvillo, un poco más remiso que sus hermanos pero obediente y fijo para cuajarle faena. Lo hizo Alejandro, con asiento y con personalidad para enganchar con sutileza y embeber en los vuelos la voluntad del animal. Arrucinas en el final de faena y unas Bernard inasistencia que precedieron a la estocada y a la concesión del doble premio.

Pegado a tablas saludó Ortega Cano al cuarto, otro zapato de largo cuello que le apretó a José cuando lo lanceaba, obligándole a rematar a la trágala con la media. Más aseo tuvo el quite por chicuelinas, de asentado embroque y gustoso remate. Sacó gusto el cartagenero en un esfuerzo por cerrar su carrera cuajando un toro. Y lo hizo a su manera, con quietud y con suavidad, con la sapiencia de los años y con las embestidas de un Cuvillo rebozandose por una muleta a la que le faltó ajuste, pero le sobró torería. Nada importó el pinchazo para pasear la oreja que le faltaba para retirarse a hombros.

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Más toro era el quinto, apretado y de expresión sería, colocó la cara con clase en las verónicas de Perera, con más calidad que fijeza, porque siempre tendió a salir suelto. Pero lo entendió a la perfección Miguel, que en los medios supo dejarle siempre el trapo en la cara para limarle la tendencia a irse. Lo fue moldeando a base de temple y de toque, de quietud y de seguridad para terminar con el toro en la tela y la tela arrastrando por la arena. Inmenso Perera, que le dio importancia a cada arrancada para terminar pinchando y paseando sólo un trofeo.

Al sexto se lo sacó Talavante a los medios pegándole verónicas de muñeca fácil para terminar rematando con una media de cante grande. Así fue la faena de muleta, en la que se empeñó Alejandro en torear muy despacio, dejando la muleta muerta tras el bandera o inicial en línea recta para enroscarse la embestida al natural tras la cadera. Hubo arrucinas en la distancia, trincheras de gran clase y profundidad en el toreo a zurdas para macizar una gran faena premiada con una oreja.


FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de San Sebastián de los Reyes (Madrid). Primera de la feria del Cristo de los Remedios. Menos de media plaza.

Toros de Núñez del Cuvillo, de gran calidad y clase el buen primero, de gran clase y ritmo el buen segundo, obediente y con fijeza el noble tercero,  enclasado y repetidor el buen cuarto, mansito de huida hacia adelante el quinto, con transmisión y obediencia el sexto. 

José Ortega Cano, oreja y oreja. 

Miguel Ángel Perera, dos orejas y oreja. 

Alejandro Talavante, dos orejas y oreja. 

Marco A. Hierro.

Fotos: Luis Sánchez-Olmedo

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