“La venda de los Dioses”
Que acierto de cartel el de la feria de Julio de Valencia. Una obra de arte fotográfica de Finezas que ese día le puso a su trabajo muchas letras de su nombre artístico. Manuel Rodríguez “Manolete” estoico haciendo el paseíllo, con el aura de los grandes, con la certeza de sentirse querido y la vez odiado. Con el favor de la afición que suspiraba por la majestuosidad de su danza valiente y arriesgada delante del toro. Con el amor aparcado por el sueño. Torear de verdad. Ser pureza hecha hombre. Escribir historia con capote y muleta sabiéndose piel fina. Esa que se eriza con el compás delante de la embestida del toro y que se quiebra tan fácil delante de las astas con cloroformo de los animales más bellos de la dehesa.
No sabía Finezas, que su foto cobraría vida una tarde de julio por el Levante por el centenario del protagonista, reencarnado en el cuerpo de un torero que está volviendo a poner la pureza de moda y que levanta pasiones entre los aficionados gustosos de la verdad. Fue como un ritual religioso, como cuando el sacerdote levanta el cáliz, cuando un torero de Lorca en el laberinto de los pitones de un toro aspiró el alma del de Linares que vino acompañado de dos ángeles terrenales llamados Rafael y Arturo. En ese momento, la tarde se tiznó en blanco y negro, como esas tardes de los años 40 que rezumaban pasión toreadora en el corazón de España. Y en el sexto, la conjunción fue brutal. La plaza de toros de Valencia se levantaba como la de Madrid con el toro de Pinto Barreiros. Y los naturales fueron de escándalo. Y el toreo, fue más toreo vestido de blanco. Hubo verticalidad, quietud y un juego de muñecas que ya quisieran ponerlo los Reyes debajo del árbol todos los años de todo aquel que quiera ser torero. Ureña y Manolete de la mano para que la historia vuelva a escribir historia. Para que los intelectuales se rindan ante la grandeza de la fiesta y Lupe tenga sus medias de Astracán.
Decía el gran Orson Welles: «He visto grandes faenas de Manolete pero no he conocido a ninguna persona que sea más grande como hombre que Manolete; si yo fuera español, estaría orgulloso de haber vivido en el mismo siglo que él»
Yo, y tú que me lees, seguro que pensamos como él.
Quizá, y quien sabe si influenciado por algo, al único que no le gustó fue al presidente del festejo. Quedará en las escrituras, no como el malo, sino como el tonto o el que pensaba en las musarañas estando delante de uno de los hitos de la temporada.
Y por cierto, miren las fotos. Una venda blanca en la cabeza del gran Manuel Rodríguez haciendo el paseíllo y una venda en el mismo sitio en el triunfo indiscutible del lorquino Paco Ureña. “La venda de los Dioses”. O la corona de verdad de los soberanos del toreo.

Fran Pérez @frantrapiotoros
