BLACK YEAR

fran perez opinionY casi sin darnos cuenta, otra vez el frío se hace presente en nuestras vidas irremediablemente, como cada noviembre, haciendo de enlace entre el balance de lo vivido y las ilusiones del futuro. En la fiesta de los toros seguimos bajo cero. Desde hace ya tiempo se ha instaurado la filosofía helada del “disfruta mientras puedas” porque a esto no le queda mucho tiempo.

No tenemos otra. El sector no es capaz de hacer frente común por la fiesta y ha decido exprimirla como la naranja del desayuno sin pensar en los sueños de los que vienen detrás. A la evidencia de la desaparición de las novilladas hay que sumarle el coto privado de caza que las figuras han impuesto, impidiendo a los jóvenes abrirse paso y convirtiendo la tauromaquia en el negocio de unos cuantos cuando podría ser la Cultura de un pueblo. Pero si se le ha cortado las alas al futuro, también se ha cargado contra el cliente. Ese que paga religiosamente, que defiende la fiesta en cada ciudad, en cada pueblo y en cada rincón donde sale un pitón, y ve como los empresarios se han saltado a la torera la bajada del IVA del precio de las entradas ofreciendo, en la mayoría de los casos, espectáculos  que no se corresponden con el precio que el espectador ha pagado para verlo con el consentimiento de los actuantes y el ganadero.

Las soluciones no llegan y cada invierno se convierte en un catálogo de ofertas irreales a lo “black friday” que tapan el inmovilismo del mundo del toro y centran el debate en lo menos importante. Si Morante quiere volver a torear porque ya tiene “motivos” para hacerlo, si José Tomás quiere torear en España 12 corridas de toros o si el Juli se retira, o no, no pueden hacernos olvidar que el descontento y  fuga de aficionados es cada vez mayor y que entre la juventud la fiesta de los toros no engancha. Si los jóvenes no si sienten atraídos por este espectáculo, es el principio del fin.

Pero seamos sinceros, el sector taurino nunca lo ha puesto fácil para que la semilla de la tauromaquia crezca entre la adolescencia. Si el espectáculo se ve desde fuera bajo la base del respeto, la fiesta de los toros no deja de ser un entretenimiento de abuelos y de niños pijos. Ser torero no mola. Aunque los de luces sean jóvenes, en las entrevistas, van vestidos de mayores, con traje, corbata y pelo engominado fuera del look que por edad les correspondería. Lo peor, es que si alguno se sale de la norma, el sector lo critica. Pobre del que se haga una foto en un tentadero sin los zahones o sea imagen de  alguna marca de ropa porque caerá sobre él el peso de perder la esencia. La esencia no se pierde por evolucionar, por ir con los tiempos que corren. La entidad se pierde cuando se pasan las barreras de la verdad. Que eso si suele pasar, y sin embargo, no se montan dos de mayo por ello.

Como me gustaría volver a los tiempos donde ser torero era como ser un Dios en el Olimpo.  Donde a cada paso del coleta, el aura dejada convertía a las gentes en entusiasmados partidarios. Que los intelectuales del futuro quieran ser toreros como los de antes. Que los Sabinas que hoy escriben letras saluden al salir de casa cada mañana a quien quisieron ser, como hoy en día lo hace Joaquín con la foto de Antoñete.

Ser torero es jugar con la verdad y la muerte, y producir calor con ello. Calor que hace volver a la plaza una y otra vez. Fuego candente que quema por naturales y hiela cuando la muerte gana la partida. La pena es que llevamos dos años congelados. Las muertes de Víctor Barrio e Iván Fandiño han convertido estas temporadas en dos “Black Year” seguidos. Dos partidas a destiempo que han hecho que a los que admiramos a los toreros sigamos admirándolos con más respeto aún pero sin que se nos quite el frío. Ni bajo el sol de Agosto.01

Fran Pérez @frantrapiotoros