XXV ANIVERSARIO: MIS RECUERDOS

marcial opinionComo adelantaba en mi “facemuro”, el 1 de mayo, regaba con su sangre el albero del Baratillo, derramando su vida el que, para este humilde escribidor, ha sido el mejor banderillero que ha conocido. Se llamaba –y se llamará en la memoria perdurable del buen aficionado- José Manuel Calvo Boninchón, en los carteles: MANOLO MONTOLIÚ.

            En este sentido homenaje, no quiero tirar de hemeroteca, sino dejar que se derrame la memoria por los recovecos del sentimiento. Memoria que aún se siente golpeada con la terrible imagen de la mortal cogida.

            Por aquellos tiempos nos reuníamos en “Paype”, cafetería de un querido amigo, un grupo de aficionados para ver los festejos televisados. Paco nos había preparado unos catavinos y unas botellas de un fino muy torero para la ocasión. Con uno de ellos en la mano estaba cuando ocurrió la tragedia. Mi reacción fue inmediata: lleno de rabia acongojada, estrellé la copa contra el suelo y mi casi grito agoró la tragedia. Jamás he vuelto a beber fino durante una corrida. Aún andará por ahí lo que quedaba de botella, pues ninguno quiso volver a probarla.

            Al día siguiente, como tenía programado, me presenté en la matinal programada, en la que estaba anunciado Pepín Jiménez. Ésta era la migaja que Pagés le había dado al lorquino a cambio de su gran actuación y su sangre de la noche-víspera de la Virgen de los Reyes del año anterior. El ambiente era tenso y se rumoreaba que no habría festejo. No por el respeto al que aún estaba de cuerpo presente, sino por la huelga de varilargueros que disparó la tragedia. Llegué a estar en mi localidad, en el tendido bajo, junto a la añorada Puerta del Príncipe. Muchos murcianos y pepinistas conocidos en el entorno, pero el comunicado oficial cayó con presteza anunciada, desperdigándonos como palomas amedrentadas.

            Había tenido ocasión de verlo parear, con aquel señorío honrubista, en muchas ocasiones. Luego tuve el honor de conocerlo personalmente. Aún recuerdo la última tarde que lo había visto en vivo. Fue en Hellín, un Sábado de Gloria. En contra de mi costumbre, me acerqué a la puerta de cuadrillas a saludarle. Mi amigo Antonio Romera aún tiene por ahí la foto de la firma que estampó en su bota.

            Después, gracias a la hospitalidad de mi tito Pedro Merenciano –que está en Gloria- conocí al resto de la familia: el patriarca, ese varilarguero de casta: Manuel Montoliú; y los nietos: Antonio, que heredó señorío y oficio del abuelo, además de ser hombre de birrete universitario por la Facultad valentina de Veterinaria, y “Pelu”, el alias cariñoso de José Manuel, el heredero del nombre y el arte de los palitroques. A ambos llevamos, siempre que era posible, en la cuadrilla de Ángel de la Rosa, el elegante maestro al que apoderamos conjuntamente. Aunque por delicadeza, nunca quise hurgar en su herida nunca cerrada, alguna vez que otra me hicieron confidente de sus recuerdos más queridos. Recuerdos que también desgranó ese ejemplo de hombre y torero que era Antonio Ladrón de Guevara, tristemente muerto en desgraciado accidente de carretera.

            Ayer, viendo el maravilloso detalle de Ferrera con “Pelu”, invitando a parear en el mismo lugar de la cogida, además de las lágrimas, se me agolparon los recuerdos que hoy he querido compartir con ustedes, queridos lectores.

            No he querido glosar sus extraordinarias virtudes toreras, porque, creo, que todo buen aficionado las conocerá. Tampoco he resaltado la justicia con que su tierra le ha levantado monumento de bronce y gloria, frente a su amado coso del carrer de Xàtiva.

            Gloria a los toreros grandes. Gloria a los que entregan su vida por un sueño.

¡VA POR TÍ, TORERO!

Marcial García

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