VIVIR PARA VER

20170808190700Que importante es la colocación. De una manera o de otra marca la vida. Estar bien situado es sinónimo de estabilidad y tranquilidad. Para nada de relajo. La posición no te salva del trabajo, de la lucha día a día para conseguir tus metas, tus deseos y superar los miedos. Pero estar en el momento justo a la hora adecuada, sin traicionar a nadie y con la verdad por delante hace más fácil ganar batallas, superar miedos y coronar puertos de montaña que jamás creíste poder escalar.

El emplazamiento siempre debe ir compensado con el esfuerzo. Solo así sale lo puro de las personas y enluce lo mejor que puede tener una persona, el corazón. En el momento que se olvida lo duro que fue llegar hasta el equilibrio soñado las personas se degradan para convertirse en gilipollas integrales que se creen alguien por tener las alforjas llenas de billetes y son capaces a tirar por tierra, a los que como un día él, luchan hoy para poder llegar a sus sueños. Esta degradación tiene consecuencias. Y es que como todos sabemos, no hay nada peor que dos, o hasta tres zombis de estos, se junten por intereses mutuos y se vanaglorien de poder para sumir a la especie humana en la grieta de los chulitos de medio pelo, o de ningún pelo, con privilegios que creen volar alto, pero que donde aterrizan es en otro tipo de colocación en el cabo de San Cazurro del Cazo. Vivir para ver.

Esto mismo ocurre delante de la cara del toro. La colocación es la mejor herramienta para coger confianza. La manera de enseñarle al toro los engaños metido entre los pitones, centrado y en cada cite recordar de donde se viene y que se quiere, hacen que los muletazos se conviertan en faenas donde el corazón estalla, aflora el sentimiento que a la vez va unido al riesgo y hacen que el torero sienta el toreo como cuando el humano se enamora la primera vez a la vez que el público se contagia de la emoción de la tauromaquia de verdad y no de ese sucedáneo del pega pase instaurado que hace que la fiesta se pudra al triunfalismo sin afecto que a los dos minutos se olvida.

Dejar poso es la clave. En Málaga el martes, Ureña, al que ya van a tener que empezar a conocer aunque no quieran, dejó pintado el albero marítimo de La Malagueta con la expresión de su toreo que queda en la memoria. Un trabajo de verdadero labrador de portadas de catedrales con naturales cincelados que algún día serán patrimonio de la humanidad. Pero lo que más destacó fue su manera de estar delante de la cara de los Fuente Ymbros que le correspondieron en suerte. Solo con eso pareció llenar la escena que sin comenzar ya olía a cante grande.

Como Grande fue también la actuación del lunes de Rafaelillo en Dax. Otro que tuvo que vestir de guerra su torería del principio para poder comer, pero que todavía sabe quitarle el disfraz y dejarla brillar en su estado natural ante toros que no todo el mundo es capaz a anunciarse con ellos. Su sinceridad con la casta más exigente, esta vez con un bravo ejemplar de Pedraza de Yeltes, han hecho que Francia se le rinda. Y dejar poso en Francia es asegurarse torear. Qué pena que en otros sitios cerca de su casa no podamos rendirnos a él y que en septiembre se escuche un ¡Viva la France! en lugar de un ¡Olé Rafael de Murcia!

En el toro como en la vida, vivir para ver.

Fran Pérez @frantrapiotoros

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