Toreros murcianos del ayer: Enrique Cano “Gavira”

diego reinaldos opinionContinuamos la sección de toreros murcianos del ayer con otro torero que alcanzó cierta fama durante el primer tercio del siglo XX: el cartagenero Enrique Cano Iribarne, anunciado en los carteles con el apelativo de “Gavira”, si bien parece que adoptó otros nombres a lo largo de su carrera, como “El Lavativa”, “El Berenjena” o “Gavira Chico”.

Nació el futuro diestro en el número 8 de la calle de la Pólvora de la ciudad portuaria un 15 de julio de 1890 según algunas referencias contemporáneas o el 9 de enero de 1893 según señala en su obra biográfica Diego Martínez de Ojeda. Hijo de un guardia municipal o empleado del Ayuntamiento cartagenero, Enrique Cano Jumilla, y de su esposa Josefa Iribarne Martínez, parece que desde muy joven comenzó a mostrar su afición por el mundo de los toros, si bien su oficio era el de marmolista. Parece ser que un día aprovechó la salida desde Cartagena de un navío con dirección a Sevilla cuyo capitán era amigo suyo para tomar la vida de maletilla, dirigirse a la capital hispalense y frecuentar los ambientes taurinos, llegando según algunas noticias a tirarse de espontáneo en la Maestranza para darle algunos pases a un toro que lidiaba Ricardo Torres “Bombita”, hecho que le daría notoriedad para participar en algunas capeas por la zona y por su tierra. Su primer éxito destacado parece que le sobrevino en su ciudad natal un 22 de septiembre de 1912, cuando se anunció como sobresaliente en una becerrada organizada por el Círculo Republicano del Barrio de la Concepción de Cartagena. Esa tarde pudo torear un becerro realizándole una brillante faena de muleta y estoqueándolo de forma superior. Por ello, se decidió contratarlo para el 1 de junio del año siguiente en el mismo escenario, cuando vestía de luces por primera vez –según otros datos lo hizo en septiembre de 1914 en Carabanchel–, alternando con Rodalito, siendo tal el éxito de ambos que fueron contratados como pareja en competencia para otros cuatro festejos, preludio de muchos más, formándose incluso alrededor suyo dos partidos: los gaviristas (más cercanos a la izquierda) y los rodalistas (más conservadores).

Su debut con picadores tuvo como fecha más probable la del 14 de septiembre de 1913, de nuevo en Cartagena, alternando con Cortijano y de nuevo Rodalito. Al año siguiente es más seguro que torease en Carabanchel, y fue el 7 de marzo de 1915 cuando se presentó en Madrid gracias a las gestiones de su amigo y paisano Juan Yúfera Martínez “El Apañao”. Esa tarde toreó en compañía de Pedro Carranza “Algabeño II” y José Corzo “Corcito”, ante ganado de D. Félix Gómez, triunfando al lidiar muy bien de capote a su primero, de nombre Enjambrero, y matarlo de una eficaz estocada, y siendo herido por su segundo, de nombre Capitán, con heridas de poca consideración en una rodilla, que desde entonces le ocasionó una leve cojera, y en el pecho. Desde entonces continuó toreando novilladas con picadores en plazas de distinta categoría, sufriendo algunas cogidas de diversa consideración (Cartagena y Carabanchel, 1915; Barcelona, Madrid y Cartagena, 1916; Cartagena y Madrid, 1918; Valencia, 1922), siendo el año de 1922 su mejor temporada como novillero. Un anuncio en la revista La Lidia lo calificaba como “Un novillero que vale. Un gran artista, un formidable estoqueador, un hombre de corazón y un torero valiente; eso es el pundonoroso murciano”.

Así pues, sus éxitos le llevaron finalmente a tomar la alternativa en el coso del viejo anfiteatro romano de Cartagena el 22 de abril de 1923, de manos de Nicanor Villalta, quien le cedió la muerte del toro Guitarrero, de Pablo Romero y con Fausto Barajas como testigo. Ese mismo día se estrenaba en su ciudad un pasodoble en su honor, obra del músico aragonés Jerónimo Oliver Arbiol, a la sazón director de la Banda de Música de Infantería de Marina. El 17 de junio del mismo año, día del Corpus, comparecía ante la afición de la Villa y Corte para confirmar su doctorado, esta vez de manos de Paco Madrid, quien, en presencia de Julián Sainz “Saleri II” le cedió la lidia y muerte del toro Renegao, de la vacada de Bañuelos, lidiándose aquella tarde también reses de Miura y García Resina.

Su trayectoria como matador de toros estuvo plagada de altibajos, con algunos percances (Murcia, 1923, o Plasencia, 1925) llegando a cruzar el charco para torear en Lima y Caracas en 1924 y 1925 y terminando por prodigarse sólo en su ciudad natal o en plazas más o menos cercanas como Lorca, Murcia y Alicante, salvo excepciones como Carabanchel, Barcelona o la propia Madrid.

Precisamente sería en esta última ciudad, en su antigua plaza, donde le sobrevendría al valiente diestro la muerte, un 3 de julio de 1927. Alternaban en el cartel la aciaga tarde el propio Gavira junto con Gallito de Zafra y El Andaluz, que tomaba la alternativa, lidiándose toros de Hijos de D. Tomás Pérez de la Concha. Fue el tercer toro de la tarde, Saltador de nombre, negro zaíno, número 47, astifino y alto de agujas, el que segó la vida del matador cartagenero. El animal demostró mansedumbre en los capotes y según algunas crónicas no llegó a ser puesto a los caballos, recibiendo banderillas de fogueo en seis palos puestos en cuatro veces que entraron los de banderilleros de turno. Antes de la faena de muleta, saltó un espontáneo que fue detenido, recibiendo posteriormente Gavira los avíos de matar que había cedido en el primero a su ahijado de alternativa –como puede verse el orden no es similar a la actualidad–, y brindando el diestro la muerte del animal a D. José Semprún, hijo del alcalde de Madrid, y a don José Casado “don Pepe”, periodista, tras haber cumplimentado con la Presidencia. Fue entonces cuando según algunas referencias se produjo un hecho tomado como supersticioso por su compañero de terna, Manuel Álvarez “El Andaluz”, y es que éste solicitó a su mozo de espadas un vaso de agua en este preciso instante y el botijo se rompió, ante lo cual “El Andaluz” pareció presentir la tragedia: “¡Qué mala suerte da esto!”. No tardaría mucho en llegar. Según las crónicas, el astado estaba aún muy entero, encerrado en tablas y aquerenciado cuando Gavira se quedó con él, muleteándolo sin demasiada confianza e igualándolo pronto para entrar a matar sin cruzar la mano izquierda, dejándose ver, por lo que el toro lo cogió de lleno bajo el vientre y lo lanzó a los lomos. Una vez en el suelo, trató de volver a cornearlo de nuevo por dos veces pero no pudo hacer presa. Le dio tiempo a levantarse al diestro tras acudir al quite sus compañeros, llevándose las manos al vientre y a la ingle y sentenciando: “¡me ha matao!”. Y no se equivocaba, pues la cornada era muy grave y, pese a que fue rápidamente llevado camino de la enfermería por las asistencias, expiró al entrar por la puerta del tendido 3, ingresando ya cadáver y cayendo el toro al mismo tiempo rodado de la estocada que el espada le había propinado, cumpliéndose el refrán “estocada por cornada… ni el toro ni yo nos debemos nada”.

El parte facultativo, firmado por el doctor Segovia, rezaba como sigue: “Durante la lidia del tercer toro ha ingresado en esta enfermería, ya cadáver, el diestro Enrique Cano `Gavira´, que presenta una herida por asta de toro en la fosa ilíaca izquierda, habiéndose producido el fallecimiento por shock traumático”. Se trataba de la misma causa por la que muriera el célebre Joselito en Talavera de la Reina siete años antes.

En la plaza cundió pronto una impresión de desencanto y desdicha y la gente, ante el rumor de que el diestro estaba ya fallecido, no consintió en que tocara la música en los siguientes toros y el festejo acabó por suspenderse a la lidia del quinto toro, cuando a la autoridad le constó la muerte como oficial.

La capilla ardiente quedó instalada en la capilla de la propia plaza, envuelto el cuerpo del torero en una sábana dentro de una caja de terciopelo negro con aplicaciones metálicas, y siendo velado y recibiendo el cariño de infinidad de personajes ilustres, toreros y aficionados. El diestro dejaba viuda a una mujer con la que no estaba legalmente casado pero con la que convivía en Madrid. Vivían muy felices pese a haber perdido dos hijos muy pequeños, ya que ella se encontraba de nuevo en estado de gestación.

Muy querido en su ciudad natal, el pueblo de Cartagena no tardó en reclamar su cadáver, particularmente representado por los señores don Eduardo Vilar, don Juan Sánchez y don Diego Morales, presidente, tesorero y secretario, respectivamente, del Club Gavira de dicha ciudad, que se presentaron en la plaza acompañados de don Enrique Pagán, cuñado del finado, conferenciando con los empresarios don José Espelius y don Luis Fenoll sobre el traslado del cadáver a la ciudad portuaria, pese a haberse ofrecido estos últimos a costear los gastos del entierro si el cadáver no salía de la capital. Sin embargo, la directiva del Club se hizo cargo de los gastos y se trasladó el cadáver al depósito judicial, donde se le realizó la autopsia, siendo luego embalsamado y formándose al día siguiente la comitiva para el traslado a Cartagena. Iba acompañado el cortejo por más de cuarenta coronas, entre ellas las de las empresas de Madrid y Barcelona, Galito de Zafra, Barrera, Lalanda, Paradas, Cagancho, Gitanillo de Triana, Pagés, Belmonte… y escoltada por una pareja de Guardia a caballo que se dirigió a la estación de Atocha tras haber oficiado un responso, desde donde los restos del infortunado diestro fueron trasladados a Cartagena, donde recibió sepultura.

La tarde de su muerte, el desgraciado espada cartagenero había cobrado como honorarios por su actuación 3.500 pesetas, de las cuales, deducidos los gastos de la cuadrilla, le hubieran quedado unas 1.750. No pudo disfrutarlas al interponerse Saltador en su camino, pero éste le abrió en cambio, no cabe duda, la Puerta Grande que se ganaron con sangre todas las víctimas sacrificiales del milenario rito del toreo. Una escultura en bronce donada por Manuel Juárez, presidente del Club Taurino de Cartagena, preside hoy la plaza Ortega Cano de su Cartagena natal, junto al Centro Cultural Ramón Alonso Luzzy. Descanse en paz Gavira, como todos los fallecidos bajo las astas del toro.

Por Diego Antonio Reinaldos

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