TOREO Y MONTAJES

marcial opinionEl que a estas alturas el escribidor reincida en lo pestilente del panorama “taurino” (y lo entrecomillo adrede), me parece algo como dar coces al aguijón. Y me explico:

-En la mitad de los sesenta un torero de Herrera, pero criado en Palma del Río, comenzó a sonar con fuerza en los espacios taurinos, de tal forma que 67 y 68 su nombre se vio en la cartelera de casi todas las plazas y ferias importantes, incluida Francia. Se llamó en los carteles “Pedrín Benjumea”. En esos momentos Puerta y, sobre todo, “El Cordobés” eran los diestros más populares. Por eso, hasta el toreo serio, el de siempre, se vio afectado por la heterodoxia de aquellos ídolos populares, haciendo que lo “espectacular” ganara la partida a lo auténtico. Benjumea, en lo que yo recuerdo de nodos y gacetillas, siempre llamó la atención del buen aficionado, no solo por su valor acrisolado, sino por la elegancia de su toreo vertical, puro y eterno. Pero no eran buenos tiempos para su clasicismo, y también debió claudicar con gestos que le eran ajenos. Por eso su carrera se vio frustrada, terminando trágicamente. Y el remedo de lidia populachera, rendida a todos los efectismos posibles reinó a sus anchas, llenando los bolsillos de los “taurinos” del montaje bastardo.

-Por medio de mi amigo Pedro Valero, conocí a un novillero que llevaba –lleva- el mismo apellido –Benjumea- y de nombre, Javier. Me dijo mi amigo y compañero de aficiones que, cuando lo viera torear, me iba a “cazar”. Así fue. Desde un primer momento me cautivó su sentido estético, su toreo al natural y su valor profundo y sereno. También tuve la suerte de tratarlo en lo personal, quedando gratamente satisfecho, de comprobar de nuevo que un buen torero puede y suele ser una gran persona. Lo acompañé en algunos de sus contados paseíllos, porque era el tiempo de oro de los montajes de los “ladrilleros”, el tiempo en que los del compadreo inmobiliario no se sentían realizados si, a su colección de preseas, no añadían un remedo de ganadería o un figurantillo de tres al cuarto que se sentía “Joselito” redivivo porque había realizado dos chuflas de mojiganga en la “monumental” de El Grillar de Abajo o de Matalascabrillas del Duque. Como es lógico (ilógico), las actuaciones de Javier fueron contadas. Pero tuvo el pundonor de resistir. Ni pudieron con él ni con su afición desmedida. Su finquita de naranjos y su familia son testigos de su irrenunciable vocación torera.

-Este inmediato 22-abr, aprovechando el revuelo de los asuntos de a-de-ene del señor Benítez y sus retoños, se organizó un festejo al que –por fidelidad al amigo fuerte-, venciendo mi asco a todos estos asuntos de la casquería de los sentimientos, decidí acompañar a Marisol, Marina y Pedro, en ese intento ilusionante de ver a nuestro amigo y extraordinario torero. Lógicamente el “espectáculo” fue completo: todos los fotógrafos de la cloaca sensacionalista, las antitaurinas con sus traíllas de chuchos macilentos y sus letanías inquisitoriales, el público festero, curioso y chafardero… y algunos buenos aficionados.

            Mereció la pena el viaje, el abrazo del reencuentro, la amabilidad y señorío de Concha, su madre, que después de tantos años recordaba mi nombre y mi cariño por su hijo, y las ilusiones por esas series de inmarcesible belleza y ese triunfo que, por desgracia, no le rentará en contratos lo justamente ganado.

            Sólo dos penas: el fantasma de la espada, que volvió a planear en el segundo, y la noticia de la cornada de Curro, otra de mis debilidades.

            ¡Que Dios guarde y premie a los buenos toreros!

Marcial García

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