SERLO Y PARECERLO

marcial-opinion1Todos conocemos el viejo adagio que habla de la honestidad de la mujer de César y que remata diciendo, que además de serlo, tiene que parecerlo.

            Viene a cuento el recordar esta conseja por lo que presenció este escribidor en “La Chata”, de Albacete, la tarde del pasado sábado, 20 de mayo, durante la celebración del festival anunciado esa tarde.

            Uno, que se mueve en estos predios a impulsos de sus devociones, se allegó al citado coso con esperanza contenida, pero con ilusión expectante. Y todo ello porque en esa tarde se vestía de corto una de sus debilidades taurómacas: Filiberto.

            El motivo de esas emociones encontradas, radica en la singularísima personalidad del coletudo, que me raptó desde sus inicios, y en su inseguridad en el manejo de los aceros, que, ocasionada por una lesión no tratada correctamente, ha terminado por condicionarle anímicamente, privándole de grandes y merecidos éxitos.

            El ejercicio de la tauromaquia puede entenderse como oficio o como sacerdocio. Dentro del primer caso, cada uno en su estilo, cada tarde que se encartela, sale a cumplir con su compromiso. Compromiso que suele ser buscar a cualquier precio el que se fijen o se hable de ellos, para optar a los cada vez más difíciles contratos, mediante el corte de trofeos que le aúpen en el escalafón. Acuciados por esa prioridad, las formas y el modo importan poco. Y, claro, mucho menos, las motivaciones filosóficas y las componentes estéticas. El triunfo numérico es lo que importa.

            Por el contrario, la tauromaquia entendida como liturgia, y el oficiante como sacerdocio, exigen otros cimientos más sólidos.

            El primero es el propio concepto de tauromaquia y liturgia: juego de vida y muerte, opción de gloria y fracaso. Esto se tiene que tener interiorizado, asumido y afirmado. De no ser así, se anda sobre arenas movedizas.

            El segundo, debe ser la manera de concebir esa liturgia: como arte o como lucha. Para el primer caso están los toreros de arte, para el segundo, los gladiadores.

            Por el contrario, si se tiene claro que la tauromaquia exige sentimiento y su desarrollo arte, uno se debate en dos caminos diferentes, en dos maneras de expresión ya clásicas: lo apolíneo y lo dionisiaco. Apolo es el dios de la luz, la belleza, el equilibrio y la profundidad. Dionisos, por contra, representa la exaltación, lo orgiástico, la improvisación, la posesión y el arrebato. Ambos términos son irreconciliablemente opuestos.

            A este escribidor le llamó la atención el alto y espiritual concepto que del toreo tenía y tiene Filiberto, desde sus principios. Esa certeza se ha ido reforzando conforme el torero ha ido madurando y retocando su manera de hacer, su interiorización apasionada y su dedicación monacal y entregada.

            Por eso, la tarde del día citado, desde el paseíllo, concebido como un introito, serio, elegante y ensimismado con unción, empezó a sentir las emociones arriba señaladas. Cada gesto, hasta los más nimios y rutinarios, los iba realizando con unción casi religiosa, desde el saludo al cambio de telas. Todo medido y meditado. Todo serenidad y elegancia. Esos momentos que pasan inadvertidos, cuando, con toro ajeno, está en el ruedo, como una esfinge, estática y vigilante. Y de nuevo la elegancia vertical y la mesura en los gestos.

            No voy a describir la faena ni a contabilizar las series, capotazos o muletazos. Sí quiero dejar palmariamente diáfano que, sobre la arena, se vio torería de la cara, elegancia no afectada y sentimiento cuasi religioso, hondura telúrica y demás aromas que trasmina su figura, eurítmicamente elegante.

            Por esas y otras cosas, que reservo en mi intimidad, mi devoción se reafirma día a día y mi esperanza se afianza en esa hermosa realidad.

            Pero -siempre tiene que haber un pero-… Pero, reitero, quedaba la incertidumbre del talón de Aquiles. Y el acero marró en el primer intento. Cuando, por segunda vez, encorajinado, marcó la suerte, uno vio que la técnica progresa adecuadamente y que, como el escribidor presentía, estaba más el defecto en la inseguridad y el fantasma interior, que en la realidad. Y recordó unos versos de Kavafis, que el torero también conoce.

            Espero que siga los consejos del poeta alejandrino, porque, como la mujer de César, Filiberto, además de ser un torero de excepción, lo manifiesta en cada uno de sus gestos. Y así, el camino que sigue ilusionado tiene una meta segura.

Por Marcial García

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