SANGRE ACUSADORA

marcial-opinion1¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!

(Mat. XVII, 25)

            No es el tiempo de clamar venganza ni de, farisaicamente, rasgarse las vestiduras y, engolando la voz, lanzar al cielo clamores hipócritas. Tampoco se trata que me haya poseído el espíritu profético del dios del Sinaí. Ni siquiera el que, a estas alturas de mi vida, me haya travestido de augur palatino, al servicio de cualquier tiranuelo de tres al cuarto, ya more en el Capitolino, o en cualquier pestilente divertículo de las cloacas de  este infame mundo. No se trata de eso. Simplemente se trata de que uno aún se inclina a la misericordia y se revela ante la injusticia. Tampoco quiero abusar de las citas bíblicas, para mostrar erudición, porque si así fuere, traería a colación la cita del visionario de Patmos clamando por la sangre vengadora.

            Uno, que ya lleva bastantes décadas calentando tendidos, desde los anfiteatros romanos hasta las humildes talanqueras, tiene memoria. Y por eso, le duele mucho la actitud canallesca de algunos energúmenos que, seguramente, para esconder su personal fracaso, se dedican, como talibanes que son, a destruir palacios sumerios, budas de Bamiyan o columnatas de Palmira. Los emasculados para lo sublime, suelen ser castradores compulsivos. Sin saber pintura, quieren dirigir el pincel de Velázquez; sin haber cogido un cincel, marcan el camino a la maza de Michelangelo; sin diferenciar una nota del pentagrama, marcan la pauta de Boccherini. ¡Ya está bien!

            España está necesitando muchas revoluciones que acaben con tantas maldades que nos acogotan. La España taurina necesita dejar en su lugar, replicando a sus exabruptos, a esos ignorantes y amargados que quieren impartir cátedra. Ya está bien de someterse a los dictámenes de esos maleducados, que, sin haber entendido (de leer ni hablo) ni la Tauromaquia de Josef Delgado, alias “Hillo”, se erigen en reventadores de corridas, simplemente porque no caben en sus andorgas lo que se está oficiando en el ruedo.

            Recuerdo la última corrida de José Cubero, “Yiyo”, en Madrid. Ese mismo Madrid que lo había encumbrado por haber salido de dónde había salido, por haber subido donde había llegado, a base de trasminar perfume torero, aquella tarde, cuando se dirigía al ocho, a cambiar ayuda por estoque, mientras los reventadores se imponían a los aplausos, rioja y azabache, transfiguraba el rostro en rictus de incredulidad y abandono. Sin ningún soplo profético, simplemente vindicando justicia, les dije a los más próximos a mí, que Madrid se arrepentiría –tarde, como siempre- de aquellos silbidos infamantes y aquel silencio cómplice. Luego, a los pocos días, ocurrió lo de Colmenar.

            Bastantes años después, ese mismo Madrid, dinamitador de mitos, cambió la veleta de sus agrados y dio la espalda a aquel torero que tanto habían aupado y ponderado. A aquel que habían sacado del ostracismo para convertirlo en paradigama de la verdad. Cambiaron el rumbo, y empezaron a aplicarle su especial “pie de rey” para la geometría de los cites, y las pautas para la ligazón de sus arpegios… y volvieron a pitar a su anterior ídolo, al hijo de gallegos trasplantado a tierras vascas y aposentado en tierras alcarreñas. Algunos amenazaban, prepotentes desde su ignorancia, con arrojarlo a pedradas del pináculo del templo. Pedían la crucifixión infamante, del que poco antes habían aclamado, entre hosannas,  como el nuevo mesías de los ruedos…

            Y, malhadadamente, ha llegado la desgracia de Aire-sur-l’Adour, con su sangre acusadora. Algunos maldecirán de su inquina persecutoria, pero pocos. Otros, su zafiedad les impedirá reconocer que, en cierto modo, sus silbos malintencionados han dirigido el pitón del pupilo de Baltasar Iban, para que brotaran los claveles de carmín que dibujaron un desgarro acusador sobre las arenas de una tierra, que sí tiene personalidad y sensibilidad para captar el sublime hilo que une la vida y la muerte.

            No ha sido Fandiño de mis debilidades taurómacas. He admirado su determinación y su lucha y he aprendido, también tarde, su apuesta por vivir el camino hacia la gloria, su difícil distinción entre la altivez y la humildad del torero que es consciente que cada tarde, para ganar la gloria, ha de apostar su vida en el tapete, gris o dorado del ruedo, que no verde… y que, a veces… ¡se pierde!

            ¡Gloria a los que defienden sus sueños con su vida! ¡Oprobio para los que mancillan, por despecho, la sangre ajena!

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Marcial García

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