RITO SACRO

marcial opinionAl calor de la sangre derramada, toda una serie de disparates, oportunismos y falacias están viendo la luz, con el beneplácito de muchos, la pasividad de otros tantos, la candidez de algunos y la supina ignorancia de otros. Quién a estas alturas no sepa que la tauromaquia es un rito sacro y sacrificial, que se adhiera a otras aficiones, como por ejemplo la canasta, el pádel o el chinchón. Por tanto si es un sacrificio sacro, hay sangre, porque la cólera de los dioses solo se aplaca con la sangre: la de los inocentes o la de los valientes.

            Me llama mucho la atención que algunos, que se llaman amantes de la tauromaquia, gimoteen por la última sangre derramada del sacerdote-víctima. Dolor: todo el que quepa en el corazón, el hígado o el alma. Lamento: ninguno. Esta sacra condición no es para timoratos, ni para mediocres, ni para medrosos, ni para plañideras. Quien quiera una parodia de la liturgia que vaya al teatro. Allí se muere a troche y moche, pero la sangre es salsa americana y la muerte es mentira. Al sube y baja del telón, el actor (que significa “el que actúa”) se levanta y hace el paripé al espectador. Y, aúpa, todos a casita y mañana será otro día.

            Esto es otra cosa. Aquí la muerte es eterna. No se va uno a casa tras ser atravesado por el estoque o por el pitón. De aquí, si uno lo ha hecho con honor, se va a la gloria. La gloria del honor, que hoy ni se entiende, porque esa palabra ha sido borrada de los valores eternos. Aquí, gloria no. Solo vanagloria. La gloria de los fatuos. Y el torero-sacerdote lo tiene muy asumido.

            Pero, claro ¿qué se puede esperar de una sociedad donde se hace una tragedia porque el cachorrito se ha lastimado una patita, mientras se llena la andorga con placer viendo en los noticiarios como llegan pateras con cadáveres en putrefacción?

            En la patria de los héroes y los dioses humanizados, en la Hélade inmortal, Areté y Timí, trasladados a Roma como Virtvs y Honor, eran las divinas representaciones de estos supremos valores. Y además de entes para adorar, era algo que se practicaba. Y a los que las llevaban hasta el extremo sacrificial, se les rendía el supremo y universal homenaje. Se comenta que Jerjes, planificando la conquista de la Hélade, defendía el valor de los griegos, que era puesto en duda por sus sátrapas. Jerjes, aparentando ignorancia, dijo que eran capaces de sacrificios nunca vistos, como hacían los participantes en los juegos. Los sátrapas respondieron que lo hacían por un premio, a lo que Jerjes, aparentando ingenuidad, preguntó qué premio era aquel. Al decir que una corona de laurel, se hizo un silencio incómodo. Jerjes dijo que un pueblo que lucha hasta la extenuación por una corona de laurel el un enemigo terrible al que hay que valorar antes de enfrentarse a él.

            Sé que suelo resultar cansado. Sé que algunos están de mí hasta las tragaderas. Pero esto es así. Quienes hayan creído que era otra cosa, aún están a tiempo de dar marcha atrás. Los que quieran ver espectáculo mentiroso y amañado, que vayan al teatro; los que quieran ver sangre innecesaria, que vayan al anfiteatro romano; los que quieran ballet, tienen la oportunidad de acercarse a una buena sala o al mismo Versalles. Aquí hay una liturgia de vida y muerte, una catarsis antigua y sagrada. Vida y muerte. Sangre y gloria. La víctima predestinada, el toro, símbolo de vigor y fuerza, íntegro y puro. El sumo sacerdote, purificado por el arte y la verdad, hermoso como un héroe, vestido de oro, pero consciente de que puede mezclar su sangre con la del toro, que puede ser víctima en lugar de victimario. Y a lo sagrado no se interroga ni se profana, porque es sacrilegio. Y los sacrílegos solo tienen un destino, el fuego eterno del olvido y el desprecio. Y el torero-sacerdote lo tiene o debe tenerlo muy claro.

            Rito sacro. Sangre sagrada, porque el que la ofrece es consciente. ¡Honor a los que saben morir por el sueño sagrado de la gloria inmarcesible! Amén.

Por Marcial García