PALOMO LINARES

valdés opinionEl nombre del pueblo jienense de Linares forma parte definitivamente de la mitología taurina desde que allí, en agosto de 1947, Manolete entregó su sangre a la gloria. Pero nadie podía imaginar entonces que, como si fuese un intento de paliar esa enorme pérdida y para compensar a la Fiesta, Linares ya había alumbrado a un niño ese mismo año que al cabo del tiempo se iba a convertir en otra figura legendaria de la tauromaquia. El pequeño Sebastián Palomo, hijo de un humilde minero, con solo cuatro meses de edad debió de pasar aquella fatídica tarde confortado por el pecho materno, ajeno a la importante página que la plaza de su pueblo estaba escribiendo en el libro del toreo.

 También él, a lo largo de su vida torera, fue importante protagonista de ese libro sagrado, siendo uno de los episodios más brillantes la faena de Madrid al toro de Atanasio premiada con el histórico rabo (mejor dicho, una tarde de cuatro orejas y un rabo). Pero de estas cosas ya les hablarán otros.

 En los archivos queda también su enfrentamiento con Paco Camino en el programa “Directísimo” en 1975, ante la mirada sorprendida de José María Iñigo. Cómo sería que hasta tuvo que entrar en el estudio la Guardia Civil (que entonces custodiaba RTVE) para evitar que llegasen a las manos, cuadrillas incluidas. El paso del tiempo ha dejado este hecho en una anécdota, pero refleja su carácter competitivo dentro y fuera de la plaza. Y su tremendo orgullo torero. En su pugna con su amigo Manuel Benítez “El Cordobés”, cuando éste solicitaba el sobrero para tratar de enmendar una mala tarde, ese mismo orgullo torero le llevó en muchas ocasiones a Palomo Linares a pedir el segundo sobrero, aunque él ya hubiera cortado tres o cuatro orejas.

 Porque Sebastián, además de palomo, siempre fue un gallo de pelea. Mantuvo constante ese valor y esa ambición que le hicieron recorrerse a pie los campos de España en busca de tentaderos o dormir ocho días en los soportales de la Plaza Mayor de Madrid hasta obtener la oportunidad de darse a conocer en la plaza de toros de Vistalegre, en una especie de “Operación Triunfo” de la España franquista del hambre y la postguerra.

 Entre los valiosos tesoros que se guardan en nuestro Real Club Taurino de Murcia, se encuentra desde el año pasado su primer traje de luces bordado en oro y que fue también el que empleó para despedirse de Las Ventas. Es uno de los dos únicos que se hizo, ya al final de su carrera, pues es bien sabido que el maestro siempre toreaba de plata.

 Precisamente tuvimos ocasión de disfrutar de su compañía el reciente septiembre, cuando vino a la cena de triunfadores organizada por nuestro club y donde recogió la Medalla de Oro del mismo, derrochando simpatía y amabilidad.

 Sebastián Palomo Linares nos ha dejado en estos días en los que nuestro Puente de los Peligros aún huele a pólvora y en nuestra ciudad todavía resuenan los ecos del Entierro de la Sardina, del que el maestro fue Gran Pez, creo que en el desfile del año 1971. En nuestro álbum familiar conservamos  la foto en la carroza del desaparecido Centro Chino en la que aparece junto a mi padre. Esta foto es ahora una humilde reliquia de un gran torero que ya ha entrado en la Historia de la Tauromaquia.

Sin título-1

José Luis Valdés

A %d blogueros les gusta esto: