LAS CARAS DE BELMEZ

marcial opinionNo se asusten. No voy a contarles ninguna de parapsicología, ni de ningún fenómeno de caras aparecidas, entre otras cosas, porque el Belmez del que les hablo no es Bélmez de la Moraleda (Jaén), donde, años ha, se manifestaba un extraño fenómeno de esta índole. El Belmez de que les hablo, palabra aguda, está situado en Córdoba, concretamente en la comarca del Valle del Guadiato, y el acontecimiento que quiero referirles no es parapsicológico, sino taurino.

            Esta localidad de antigua tradición minera -hoy casi desaparecida- celebra una feria en honor de la Virgen de los Remedios y, como no podía ser de otro modo, una de sus actividades principales es una corrida de toros, a celebrar en un amplio y cómodo coso, inaugurado en 1914 por “Frasqui” y “Manolete” padre.

            Por razones de afecto, sabía que este año se lidiarían seis “victorinos”, en un mano a mano Paco UreñaPepe Moral. Ante el panorama de que no encuentro acompañantes adecuados para el evento, me decido y emprendo en solitario el viaje de peregrinación, aparcando en la misma puerta del coso, que me sorprende por su cuidado estado y monumentalidad. Pero dejemos los aspectos turísticos y gacetilleros.

            Los que me conocen saben que mi afición no se basa en ese adagio de que el mejor aficionado es el que más toros y toreros le caben en la cabeza. Servidor, que tiene un espléndido cubicaje de capacidad craneana, no los emplea en labores recopilatorias de Cossío, erudito a la viroleta, sino en la de guardar vivencias y sentimientos, viendo toros simplemente por motivaciones pasionales y de fidelidad. Ambos sentimientos, en distinta proporción, despiertan en mí el ganado anunciado y el primero de los espadas, sin menospreciar al segundo.

            Variado en presencia y peso, pero uniforme en casta y bravura, los pupilos de la A coronada, han dado todo un catálogo de lo que es un toro bravo. Imagino que le habrá llegado a la casa el eco y se sientan compensados en sus esfuerzos por conservar las señas de identidad de los Albaserrada. Pero de eso ya se habrán ocupado por extenso los gacetilleros. Yo quiero comentar mis impresiones y sentimientos de los toreros.

            Pepe Moral, recio y gladiador, no me ha digustado. Estaba en su tierra, Andalucía, y no ha defraudado a sus paisanos. Poderoso y mandón, abusando en momentos de lances efectistas, de llegada fácil al graderío y manejando bien los trastos. No es este mi toreo al gusto, pero lo entiendo y respeto cuando también se demuestra predisposición y verdad en momentos del citar y lancear. Cara de satisfacción, felicidad y un punto de altanería. Ese era su semblante en las vueltas al ruedo y en la triunfal salida de puerta grande.

            Paco Ureña, santo antiguo de mi devoción, por honrado, perseverante, valiente, leal y artista, ha hecho un manifiesto de todas estas virtudes, que deben ser el continente del esportón del alma del que es y se siente torero. Con unción religiosa, recogimiento y humildad los ha esparcido a raudales por el negro y minero suelo del coso belmezano. Ureña no mira categoría de plazas ni número de espectadores. Para él la sagrada liturgia taurómaca ha de ser realizada con seriedad, devoción y entrega. Enfundado en sus paramentos litúrgicos de malva y oro, ha desarrollado cada uno de los pasos del sagrado oficio con emoción, fe y entrega. Observando y acompañando a la víctima propiciatoria, que, en cualquier momento puede pasar a sacerdote sacrificador, con verdad, medida y devoción. Midiendo el tiempo, el espacio y la casta. Sin humillar al astado, dándole reverencialmente el honor necesario. Arte, entrega, valor, perseverancia y honradez. Todo administrado al ritmo que exige esta liturgia, sin alarde triunfalista, con emoción y respeto, la sagrada unción que trasmina el sacerdote auténtico cuando está ante la verdad sublime de la vida y la muerte.

            Todo un muestrario de estados anímicos, su rostro, espejo de alma generosa, nos ha ido reflejando cada paso de esta letanía sagrada de respeto y entrega. Algún defecto en el estoque, más por entrega que por deficiencia. Y su cara reflejando la satisfacción por lo bien hecho, el sudor de la entrega y el combate y la sonrisa humilde del que no quiere humillar con su grandeza.

            Me siento tremendamente pleno de seguir a un torero así. De ser su amigo y de haber realizado este largo viaje de peregrino. Sigue adelante, torero, el camino es estrecho y difícil, pero no tiene más que una salida: la gloria de los grandes.

Por Marcial García