La otra ventanilla

fran perez opinionSon las 9 de la mañana de un día cualquiera. A esa hora, algunos panaderos ya duermen después de una noche intensa de trabajo. Pepe, ya está dos horas subido en el andamio, a bastantes metros de altura, mientras que Ramón no para de hacer masa un poco más abajo. Marcial, abre el libro por la página 34, y tiza en mano, se dispone a enseñar a sus jóvenes  alumnos eso del mínimo común múltiplo y el máximo común divisor. Son las 9 y cinco. Mientras que María ya despacha pan, Pepe y Ramón se ríen, porque a pesar del riesgo, no hay peligro que quite una sonrisa. Marcial, está satisfecho por dentro, porque a pesar del zoquete que no atiende a sus explicaciones, hace lo que siempre quiso hacer, enseñar.

Son las nueve y diez. Y a Carmen se le abre la boca en la ventanilla. Lleva diez minutos trabajando y quiere irse a la peluquería. El trabajo que le ha buscado su marido, con enchufe en el partido que gobierna, no le satisface. Cobra más que María y que Pepe, pero es más infeliz. Ha dado ya dos citas mal y piensa solo en ir a los toros con su marido esta tarde. La infelicidad se la trasmite a los cuarenta que aguardan cola para que les atienda. La mala leche se multiplica. Son las diez y media, y Carmen se va a fumarse el cigarrito. En su lugar deja a la becaria. Juani acaba de aprobar una oposición después de estar casi ocho años estudiando para poder conseguirlo. Su amabilidad es plena. Y aunque la cola sigue siendo larga, la gente está más tranquila. Resuelve bien. Y se emplea. A las 11 llega otra vez Carmen, que abre otra ventanilla. La sorpresa es que nadie se cambia para que le atienda. ¡Qué cosas!

Estas son sólo unas historias humanas que bien podían contarse también con la tauromaquia. Son las 7 de la tarde. Y en el portón de cuadrillas de alguna plaza de la piel de toro hacen el paseíllo Pelé, Melé y el Niño de la Bandera. Pelé ya no sabe cómo tocar las pelotas más al aficionado. Lo suyo es meter goles pero en otros terrenos. Su máximo logro en la fiesta es haber llevado el toreo al papel cuché. Se ha retirado tres veces y ya está anunciando la cuarta despedida. Melé, es de la tierra. Valiente pero venido a menos. La edad que no perdona. Su presencia en las plazas es un empeño personal porque no soporta que otros de la tierra destaquen y pone palos en las ruedas para hundirlos. Su tiempo ya pasó, pero se aferra a la envidia. ¡El mejor soy yo! Y recuerda su currículum como escudo para defender a la persona cuando sólo se puede defender al torero con ello y pobre del que lo diga porque como su propio nombre indica le hace la Melé. El Niño de la Bandera estuvo a punto de morir en la plaza, y más de una vez. Pero su merecido regreso y cariño de los públicos se está convirtiendo en un epílogo estomagante de su carrera, que lo está llevando a dar más de un esperpento y a dejar su imagen por los suelos.

Son las 7 y cinco de la tarde y por chiqueros sale un toro, que es novillo adelantado, con menos presencia que un eral de una sin caballos. El toro embiste de dulce, pero Pelé se lo quita de en medio pronto, porque esta noche toca gala y hay que llegar a tiempo para las fotos.

A las 7 y media, en el sofá de casa, varios toreros de reciente alternativa se rasgan las vestiduras mientras sueñan los muletazos que le hubieran robado a ese toro.

A las 8 llega una reseña de Francia. Tres novilleros han matado una tía de Raso del Portillo.

Melé pasa a la enfermería después de despachar con más pena que gloria al segundo. Le van a poner oxígeno porque su edad ya no está para estos esfuerzos.

El Niño de la Bandera ya ha pegado tres pechugazos.

Nada nuevo bajo el sol. Son las nueve de la noche y la gente sale de la plaza con la misma sensación de siempre. Como de haber visto la misma cantinela.

A las diez llama un empresario a uno de esos toreros que anda en el sofá para sustituir al día siguiente a Melé, pero el Niño de la bandera se niega y queda en mano a mano con Pelé.

¡Qué cosas!

Va siendo hora de que a los aficionados nos abran otra ventanilla. De que les dejen el paso a toreros con más actitud, vocación y forma. Para toreros que acepten retos y que no pierdan la felicidad por ello. Para maestros que nos enseñen lo que siempre han soñado hacer, torear. Porque en la cola, aunque seguiremos siendo los mismos, estaremos más contentos, habrá lugar para la sorpresa, y cada tarde será sumergirse en un nuevo capítulo de ese libro llamado tauromaquia, al que desgraciadamente, hoy es casi un milagro que alguien lo coja de la estantería.

Son las dos y media de la madrugada. Y es un placer escribir de toros para ustedes.

Fran Pérez @frantrapiotoros