Juan Ruiz Vargas “Lagartija”

diego reinaldos opinionVuelven mis lectores a encontrarse con una nueva entrega de Muletazos con historia, espero que en adelante con mayor asiduidad que a la que les tengo acostumbrados, o más bien desacostumbrados. Inicio con este texto una subsección en la que en algunas ocasiones hablaré de toreros murcianos del pasado, y obligado es comenzar por el que quizá haya sido el torero de mayor renombre de nuestro siglo XIX: Juan Ruiz Vargas, anunciado en los carteles con el sobrenombre de “Lagartija”, y que dejaría en evidencia el dicho de “tener más alternativas que Cascales”, pues puede considerarse que llegó a doctorarse hasta tres veces.

No ha de confundirse a “Lagartija”, como muchas veces sucede, con el famoso califa cordobés del toreo Rafael Molina “Lagartijo”, contemporáneo suyo y sin duda una de las figuras estelares de la segunda mitad de la centuria, en clara competencia con el granadino Salvador Sánchez “Frascuelo” y con Rafael Guerra “Guerrita”, que acabaría por cogerle el testigo; ni tampoco ha de confundirse con su homónimo Juan Ruiz “Lagartija II”, novillero segoviano fallecido en Murcia de una mortal cogida el 25 de junio de 1922.

lagartijjaHijo de Domingo Ruiz Saura y Florentina Vargas Castell, nació Juan Ruiz Vargas un 2 de enero de 1855 en el barrio de San Antolín de la capital del Segura, quedando pronto huérfano de padre y viéndose obligado a abandonar el colegio en el tercer curso para aprender el oficio de armero, en el que trabajó hasta 1871, cuando comenzó a realizar sus pinitos y correrías en el mundo del toro por influencia de un compañero de taller que le transmitió el gusanillo. Así, comenzó a recorrer los pueblos murcianos, y sería en la villa arrocera de Calasparra, tan taurina siempre, donde el que fuera novillero madrileño Vicente Ortega, deseoso de recuperar una cuadrilla de jóvenes aficionados –o también llamada cuadrilla de niños– como la que había dirigido con anterioridad, lo vio torear, le gustaron sus formas, valor e ideas y le propuso participar en la que proyectaba resucitar, otorgándole el apodo de “Lagartija”, al parecer por la velocidad con la que sorteaba las embestidas de las reses a las que se enfrentaba. El debut con dicha cuadrilla se produjo nada más y nada menos que en Madrid, el 28 de enero de 1872, a la edad de 17 años pese a figurar en los carteles con la de 14, y no pudo lucirse mucho porque una multitud de jóvenes se tiraron al ruedo a torear y dar muerte, como por otra parte solía ser habitual, y no hizo falta su intervención.

Tres años más andaría “Lagartija” con la cuadrilla, contándose por numerosas las actuaciones habidas por España y Portugal, hasta que en 1875 el grupo se disolvió y formó el diestro murciano la suya propia, para pasar a convertirse en novillero, comenzando su periplo en su propia ciudad, donde se anunció tratando de obtener con los beneficios del festejo el dinero necesario para costearse la exención del servicio miliar. En detrimento de los murcianos hay que decir que la asistencia fue escasa y el resultado no fue el esperado. Probablemente otra tarde del mismo año, aunque no está del todo claro, también en Murcia y a petición de sus paisanos, “Frascuelo” le cedió un toro, que mató bastante bien, lo que podría considerarse una primera alternativa, si bien comenzó entonces realmente en serio su andadura novilleril.

Exitosas resultaron las dos primeras temporadas como novillero, cuando llegó a figurar en la cabeza del escalafón, volviendo a Madrid en 1878, donde por amistad con el empresario logró que le repitieran otra tarde, sin llegar a conseguir consolidar su cartel. El 15 de septiembre de ese mismo año alternó en Valencia mano a mano con el cordobés Manuel Fuentes “Bocanegra” en un festejo de cuatro toros y, pese a que no hubo cesión de trastos, trató “Lagartija” de que se considerase esa tarde como la de su alternativa, y ya iban dos, pero al año siguiente siguió toreando novilladas hasta el 5 de octubre, cuando en la corrida celebrada en Madrid el más arriba mencionado Salvador Sánchez “Frascuelo” le cedió los trastos y la lidia del primer toro de Miura, Lindo de nombre y de capa negra, cosechando como resultado tanto en el astado de la ceremonia como en el otro que le correspondió en suerte grandes aplausos que la crítica tildó de inmerecidos porque sólo había demostrado valor. A la tercera fue la vencida, y hay hoy mayor unanimidad en aceptar esta corrida como la de su verdadero doctorado, que algunos aún consideran la de su confirmación.

Su carrera nunca llegó a alcanzar altas cotas, manteniéndose siempre en un tono medio sin llegar a sobresalir, ya que le tocó vivir en los tiempos de las dos grandes figuras antes mencionadas, así como del gaditano José Sánchez “Cara-Ancha” y de Fernando Gómez “El Gallo”, el patriarca de la gran dinastía sevillana. Con él mantendría precisamente Ruiz una agria polémica que acabaría por perjudicarle en torno a la mayor o menor antigüedad de sus alternativas, al pretender que únicamente fuesen válidas las tomadas en Madrid, –“El Gallo” la había tomado en la capital hispalense en abril del 76, y si se tomaban las fechas de las confirmaciones “Lagartija” iba un año por delante–. Debido a la polémica, siempre que torearon juntos, el nombre del murciano aparecía con una equis en los carteles.

No cuenta el diestro en su trayectoria por tanto con grandes fracasos, pero sí con graves cogidas, como la que le propinara en Madrid el toro Jocinero, de Salas, el 31 de agosto de 1879, al poner un par de banderillas al quiebro; o la que estuvo a punto de costarle la vida en San Sebastián una tarde en la que sustituyó a Mazzantini. Por el contrario, su éxito más destacado quizá fue la faena realizada en la misma plaza al toro Caracol, de don Ángel Nandín, el 28 de junio de 1885, merecedora de una ovación atronadora (recordemos que aún no estaba totalmente extendida la costumbre de premiar las actuaciones de los toreros con apéndices del animal).

Como hechos destacables o anecdóticos en su trayectoria pueden contarse varios. Entre ellos, destaca la participación en la inauguración de las plazas de toros de Murcia (1887), donde alternaría tres tardes seguidas con Rafael Molina “Lagartijo” y Luis Mazzantini en la lidia de toros de Murube, Miura y conde de la Patilla; Alicante (1888), con el propio “Lagartijo” y “Guerrita”; La Coruña (1885), junto con las dos máximas figuras del momento, el mismo “Lagartijo” y “Frascuelo”, y la séptima y última plaza con que contó La Habana (1885), acompañado por el madrileño José Martínez Galindo. También es importante su inclusión en el cartel de la corrida celebrada en París con motivo de la Exposición Universal de 1889, para la que se construyó una plaza de toros desmontable de hierro y madera diseñada por el arquitecto hellinero Justo Millán, a la sazón el mismo de La Condomina y de Sutullena, entre otros cosos, y de gran prestigio por entonces. A dicho festejo asistió la reina Isabel II de España, y en el cartel alternaba el murciano con su rival “El Gallo” y con Antonio Carmona “El Gordito”, teniendo que hacer frente “Lagartija” a una multa de cien francos tras la denuncia de una Sociedad Protectora de Animales –nada nuevo bajo el sol– por haber dado muerte a uno de sus astados a petición del público cuando estaba prohibido por legislación del país galo.

El escaso brillo de su carrera en España le hizo buscar fortuna en América, donde se produjeron otras dos anécdotas famosas en su periplo vital, cara y cruz de su carrera: una de ellas, la cara positiva, fue la concesión de la Gran Cruz de Beneficencia por parte del gobierno uruguayo al resolver el incidente de la escapatoria de un toro de Miura en la capital de aquel país, Montevideo, dando muerte al animal; mientras que la otra, la cruz, le sobrevino la tarde de su actuación con siete toros en la plaza El Paseo de México (16 de marzo de 1880), cuando se formó un gran escándalo al alcanzar a matar sólo uno, teniendo que ser el resto ensogados y rematados por los puntilleros.  

De salud quebradiza y poco cuidadoso, cada vez fue decayendo más y cada vez fueron menos pródigas sus actuaciones, siendo el percance sufrido en Valladolid el día de Santiago de 1896, cuando se hirió en la mano derecha con el propio estoque en una arrancada del tercer toro al intentar descabellarlo, el que acabaría por apartarle de los ruedos, al quedarse inútil para la lidia por no darle importancia a la herida inicialmente.

Habiendo llegado a compartir cartel y con una vida tan azarosa, paradójicamente sus últimos años transcurrieron prácticamente en la ruina, retirándose a su tierra, donde fallecería el 16 de diciembre de 1926 a la edad de 61 años. Antes, el mundo del toro, siempre solidario, había proyectado con mayor o menor éxito festejos a su beneficio en Madrid, Murcia y Lorca, pese a lo cual la miseria y la soledad fueron las dos compañeras en el fin de los días de tan poliédrico e interesante personaje.

Diego Antonio Reinaldos Miñarro

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