ESPANTANDO FANTASMAS

marcial opinionLos que tenéis la paciencia de leer mis colaboraciones en este portal ya sabéis de mi fijación por algunas cosas. Sin ir más allá, con la Hélade eterna, esa que nos enseñó qué es la virtud o la justicia o la sabiduría. Ésa que humanizó a los dioses, porque solo así se podría entender lo que sucede en la tierra y en el alma humana. Del caudal de fuego divino robado por Prometeo, surgió una de las lenguas más eufónicas y sutilmente certeras en sus vocablos. Uno, que, a veces quiere y no puede, le hubiese encantado manejar dicho idioma como el caudal de la fuente Castalia. Pero no ha podido ser. Pero de la mesa del banquete divino, algunas migajas he podido alcanzar. Con ellas, con su elegante euritmia, me deleito y pienso.

            Últimamente me preocupa mucho una: φάντασμα (léase “fándasma”). De ella, sin apenas deformación, procede nuestra polifacética “fantasma”. Polifacética, porque tiene muchas caras. Tantas que, a veces, puede marearnos. Tantas, como ojos de Argos puso Hera en la cola del pavo real. Pero a mí me rondan y desasosiegan las que tienen el significado de “aparición”, “espectro” o “visión”, ese poder destructivo que te hace dudar de ti mismo en el momento decisivo, conduciéndote a la desesperación y atonía.

            Y no me preocupan por mí, porque uno no tiene la autoestima demasiado alta y, sobre todo, porque uno está ya de vuelta del mundo y sus pompas, y mi regreso a Ítaca está ya próximo. Puedo vislumbrar sus rocosos acantilados, apenas entrecerrando los párpados al atardecer calinoso. Eso sí, vengo inmensamente rico, en experiencias y en sensaciones.

            Decía que no me preocupa por mí, y digo bien.

            Me preocupa por alguien que acaba de embarcarse rumbo a un sueño. Y que en su camino, a veces, hace su aparición ese fantasma. Fantasma, aparición, espectro o visión que le impide, con más frecuencia de la que es buena para su singladura, sellar con una estocada de ley el precioso y preciosista documento miniado de una especial concepción de su tauromaquia, esa que cada días es más rara. Más rara que el incienso de Punt o el ámbar hiperbóreo. Más rara y más preciosa. (Preciosa, de “precio”).

            Por eso, me gustaría disponer de la sangre sin mácula de un cordero negro, para ofrecerla en libación a Hades, señor de todos estos espectros engañosos, para que, con un golpe de su báculo de ébano, aparte para siempre ese dañino fantasma, dejando paso al dominio sereno de una mano que sabe cómo rubricar algo tan decisivo.

            Así pues, si lees esta confidencia al silencio, recuerda los versos que, prestados, un día te ofrecí para explicar qué significa Ítaca. Qué significan todas las ítacas:

“…

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

…”

            No lo olvides. Que tú vales.

Por Marcial García