El Hombre y la Tierra

fran perez opinionSi Don Félix Rodríguez de la Fuente, que en paz descanse, tuviera que hacer estos días un reportaje de esa serie genial de documentales de fauna ibérica a la que llamó “El Hombre y la Tierra” uno de los animales protagonistas sería el aficionado a los toros.

Es el aficionado un ser pasional, que vuela como el ave fénix cuando sus demandas taurinas se reflejan en una plaza de toros. Este animal se alimenta de casta y bravura del toro de lidia, y del arrojo y valor de un torero apoyado en su destreza y temple para llevar las embestidas del burel.

Pero ojo porque si no encuentra ese alimento, por el que ha pagado un dineral, por el que se ha pedido vacaciones para poder estar sentado un mes en la piedra caliente, por el que se atreve a ir todos los domingos del verano aunque caigan chuzos de punta; saca las garras. Y es lo más normal del mundo. Cuando uno ve peligrar su nido, tiene derecho a defenderlo. Tiene total legitimidad en decir que lo que se le pone en el ruedo no se corresponde con lo pagado ni con la categoría del escenario donde se sienta. Y está obligado, por naturaleza, a pitar, chillar y dar broncas cuando las cosas salen mal, y a aplaudir, dar olés, y emocionarse cuando la conjunción de un toro armado y encastado se une a la verdad toreadora de un hombre que un día eligió ser torero sabiendo lo que eso trae.

Pero lamentablemente, el aficionado, está siendo atacado indiscriminadamente por cazadores furtivos. Si ya no tenía bastante con la cantidad de veneno en forma de fraude que recibe y que lo ha mermado hasta llevarlo al peligro de extinción, ahora es presa de las artimañas militares del sector taurino que no acepta la crítica como elemento de mejora y forma la guerra para exterminar a los voces que son capaces de soltar a la opinión pública sus miserias.

Es el sector taurino el que ha soltado a los depredadores del aficionado. Son esos chulitos de medio día que se preparan la silla cual torero los días de figuras, y que con el blanqueador en los dientes y  el brochazo de maquillaje en la cara, se ponen el Armani para que en el callejón, con la entrada regalada del amigo torero, los fotógrafos les hagan el favor de retratarlos como taurinos cuando no saben ni el nombre de la ganadería que se lidia, o no se acuerdan ni de dar las buenas tardes. Y si el toro sale afeitado hasta las trancas, palmas. Y si el torero torea desde Cuenca, ovación. Y si el presidente niega una oreja a la figura, me acuerdo de su madre por twitter, pero si es uno que está pasando hambre o no ha pasado por caja, se hace el Fujitsu. El Silencio. Pero ojo, si el aficionado, con la libertad de un espectáculo en el que dos más dos no son cuatro, dice que respeta al torero “figura” pero que su ajuste y colocación no son lo que esperaban de él, se puede formar el dos de mayo.

Pero como la plaga no les ha sido del todo efectiva. Han contratado a los misiles de Kim Jong-un en forma de voces televisivas y plumas interesadas para derribar la casa de la afición, llamada Tendido 7, que sostiene la seriedad de la tauromaquia. Díganme ustedes, que sería de la primera plaza de toros del mundo, si este sector no exigiese rigor y verdad. Seguramente Madrid estaría unida a la facilidad del circo bananero de esas ferias de plazas que han acogido a la tauromaquia que quieren los interesados en hacer de la fiesta un negocio falso en lugar de un espectáculo de verdad.

Qué paradoja, que desde un canal de toros, que pagan religiosamente los aficionados, se esté dictando cátedra para crear depredadores y no lecciones para hacer afición. Da rabia, que algunos vean el enemigo en el que se deja los cuartos en esto y calle como señorita de bar de carretera cuando ve los pitones de los toros abiertos en flor, cuando los carteles de las figuras son coto cerrado e impiden el paso a toreros jóvenes, del poco compromiso de las figuras toreando siempre en el círculo de sus cinco ganaderías predilectas sin salirse de la zona de confort, de la subida del precio de las entradas en algunas plazas o de la desaparición de las novilladas con picadores, que son la raíz del futuro del espectáculo, amén de otras marrullerías que se cuentan por millones y que no hacen temer a los anti taurinos como principal mal de la fiesta.

A este ritmo, pronto veremos “El último aficionado”, emulando ese gran documental del Lince que hizo el inigualable Félix. Lo que no sabe el sector taurino, es que lo que ahora se quiere cargar, como el Lince en Doñana, tendrá que recuperar. 

6a00d8341bfb1653ef01a510e372b6970cFran Pérez @frantrapiotoros

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