EL HIJO DEL ESTANQUERO

marcial opinionTenía noticias de su mal estado, porque había saludado a su hijo hacía poco tiempo y porque su aparición en la catedral de Cuenca hablaba muy elocuente. Pero claro, nunca te haces a la idea de que el mundo sea igual cuando se nos va un grande.

            Es por eso que, una vez pasadas las necrológicas más o menos oficiales, más o menos laudatorias, más o menos sentidas o más o menos afortunadas, me he decidido a publicar la mía. Uno tiene el privilegio de disponer de una tribuna de prestigio para lanzar sus opiniones, EL MULETAZO y, claro, eso no debe desaprovecharse.

            Pero bueno, la mía no es ni una esquela de periódico, ni un obituario, solemne y protocolario, sino un sentimiento traído a flor de labio, con el cariño y el agradecimiento del aficionado y del afortunado que tuvo la suerte de conocerlo.

            Victorino Martín Andrés, hijo de Adolfo y Candelas, vivió sus primeros años en un tiempo difícil, con malos vientos sociales, que anunciaban tragedia cainita. Tragedia en la que perdió a su padre, asesinado en esa espiral de locura que es una guerra incivil.

            Pero Victorino tenía alma berroqueña, como la tierra que le vio nacer, y de las dificultades sacó fuerzas: estudió hasta que vio que aquello no era lo suyo, pasando al mundo de los negocios familiares. Y de allí, al toro. De moruchero, a  empresario de capeas populares. Allí calibró el papel de la tauromaquia como patrimonio del pueblo. Algo que abrazaría y sería su muletilla de por vida, una vida larga y fructífera.

            Pero, un buen día, la vida le puso a prueba. Un hierro legendario estaba a la venta. No lo pensó, con el dinero que no tenía, convenció a la familia y… Bueno, ya conocen la historia.

            Desde esos momentos, la cría de ganado bravo va a sentir un terremoto. El toro degenerado que estaba acaparando carteles, promovido por despachos y apoderados, va a tener un antagonista en el cárdeno resucitado de la A coronada. Victorino va a emprender una particular cruzada que él no quiere llamar torista. Como viejo filósofo que ha sido, elaboró una nueva sentencia:

“-Toro y torero se necesitan. Son los dos railes de un mismo tren que, para no descarrilar siempre han de ir a la par, sin cruzarse ni alejarse”.

            ¡A ver quién tiene lo que se carga sobre la pernera izquierda de la taleguilla para contradecirlo, ni tan siquiera glosarlo!

            Esa es la gran verdad inamovible que ha impulsado su trayectoria y que ha dejado como herencia a su hijo y a su nieta, dignos sucesores del SABIO de Galapagar.

            Aunque la biografía oficial de la página de la ganadería dice que lidió por primera vez a su nombre en 29-jun-67 en Castro Urdiales, fué en Calasparra, un 29-sep-66 cuando su nombre se colocó en un cartel. Este año en que estamos, en corrida mixta exitosa, se celebró el quincuagésimo aniversario, indulto incluido, del evento, mostrando que el camino emprendido, era el adecuado. Como el Cid Campeador, Victorino ha ganado una batalla después de muerto. Ha sido en Illescas y “Jarretero”, el astado que ha dado gloria póstuma a su criador.

            Tuve la gran suerte de conocer a este hombre interesante, con esos rasgos marmóreos de viejo senador de la república romana, risita de pícaro cervantino y diente dorado de rico chalán gitano. No puedo alardear de amistad íntima, ni lo pretendería, pero, las pocas veces que hablé con él sirvieron para reforzar sin fisuras mi admiración por su persona. He visitado la casa en varias ocasiones y puedo presumir de haberle entrevistado para la tv local de Calasparra, cuando ya sus facultades andaban un poco al pairo, como me advirtió su hijo. Puedo presumir de haber estado en una tienta a solas con él, mientras su hijo probaba en el ruedo los requisitos que las vacas han de tener en su casa. Buena parte de esta “hazaña” tuvo la culpa mi prima María, un bellezón que lo dejó encandilado y que utilicé para aguantar más de lo pactado, gozando de la presencia de este mito viviente de la ganadería de bravo.

            La muerte no es el final, pregona un himno marcial. Así le ocurre al hijo del estanquero. Victorino, hijo, y Pilar, la nieta, saben muy bien el camino que trazó a fuerza de intuición el patriarca.

            Esa es la esperanza de los que amamos el toro bravo.

            Largos años para la camada Brava. Larga vida para la familia que seguirá honrando este nombre mítico de nuestra fiesta.

            Como siempre se deseaba en los epitafios romanos, para ti, viejo senador de Celtiberia:

-¡SIT TIBI TERRA LEVIS!

¡Gloria a este puntal de la tauromaquia moderna! (¡Que la tierra te sea leve!)

Marcial García1