El evangelio de la vergüenza

fran perez opinionHemos visto unas fotos estos días que han dado para persignarse de asombro, de decir ¡Santo Dios hasta donde vamos a llegar!,  y que están dando la vuelta al orbe taurino como ejemplo de rubor taurómaco y de apocalipsis definitiva, si algunos taurinos, yo diría que anti taurinos, siguen funcionando así.

Y no hay rezo sin evangelio. El de la vergüenza según el silencio. O el de la salvación según la cantidad de arroz que me ponen en el plato y me hacen escribir cosas que ni yo me las creo. “Vivir para ver” que diría en aquel programa el gran comunicador Alfredo Amestoy.

En aquel tiempo, un sábado de gloria de un mes de abril del 17, en tierra fronteriza con Andalucía, y que mana valentía en azul y blanco, algunos jugaron en la delgada línea roja que divide la fiesta y la amabilidad con el desastre y la tomadura de pelo. Y lo que podía haber sido un gesto de honra, se convirtió en un atentado contra la tauromaquia en una tierra que necesita savia nueva regeneradora que resucite una plaza de toros que pide a gritos ser reconstruida.

Entiendo a los que quieren echar a los mercaderes del templo. Y es que por este camino la fiesta de los toros tiene los días contados.  Mercaderes que hasta le han querido poner denominación de origen a los pitones romos, gachos y en la cara de los animales que se lidiaron en Lorca. A lo mejor era porque se asemejaban al rico plátano de Canarias. En fin, ningún cocinero les compraría ese material, porque eso no se sirve en ninguna comida, que por muy benéfica que sea, el rastrojo se lo comen los mulos en el campo y no la gente que paga religiosamente con el dinero ganado con el sudor de su frente.

Le voy a dar la razón a mi querido Marcial. No hay esperanza. Todo es una burbuja de baba y palmas por bulerías y que algún día estallará llevándose por delante a los fariseos, ancianos, escribas y sumos sacerdotes. Y a la voz de mi admirado Fernán Gómez, todo se irá allí, a donde ya saben, para que de una vez por todas, la tauromaquia nazca limpia y sin intereses. Y el que quiera ser torero que lo sea de verdad y no anteponiendo el billete antes que la femoral. Y el que paga una entrada que vea un espectáculo digno equiparable a la forma de ganarse ese dinero y tener la valentía de utilizarlo en ir a los toros en lugar de otra cosa. Y el que torea que vaya con lo mínimos y no por un bocadillo de mortadela con aroma a aceituna. Y el ganadero que tenga su nivel y categoría y no la pierda por el montaje de la corruptela taurina y el mueco. Y que el cronista sea veraz y sus lectores tengan la sensación de que lo que escribe sale de él y no de ningún sobre, presión, comilona o amenaza. Y que a la autoridad no le duelan prendas en tener que suspender un festejo si no se cumple los términos básicos de la verdad.

¡Salio la palabra! Ya lo decía mi padre, que en paz descanse. “La verdad pica”. Añado que pincha, punza, clava, muerde, hiere, rejonea, alancea, corta, parte, desmenuza, tritura, trincha, incita, espolea, estimula, alienta, molesta, ofende, mosquea, irrita, estropea, pudre, avinagra, encrespa y agita. Se lo pueden aprender, como se aprendió Juncal lo del miedo, de la mano de su amigo periodista Raimundo Contreras y Tortosa. A las cosas hay que llamarlas por su nombre y a la verdad se le dice verdad. Y sólo se rebate mirándose al espejo y teniendo la sangre fría de reconocer el error e intentar mejorarlo sanamente para próximas ocasiones. Ponerse a hacerle frente, buscándole los hilos para hacerse el traje, sólo reconforta al mentiroso, aunque no se dé cuenta de que todos lo vemos desnudo.

Fran Pérez @frantrapiotoros