Hace apenas unos días coincidí con Rafaelillo en el precioso homenaje que se le rindió a Antonio González Barnés, nuestro director eterno, en la plaza que lleva su nombre. Entre otras cosas hablamos de toros y de su reciente actuación ante los Miuras en Madrid donde una vez más se jugó el tipo. Recuerdo que le dije que los toreros deben asumir las críticas como cualquier otra profesión expuesta al público, pero que hay unos límites que deberíamos respetar quienes no nos hemos puesto jamás delante de un toro ni hemos escuchado de cerca su imponente resollar; los que no hemos sentido nuestra boca seca ante su inquietante mirada ni hemos embarcado en una muleta su incierta embestida; los que nunca hemos sentido el roce de un pitón sobre la piel ni jamás hemos sufrido una cogida… Eso sólo puede saberlo otro torero.
Y recordé de nuevo estas palabras al conocer la trágica muerte de Iván Fandiño que nos ha dejado conmocionados a todos los que formamos parte de alguna manera de la gran familia taurina, sumida en días de luto y dolor.
Ahora que los vientos de la modernidad han ido borrando tantos oficios antiguos que en su día gozaron del honor, como Antonio, de tener su propia calle (Sogueadores, Frenería, Jabonerías, Yesqueros, Aladreros, Cedaceros…), aún pervive la profesión de matador de toros. Actualmente es para muchos una profesión incomprendida y anacrónica pues los toros bravos podrían sacrificarse discretamente, como tantos otros animales, en un matadero con la eficiencia de una cadena industrial, ocultos a miradas sensibles, para tranquilidad de conciencias hipócritas y sin riesgo para el artista, al que ya no llamarían “torturador”, sino “trabajador de industrias cárnicas” con derecho a afiliarse a cualquier sindicato de clase obrera sin sufrir acoso de nadie.
Sin embargo, aún quedan personas que se juegan la vida –y la pierden- por esta profesión. ¿Por qué lo hacen? ¿Por dinero? No lo creo. ¿Por romanticismo? ¿Por afición? ¿Por locura? Probablemente haya un poco de todo, pero es gracias a ellos, a su entrega y a su sacrificio, por lo que la tauromaquia sobrevive desde tiempo inmemorial. Y el principal beneficiado es el toro de lidia, algo que ignoran los autodenominados “animalistas”.
El toro bravo implica riesgos en todo momento. No solo arriesgan su vida los toreros; mayorales y ganaderos lo saben bien. Precisamente dentro de unas semanas se cumplirán veinte años de la muerte de Ángel Sánchez Mompeán, “Angelín”, el humilde corralero de la plaza de toros de Murcia, manejando una novillada de Las Ramblas y que merecería algún recuerdo entre los muchos azulejos que adornan con menos méritos el coso de La Condomina.
Iván Fandiño, Victor Barrio, Angelín y tantos otros dieron su vida por la tauromaquia y por el toro bravo. Si no hubieran existido personas como ellos dispuestas a tan grande sacrificio -éstos sí que son auténticos animalistas-, el toro bravo ya habría desaparecido. Éstos, los que aún lo crían y especialmente quienes lo torean, son sus verdaderos defensores, los que de verdad lo aman, y por eso se merecen nuestro respeto: respeto del público, de los empresarios, de los presidentes, de la crítica…
Recordémoslo cada vez que contemplemos en silencio el rito solemne de un paseíllo en cualquier plaza de toros.
José Luis Valdés
