De lugares y toreros de la Murcia del ayer

diego reinaldos opinionObligado es iniciar esta nueva entrega de Muletazos con historia con mis disculpas a ti, paciente lector, por una tardanza más allá de lo justificable para que este texto viera la luz, aunque es más que posible que te sintieras liberado de tan tediosa lectura.

En esta ocasión, y cercana la fecha del festival a beneficio de la Asociación Española Contra el Cáncer que se celebrará en el coso de La Condomina, no puedo evitar que vengan a mi memoria recuerdos de un pasado reciente en el que el coliseo situado en la ronda de Garay lucía sus mejores galas para la celebración de una Feria de Primavera que solía coincidir con las fiestas con las que la capital del Segura da la bienvenida a la estación que pone fin al invierno. Era una feria amable, que solía constar de uno o dos festejos, novillada y corrida real en la mayoría de las ocasiones, y que, junto con el festival susodicho, que entonces se celebraba en febrero, suponía el aperitivo taurino a gran banquete de la Feria de Septiembre. ¡Qué pena de La Condomina! Perdida su dignidad por la tómbola orejera, como rezaba una pancarta en Valencia tras la cuestionada Puerta Grande de Perera, y por ese “toro chico y billete grande”, a decir del maestro Molés, el aficionado murciano, que huyó de la plaza hace años, contempla triste la agonía de la plaza de una ciudad cuya historia taurina no merece tamaño disparate.

Hunde la historia taurina de la capital del Segura sus raíces en la Edad Media, cuando hay constancia de la celebración de los populares “juegos de toros y cañas” en las plazas de Santa Eulalia y del Arenal, al amparo de las murallas. No en vano, cuando llegaron a Murcia las noticias de la toma de Granada el 2 de enero de 1492, aparte de alzarse pendones y alegrarse las calles con música y danzas, se celebró una corrida de cuatro toros en la plaza del Mercado, hoy de Santo Domingo.

Los siglos XVI, XVII y XVIII están también repletos de noticias relacionados con festejos taurinos, celebrados normalmente con motivo de importantes conmemoraciones, como el nacimiento de un príncipe o infante, la coronación de un rey, la firma de una paz o las principales festividades civiles y religiosas. Así por ejemplo, en 1593, con ocasión de la llegada a Murcia de las reliquias de San Fulgencio y Santa Florentina, se organizaron importantes festejos, entre los que se incluía una corrida de toros. También hay que destacar la asistencia de Felipe IV los días 11 y 12 de septiembre de 1628 a sendas corridas celebradas en la plaza de Santo Domingo en las que alancearon toros importantes personalidades de las oligarquías de la ciudad, como don Antonio Saorín, don Antonio Prieto y don Diego Balibrea. En el mismo lugar, destaca un siglo más tarde la anécdota acaecida en la última de las tres corridas celebradas en septiembre de 1728, cuando el capitán del regimiento del Rosellón don Martín Riquelme cayó del caballo delante del toro al morir el equino, pero sacó su espada y finiquitó al cornúpeta de un profundo espadazo en la raíz de una de sus astas, entre los aplausos de la concurrencia.

Otros lugares que acogieron festejos taurinos en la capital del reino murciano fueron la plaza del Arenal, la plaza de Ceballos, la plaza de San Agustín, donde hubo un recinto de madera en el siglo XVIII sustituido por un nuevo recinto de obra a partir de 1840, o la plaza de Camachos, llamada entonces de San Benito. Hay que destacar este último lugar, puesto que es la primera vez que se adecuó un lugar específico para la celebración de festejos taurinos. Allí, en efecto, se construyó una plaza de toros que se inició hacia 1742, siéndole encargada la dirección de las obras al maestro mayor Martín Solera. Los edificios, con balcones reservados para el concejo y para las autoridades eclesiásticas, conservaron la simetría y altura entre ellos, otorgando gran armonía al conjunto. La inauguración se produjo, aún sin terminar, el 12 de septiembre de 1769, año de la inauguración también de la iglesia del Carmen, acaecida el 8 de julio. Aún se conserva el arco que daba paso a los toriles de la plaza, por la que desfilaron diestros de postín, como Roque Miranda “Rigores”, pupilo de José Cándido, o el murciano Celestino Parra, carnicero de profesión.

También es interesante la plaza nueva de San Agustín, que a partir de 1840 se levantó en los terrenos de lo que fuera el convento del mismo nombre desamortizado, bajo la dirección del arquitecto municipal don Juan Antonio Alcázar. Fue inaugurada en 1851 con toros de La Torre Rauri y del duque de Veragua por los diestros Juan Jiménez “El Morenillo” y José Redondo “El Chiclanero”, con un lleno de no hay billetes (7500 personas). A lo largo de sus treinta y seis años de existencia, hasta la inauguración de La Condomina, se lidiaron en ella toros de ganaderías tan variadas como Saltillo, Miura, Ibarra… alternando diestros de gran importancia como Lagartijo, Frascuelo o El Espartero. Curioso cuanto menos es el llenazo que se produjo el 25 de junio de 1883 para contemplar la ascensión en globo de un desventurado burro llamado Blas. El sufrido animal, acompañado por el capitán Milá, se desbocó y “perdió el conocimiento” con la altura, viniendo a estrellarse en la plaza de San Ginés.

Cuatro años después de aquel “suceso” se inauguraría la plaza de La Condomina, proyectada, como la de Lorca, por el arquitecto Justo Millán. Las tres funciones inaugurales, que tuvieron lugar los días 6, 7 y 8 de septiembre de 1887 acartelaron a los mismos diestros las tres tardes, a saber, el cordobés Rafael Molina “Lagartijo”, figura del momento, el murciano del barrio de San Nicolás Juan Ruiz “Lagartija” y el guipuzcoano Luis Mazzantini, que lidiarían toros de Murube, la primera tarde, Miura, la segunda y del Conde de la Patilla la tercera. Se iniciaba con “Lagartija” y con La Condomina el germen de una historia taurina secular de toreros murcianos surgidos al abrigo de la nueva plaza de toros, con una afición que además se unía en el primer club taurino de España con la ilusión que generaba tan importante torero y tan importante coliseo. Ciento treinta años después La Condomina ha sido testigo de destacadas efemérides que contaremos en otra ocasión, pero sufre también viendo cómo muchos de sus hijos se quedan deseosos de pisar su albero e incluso de sentarse en sus tendidos por incomprensibles decisiones. Murcia no lo merece. ¡Qué pena de La Condomina!

Diego Antonio Reinaldos Miñarro

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