De los romanos, de tres pasodobles y de una boda: ¡un ángel para Cartagena!

diego-reinaldos-opinion5 de agosto de 1854. Los hermanos Curro Cúchares y Manuel Arjona tomaban parte en el festejo inaugural de la plaza de toros de la calle del Ángel de Cartagena, asentada a la postre sobre el anfiteatro romano de la ciudad.
30 de marzo de 1986. José Ortega Cano, Julio Robles y Raúl Aranda trenzaban por última vez el paseíllo en la plaza de la vieja ciudad portuaria, antes de que un gobernador civil de funesto recuerdo ordenara su cierre argumentando deficiencias graves en la enfermería.
Entre ambos acontecimientos se escribe la gloriosa historia de una plaza de toros que vio desfilar por su ruedo a las mejores figuras del toreo de los siglos XIX y XX para enfrentarse a cornúpetas de las más acreditadas ganaderías. Toreros sobre la arena de un anfiteatro, cual gladiadores romanos que luchan contra las más temibles bestias. Lagartijo, Frascuelo, El Espartero, Guerrita, Bombita, Algabeño, Manolete, Manolo Vázquez, Mondeño, Paula, Aparicio, Litri, Ostos, Camino, Puerta, Cordobés, Romero, Capea, Antoñete o Paquirri contra Carriquiri, Veragua, Miura, Justo Hernández, Núñez, variado Domecq, Murube… conforman un largo elenco entre los que hay que destacar a dos matadores cartageneros: Enrique Cano “Gavira”, torero de principios del siglo XX, y José Ortega Cano.
He de confesar que como historiador, o más bien como “escribidor y contador de historias” que no merezca siquiera el calificativo de escribano, siempre he sentido una especial predilección por aquellas ciudades que han sabido unir el ancestral rito de la tauromaquia con sus hondas raíces mediterráneas aprovechando a la perfección los recintos clásicos que inspiraron las modernas plazas de toros: los anfiteatros. Tiene que ser orgiástico, permítaseme la expresión, contemplar un festejo taurino –con la carga ritual desde el punto de vista antropológico, simbólico e histórico que encierra–, en el mismo lugar donde hace más de dos mil años aquellos que sentaron los cimientos de nuestra civilización contemplaban las luchas de hombres con animales o de animales entre sí. En este sentido, como desde 1789, los descendientes de los antiguos francos nos llevan ventaja, y Nimes y Arles son dos extraordinarios ejemplos de perfecta simbiosis entre el respeto patrimonial y el mantenimiento del uso público de dos edificios cuya razón de ser originaria no es otra que la de la celebración de espectáculo.
Por todo ello, y pese a que los impedimentos desde el punto de vista cultural y patrimonial pudieran ser mayores, siento disentir con mi amigo Paco Vera, que tan enconada y valiente lucha mantiene durante cerca de 30 años, en su proyecto de un nuevo coso multiusos para la ciudad portuaria, que no obstante es lo más realista y más realizable en el corto-medio plazo. A mí me gustaría más que se aprovechara la oportunidad de contar con un anfiteatro para un proyecto científico de estudio histórico-arqueológico del lugar, concebido ya no sólo como yacimiento sino como edificio reintegrable y baza histórico-cultural que podría albergar de nuevo –tras 2000 años– espectáculos. Locura es, pero ya dijo la periodista y humorista estadounidense Helen Rowland que “las locuras que más se lamentan en la vida de un hombre son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad”. El propio teatro romano cartagenero es un gran ejemplo de reintegración y uso público de un lugar en el que se pueden llevar a cabo incluso representaciones teatrales.
¡Qué pena Lorca, con su Sutullena! ¡Qué pena Cartagena! Una ciudad que vio nacer los pasodobles La Gracia de Dios, Abanico y Suspiros de España, surgidos en los momentos de inspiración más anecdóticos. Como ese pique entre dos gallos de la música, a saber, Ramón Roig y Torné y Eduardo López Juarranz, el primero a la sazón director hacia 1880 de la Banda de Música de la Infantería de Marina de la ciudad portuaria y rival acérrimo del segundo. Y es que parece ser que la inspiración para componer en dicho año La Gracia de Dios le vino a Torné espoleado por el éxito de Juarranz en París con su pasodoble La Giralda y tras haber recibido una misiva en Cartagena que decía de esta guisa: “Para Ramón Roig, con la completa seguridad de que se dará perfecta cuenta de cómo se escribe un pasodoble”. La respuesta de éste no fue otra que el citado pasodoble y una misiva para su rival en la que le espetaba: “A Eduardito López Juarranz, para que compruebe, al leer la presente partitura de La Gracia de Dios, que se trata de un verdadero pasodoble, desde luego, mejor que el suyo”. Por lo demás, parece que al maestro tuccitano Antonio Álvarez Alonso le vino la inspiración para titular el pasodoble que acababa de componer en 1902 en Cartagena al pasar por la confitería España y observar y llegar a su olfato el olor de los “suspiros”, dulces típicos de la zona suresteña; y que el ilicitano Alfredo Javaloyes también compuso ocho años más tarde en la ciudad portuaria una de las marchas militares más interpretadas a lo largo de la Historia de la Música hasta día de hoy: El Abanico. Para no aburrir al sufrido lector, pues doctores tiene la Iglesia, lo remito a los sabios en la materia, como José Antonio Hernández Arce, quien glosó sobre el tema en el nº 19 de la revista Sinfonía Virtual.
¡Qué pena Cartagena! Testigo de una boda de excepción. De las mediáticas de la época (4 de noviembre de 1906), pero de las mediáticas que merecían la pena. Porque a la misma no asistieron aquellos tertulianos de lengua viperina que aprovechan cualquier resquicio en la televisión para vociferar secretos o remover las mieses del de al lado, sino que acudió la flor y nata de la sociedad del momento. Y para muestra, un botón: se contaba entre los testigos ni más ni menos que con el insigne don Benito Pérez Galdós, con el torero cordobés Rafael Guerra “Guerrita”, entonces ya un mito de la época; con el diputado donostiarra, escritor y abogado Rodrigo Soriano, quien llegaría a ser embajador en Chile durante la II República; con el banquero bilbaíno Félix Chávarri y con el escultor sevillano Eduardo Muñoz Martínez. Y como padrino del novio en la ceremonia el insigne catedrático de Ingeniería de Madrid don José Hurtado, que llegó con él en el correo, mientras que la madre de la novia ejerció de madrina y entre sus testigos figuraban, entre otros, el senador Juan Aznar y el Director del Banco de España, Luis Benítez. Entre los invitados aparecían las más destacadas personalidades del mundo político, social, económico y cultural de la época, y para el evento, celebrado en el hotel de los Molinos, propiedad de los padres de la novia, se acreditaron periodistas de España, Francia y Portugal, convirtiéndose en una revolución para la ciudad. En estos momentos se estará preguntando el lector quiénes eran tan ilustres contrayentes, y se sorprenderá quizás al conocer que hablamos del califa cordobés Rafael González “Machaquito” y de la señorita Ángeles Clementson, hija de señora andaluza y de comerciante inglés, elegida por su belleza dos veces reina en los Juegos Florales de Cartagena y Lorca. Cartagenera de nacimiento y emparentada con los Arderíus de Lorca, su padre era administrador de la Tabacalera de la Ciudad del Sol, y ella residía la mayor parte del tiempo en la casa familiar de la calle Martín Piñero de dicha ciudad, pasando temporadas en la casona que los Arderíus tenían en el Huerto de la Rueda, junto a la rambla de Tiata. Al parecer, los dos enamorados se habían conocido en una novillada de Machaquito, y desde entonces floreció una relación que llevaría a Machaquito a pasar largas temporadas en Lorca y Cartagena en un noviazgo intenso, a la petición de mano (abril de 1906) y a la boda y posterior luna de miel en Madrid y París para instalarse definitivamente a vivir en Córdoba. Precisamente fruto de aquellas estancias en la Ciudad del Sol surgió en 1907 lo que se llamó el Centro Taurino Machaquito, en la calle Corredera, heredero de otro lugar anterior en el que se reunían intelectuales, culturetas, literatos y desocupados al calor del diestro cordobés. Tras su boda, el califa cordobés toreó durante unas temporadas hasta retirarse en Madrid en 1913 dándole la alternativa a Belmonte, viviendo Ángeles y él desde entonces en su hacienda cordobesa hasta su muerte en 1955.
Y Cartagena y Lorca fueron testigos de aquellos amores y de aquel acontecimiento. Porque ambas ciudades, tan repletas de historia y de cultura y testigos de tantos acontecimientos, una con Sutullena (del latín con origen prerromano “villa de Satulio”) y otra con el coso de la calle del Ángel, no merecen seguir en el siglo XXI con una parte de su identidad perdida, Lorca necesita a Sutullena y Cartagena necesita un ángel.

Diego Antonio Reinaldos Miñarro
(PD: la publicación de este artículo coincide con el fallecimiento de la madre del Presidente del Foro Taurino y Cultural de Cartagena, Paco Vera. Sirvan estas líneas como homenaje a su valiente lucha y vayan desde aquí mis condolencias).

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