¡CRUCIFÍCALO, CRUCIFÍCALO!

marcial opinionCuenta Lucas, el Evangelista, que cuando Pilato quiso liberar, a ruegos de su esposa Claudia, al Nazareno, dándoles a elegir entre Él y Barrabás,  la turba, azuzada por manos largas, pedía a gritos  que soltara a Barrabás. Y, a la pregunta que qué hacía con el Cristo, subiendo los decibelios, gritaban hasta desgañitarse:

-“¡Crucifícalo, crucifícalo!”

            No olvidemos que esa misma chusma, el domingo pasado, el de Ramos, lo trajeron en volandas desde Betfagué y Betania al grito de ¡Hosanna!, para proclamarlo rey de Israel.

            Ya saben, los que tienen la paciencia de leerme, que siempre me gusta introducir con un ejemplo mis reflexiones sobre la actualidad. Enseguida sabrán el porqué de esta cita evangélica.

            El pasado 9, en la esperada corrida de Cehegín, con miuras en el ruedo, no tuvo Antonio Puerta su tarde. Hasta aquí todo normal. ¿Qué torero no ha tenido una mala tarde? ¿Quién no ha marrado en una apuesta?

            Busquen. Busquen ustedes a ver si encuentran. Si es así, les ruego me lo hagan saber. Y cuando me refiero a torero, quiero decir TORERO.

            No estuve en el festejo, porque tenía cita previa en otra querencia. Pero uno tiene amigos que le informan. Y, mucho más en un caso como éste, en que dos amigos hacían el introito en el coso ceheginero. Por esos informes y por flecos recogidos aquí y allá, supe de lo mal que lo pasó un torero que, hasta ayer, era jaleado como la esperanza sucesoria por ciertos entendidos de capaza y bota. Al parecer, muchos de estos asistentes hicieron leña hasta hartarse a costa del mal trago. Luego, en determinados círculos, he oído rumores de ataque directo, con una inquina especial. Y claro, no he podido por menos que rememorar el citado pasaje.

            Preocupado, a los pocos días -los necesarios para serenarse y serenarme- he entrado en contacto con el torero, encontrándolo totalmente abatido. Con todo mi cariño he intentado animarlo, hablándole como se hace con los amigos: de frente y sin doblez. Por respeto a su intimidad y la mía, no voy a reproducir nuestra charla, más bien monólogo del escribidor. Pero sí quiero hacer unas reflexiones en voz alta, esperando que los que las lean, calienten su caletre y evalúen. Aquí están:

-Desde que comenzó a lancear, me sentí atraído por ese “algo” que hacía de Puerta un becerrista a observar. Había una concepción estética y una profundidad poco frecuente.

-Con experiencias de distinto signo, siguió su carrera, con altibajos. Ya se veía en ese momento la oscilación entre su sentimiento natural del toreo y ese otro que había tomado –o le habían inducido- como espejo.

-Con ese dualismo y de aquella manera, tomó la alternativa en la plaza de la que tanto esperaba, por distintas razones. Las actuaciones fueron triunfales y triunfalistas. La entendida afición condominera jaleaba su nombre con palmas de tango, queriendo reverdecer esas tardes de borrachera de vino barato. Los papeles y los mentideros paniaguados bendecían sus triunfos. Ese eco debió de subir demasiado alto. Creó expectativas y celos. Y…. (Contéstense ustedes mismos)

-Luego, como en el caso Rafaelillo, se le negó el pan y la sal en los ruedos que patrocina el empresario capitalino, pese a sus triunfos en ellos. Y comenzaron los dimes y los diretes y la mano larga a moverse…

            No quiero seguir por ese camino. Por el contrario, sí quiero hacer volar estos pensamientos:

-Pienso que una mala tarde, aunque sean con miuras y máxima expectación, no pueden dar al traste con un torero de arte y sentimiento como Puerta.

-Pienso que antes de elegir espejo, es bueno que un torero terne conozca el azogue que lo chapa por detrás, para evitar chascos, desengaños y que su imagen se desvanezca en esa superficie falsa y distorsionante, como los de los laberintos de feria.

-Y pienso, que para un buen alumno, inteligente, sensible y con voluntad, una lección traumática a tiempo no puede ser el punto final, sino la línea de salida donde pueda iniciar el camino para el que fue creado: arte, elegancia y sensibilidad.

           

            Espero, por su bien y el de los buenos aficionados, que Antonio olvide ya los gritos que exigen su patíbulo y solo oiga a su cerebro y su corazón, que, seguro, marcarán adecuadamente el duro e incierto camino que ha querido emprender, porque si lo hace con conocimiento y decisión, el premio es muy grande, como la vida misma.

           

            ¡Siempre adelante, torero!

Por Marcial García