Cristina me quiere gobernar

fran perez opinionSalió otra vez la Cristina, que de ministra de medio ambiente pasó a ser muerta política,  resucitada hoy como presidenta del PSOE al más puro estilo The Walking Dead por la pócima del pedrosánchizmo al ritmo de la canción cubana de Ñico Saquito para soltar una verdad.

“Es sólo una cuestión de tiempo que las corridas de toros desaparezcan”, dice la señora.

Y no lo pongo en duda. Aunque compañeros de su partido trabajen para que no sea así, como Eneko Andueza en el País Vasco, Pepe Vélez en nuestra Murcia y tantos otros que quieren llevarle la contraria.

Ella, que es musa del antitaurinísimo de cabeza rapada sólo se equivoca en una cosa. Los festejos taurinos no se acabarán por la existencia de grupos interesados, financiados desde Holanda, que quieren las ayudas de la Unión Europea para sus vacas lecheras a costa de quitárselas al toro de lidia español, ni por la intervención de grupos políticos que han perdido su sino para convertirse en sucedáneos sin fuste de los que antaño fueron, ni por un tonto que salta a las plazas con su pancartita al estilo mascota del evento, ni por concejalas que quieren poner bombas en los tendidos de las plazas, ni por otras, lorquinas, que dicen no saber nada de mociones por compra de plazas de toros en plenos municipales pero saltan por Facebook a menos de media hora de la aprobación de la moción diciendo que no apoyan la reconstrucción de escenarios donde se práctica su palabra favorita, “maltrato”, a pesar de ser monumentos y elementos para el dinamismo de la ciudad que quieren (se supone) que prospere. A lo mejor, esa palabra, es la que siente el ciudadano al verlas sentadas en el sillón acomodado de un escaño municipal cuando votan en contra de algo por cuestiones de partido en lugar de por cuestiones de coherencia. Lo peor es que saben que han metido la pata hasta el corvejón y para no bajarse del burro organizan un retén orquestado contra la moción aprobada con su amiguito militante de su partido y que preside una plataforma animal que arde en deseos de tener una subvención para darle de comer a los perros. Y tampoco se acabará, ni mucho menos, por la modita esa de ¡qué pena de toro! pero me como la hamburguesa del Burger que da gusto, o me pongo como el Kiko de choripán en las barbacoas de verano con los amigos (como el amiguito de ciertas concejalas que se suben a carruajes arrastrados por caballos que no sufren porque les dan de beber Red Bull) porque los filetes salen de los árboles.  

Señora Narbona, amigo Peter, respetable Marisol Moreno, paisana Dora y amiguito que va en su mochila no hagáis más el ridículo. Los toros se acabarán por la ineficacia, pasotismo y fraude de un sector taurino que trata al que paga como el mismísimo emoticono marrón del Whatsapp. A la vista está. Bajan el IVA de las entradas de los espectáculos culturales en directo, entre los que se incluyen las “corridas de toros”, y los empresarios taurinos, salvo alguna excepción, no han bajado ni un euro al que decide sentarse en la piedra, es más, en muchos sitios han subido el precio. Toma castaña. Y en la plaza, todo igual. Esa Tauromaquia del torito de medio pelo con la lengua fuera, sobredosis y trabajo de carpintería en los pitones delante del torero que se lo pasa lejos pero que sale en las revistas guapo que da gusto. Y todos días en las crónicas, la cumbre de las cumbres. Del despropósito. Y todo bajo la atenta mirada del hombre que acaricia el gato por los campos de Salamanca.

Y si hay uno que se arrima delante de un toro, acoso y derribo contra él. ¡Ese no vale! y al banquillo. Y si se le deja a su aire y no se lo cargan, es que detrás de él hay un esbirro, amigo o dueño de intereses del que acaricia el gato.

Y el veto (yo diría miedo) entre compañeros. ¡Ese no, que torea y me descubre! ¡Ese no toreará hasta que yo mande aquí que torero de esta tierra sólo hay uno!

La desaparición de los escases porque no hay valor a torearlos. Que alguno, que es figura, no ha visto un toro de Cuadri delante en su vida.

Mierdas que piden dinero a los novilleros por torear. Tontos que lo consienten. Triunfos silenciados, ausencias injustificadas. Envidias infinitas. Monopolio en los despachos.

Crisoles, goyescas, pinzonianas, lagarteranas y demás faltas de respeto al traje de luces.

Puedo seguir pero me estoy acordando de un toro en puntas, que sale a la plaza como un galán, ovacionado por la gente. Y embiste como un tejón por abajo y no admite un error del torero. Y va dos veces, incluso tres, al caballo con alegría, empuja y romanea. Se crece en banderillas. Y en la muleta se fusiona con el cuerpo del torero, haciendo que de lo más profundo de los aficionados salga ese ¡olé! , que quiere decir verdad, que no hay nada más puro que eso. Y los naturales queden grabados en la memoria escritos con la muñeca soñadora de un torero y  la embestida de un toro que no se te olvidará en la vida. Que mayor honor para un animal que recordarlo siempre. Que mayor honor para un torero que hacer que se recuerde. Y para recordar hay que arriesgar. La vida. Por un animal.

Mientras que ocurra esto último la frase de la señora Narbona carecerá de sentido y tendrá que seguir admirando los libros de toros escritos por su padre y su hermano. Tan sólo queda una cosa, que el sector taurino empiece a darse cuenta. Que nadie tape las tropelías y que de una vez por todas se trabaje por la fiesta de los toros y no por el bolsillo de dos o tres. Con la emoción en los tendidos de las plazas de toros, la justicia y verdad del espectáculo nadie puede. Con la pasión de la afición somos infranqueables. Sin ella, como ahora, los virus nos atacan por todos sitios. Que quede claro.

Fran Pérez @frantrapiotoros

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