CARTA ABIERTA

marcial-opinionHay veces en que es doloroso coger la pluma. Uno está acostumbrado a ello, no en vano he dedicado cuarenta años de mi vida y, desde la cesantía funcionarial, pienso seguir haciéndolo hasta que me quede aliento o pulso para empuñarla. Y es doloroso cuando sabes que, como la vacuna, tus palabras pueden producir escozor e incluso dolor, aunque luego curen. Yo, de toros –es notorio- no tengo ni repajolera idea. Pero de cariño, psicología, docencia y sensibilidad puedo alardear de algo. Y por eso me animo a escribir este folio o carta, abierta al destinatario y a cuantos lo quieren.

            Mi muy querido amigo. Dos puntos.

            El motivo de estas letras no es otro que el expresarte el sentimiento que esta tarde de domingo, áspera de oraje pero intensa de esperanza, hemos experimentado desde tus devotos declarados hasta los aficionados que aún no te conocían. Un sentimiento desconcertante, un sí y un no, a medio camino entre la ilusión esperanzada y el pesimismo agobiante. Los que gozamos de tu intimidad, además, hemos sentido una lacerante punzada cuando el acero marró y tumbó la gloria del trofeo bien ganado, porque sabemos el desgarro que produce en tu empeño.

            Uno, que sufre tu desgarro en carne propia, ha sentido un puñal de siete filos cuando, como dichas al viento, un conocido, que sabe de mi devoción por tu arte y tu persona, ha soltado estas cinco palomas negras cuando pasaba a su vera:

-“¡Las orejas se cortan matando!”

            Y lleva razón. Por algo en vuestro carnet profesional pone: “matador de toros”.

            Pero esa razón, en parte, pierde su peso cuando se pierde la referencia y el marco; cuando se ignora el chaparrón de arte derramado que ha precedido al marraje y cuando se utiliza como arma arrojadiza, que hiere y afrenta.

            Yo, como es público y notorio, no sé de toros. Pero sé esta ley universal:

El camino del acero lo dirige la voluntad y el brazo. Por tanto, se puede aprender la técnica y se puede afinar el tino. Es cuestión de empeño, maestro y aprendizaje. Pero, para crear un monumento de arte y pasión sobre el juego eterno de la vida y la muerte, eso solo puede hacerlo quien nació marcado por el dedo de Dios, quien fue arrullado por las nanas de las musas y el sublime y mistérico acorde de la lira de Apolo. Y eso, amigo mío, solo está al alcance de los elegidos para crear, de los demiurgos que nos conmueven las entrañas.

            Así pues, que ese lunar en tu horizonte de luz no te aplaste. Que cuando algo se atraviesa en el camino y, después de aventado, lo vuelves a encontrar unos pasos más adelante, puede convertirse en el suplicio de Sísifo (aquel que estaba condenado por los dioses a subir un enorme peñasco hasta la cima, para, al llegar a ella, caer por la otra ladera… y comenzar de nuevo, eternamente), en un impenetrable Telón de Acero que impida tu vuelo libre de artista.

            No desmayes. Pero no olvides. Y yo –que de toros no sé nada, pero te quiero hasta rajarme el alma- te digo: serena tu alma, busca en tu interior y proponte decidido acabar con la gasa negra que atenaza tu brazo. Tu vista, el saber encontrar el viaje y tu voluntad decidida te librará, nos librará, de ese fantasma empeñado en amargar el dulzor de tu arte. Y no olvides que lo puedes hacer. Recuerda lo que te conté de Campuzano, la silla de flamenquito y la masculinidad que marca la ingle. ¡Mira que si está ahí la respuesta!

            Ahora, descansa. Pero, a más tardar mañana, emprende el camino que acabe con tu pesadilla y la nuestra. Y recuerda: “Doxa si, Kyrie! Doxa si!”

            Recibe un abrazo de tu amigo, que lo es: Marcial, Zoquetillo.