CARTA A UN INNOMBRABLE

valdés opinionGracias por no pegarme, de verdad, muchas gracias. Cuando al terminar la novillada de la plaza de toros de Murcia te abalanzaste sobre mí con la cara desencajada y esa mirada de loco, y me empujaste mientras me gritabas que soy “el mayor hijo de puta que has conocido en tu vida”, esperaba resignado para encajar tu puñetazo. Me habían llegado noticias de tu enorme enfado al leer mi artículo anterior, ya sabes, ése titulado “Querido Antonio Puerta”. (Ver anterior artículo https://elmuletazo.com/querido-antonio-puerta/ )  Te confieso que intenté evitarte durante el festejo y esperé a que te alejaras para salir por una puerta opuesta; no hay necesidad de crear situaciones incómodas. Pero no sabía que me tenías localizado y que ya estabas al acecho.

 Quiero pensar generosamente que si al final no me pegaste, no fue porque se formara un corrillo de incómodos y desconcertados testigos alrededor, sino porque recuperaste fugazmente la cordura. Me dicen que luego llegaste tan ufano al patio de caballos alardeando de tu “gesta”. Ojalá eso te hiciese feliz por un instante. Al menos para algo te habría servido la enorme tristeza y vergüenza que de nuevo sentí por tu deplorable forma de actuar.

 En el artículo que tanto te irrita yo no citaba tu nombre. Tampoco te voy a nombrar hoy. ¿Para qué, verdad? Ya dije que ese nombre, que en otro tiempo veneraba, ahora no supera el delicado filtro de mis escrúpulos y tampoco hoy tengo ánimos. Llámame pusilánime si quieres (y si sabes lo que eso significa, claro).

 Pero, aparte de darte las gracias por perdonarme la vida, quiero aclararte una cosa: no soy un hijo de puta. Tenlo bien clarito. Podría haberlo sido, que de ese riesgo nadie estamos libres; tú tampoco. Afortunadamente mi madre, María Belmar, no tuvo necesidad de dedicarse a esa penosa profesión para sacarnos adelante a sus siete hijos. Aunque murió muy joven, tan solo treinta y nueve años, aprovechó bien su corta vida para educarnos adecuadamente e inundarnos de cariño. Ya ves, tú podrías nacer mil veces y seguirías siendo un pigmeo al lado de su sombra. El apellido Belmar te sonará. Ella nació y vivió en esa misma plaza donde tú la has insultado tan zafiamente; Benito Belmar fue su hermano y Angel Belmar su padre y mi abuelo. Con esa reata, leyenda taurina en Murcia -atiende personaje innombrable- nadie puede ser un hijo de puta ni aún queriéndolo.

 Pero tengo otros defectos; quizás te alegre saber que soy un gilipollas. De los grandes. Porque me creí a pies juntillas todo lo que ellos me enseñaron. Porque crecí convencido de que la tauromaquia es sagrada, que los toreros son seres excepcionales, semidioses, y que la gente que se juega la vida ante un toro, como tú tantas veces has hecho, se merece el mayor de los respetos y admiración. Fíjate si lo llegué a creer que yo fui la primera persona que solicitó para ti la Medalla de Oro de la Región en un artículo publicado en La Opinión (19/9/2008). Léetelo, anda, que quizás aún te sea de provecho.

 ¡Pero quién nos lo iba a decir!, ¿verdad? Ese torero que yo consideraba merecedor de la máxima distinción de los murcianos luego habría de abochornarme con su comportamiento. Que ya lo advirtió nuestro alcalde Ballesta en una ocasión: “Lo más difícil de los premios no es conseguirlos, sino seguir mereciéndolos después”. Desgraciadamente con tus obras actuales siento decirte que ya no eres digno de esa medalla.

 ¿Qué te ha irritado tanto de mi artículo en cuestión hasta hacerte perder hoy los papeles, criatura? ¿He dicho acaso alguna mentira? Pues dime cuál y la corrijo. Pero sabes tú que no, y tú mismo te has delatado de la manera más torpe.

 El incidente que menciono sucedió en el último concierto de Raphael en la plaza de toros. Las señoras que lo (que te) sufrieron estaban en el palco junto al tuyo. Lo sé de primera mano porque una de ellas lleva sus hijos a mi consulta (por si no lo sabes, soy pediatra). En todo caso agradéceme que no haya entrado en detalles.

 Y si lo que te enrabieta es que publicase tu expresión tan execrable (discúlpame si empleo alguna palabra que no entiendas), ésa de “todas las mujeres a las que te has follao (sic)…”, fuiste tú y no yo quien decidió gritarla a los cuatro vientos en mitad de la calle. No me exijas a mí la discreción que tú no tuviste. Ten por seguro que si yo la hubiera escuchado accidentalmente en un ámbito privado no la hubiese mencionado.

 Y no te imaginas la cantidad de personas que me están felicitando por ese artículo. Muchas son desconocidos para mí, sin más tarjeta de presentación que un “soy de Cehegín”. Para tu desdicha la gente ya te va conociendo. No te perdonan tu intolerable comportamiento con Rafaelillo ni con Antonio Puerta. Y yo, sí, yo, apúntame: yo soy uno de ellos.

 Finalmente, cuando la obcecación no te nuble el entendimiento, reflexiona si puedes sobre todo lo que te he dicho aquí, de frente y a la cara, como tú toreaste tantas tardes de gloria desde aquella corrida de Dolores Aguirre hasta tu inolvidable despedida en la plaza donde nació mi madre. Yo lo firmo con mi nombre y me meto entre tus pitones y así te lo digo. Y si alguna vez te asaltan las dudas, piensa cómo se comportarían en tu lugar Manolete, El Viti, Dámaso, Álvaro Domecq, Curro Romero, José Miguel Arroyo “Joselito”, Ortega Cano, César Rincón, Pepín Jiménez, Ponce, Lea Vicens… ¿sigo?, y tantos otros que están en la historia sagrada de la tauromaquia.

 Sé honesto, generoso, cabal, respetuoso, educado, compañero de tus compañeros, duro con el que abusa y compasivo con el débil. Aprende de las críticas y guárdate de los falsos aplausos. Déjate la soberbia a un lado. Respeta a las mujeres (no son objetos para tu uso y disfrute, ni trofeos que cobrarse o para alardear con los amigachos). No te conviertas en un ídolo caído. No defraudes a esta tierra que te dio incondicionalmente su cariño y su admiración. Deja de boicotear a tus compañeros, que ya es bastante duro el mundo del toro para tener que esquivar zancadillas de los tuyos. Sé un caballero dentro y fuera de la plaza. Y procura parecerlo; recuerda que eres un ejemplo para los niños de la escuela taurina.

 Y si alguna vez me quieres pegar, hazlo sin miedo, lúcete ante tu público, que yo no voy a responderte porque soy tan gilipollas que aún sigo respetando, no a ti como persona, que ya te has puesto demasiado en evidencia, sino a lo mucho que representas. Eso es lo que tú, una leyenda del toreo, no tienes ningún derecho a arrastrar por el fango porque ya no te pertenece solo a ti, aunque tú no lo puedas entender, sino a todos los que amamos la tauromaquia.

 Por eso y por encima de todas las cosas te lo pido, mejor dicho, te lo exijo: ¡Sé un hombre!  ¡SÉ UN TORERO!

José Luis Valdés Belmar

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