AHÍNCO PERSEVERANTE

marcial opinionAhora, que la temporada taurina europea ha entrado en estado de hibernación, es el momento de balances y reflexiones. Es el tiempo de hacer cuentas, y no solo las del “debe” y el “haber”, sino aquellas que pretenden saldar los trecientos sesentaicinco días de una vida, como si eso fuera posible. El tirar de dietario frente al crepitar de unos troncos en el hogar, es privilegio de unos pocos. Y el análisis no suele ser real, como tampoco lo ha sido su balance de una situación que muy pocos se han ganado a ley. Es una situación problemática, en que los espíritus febles se tambalean y corren el riesgo de verse arrastrados en el remolino de la desesperanza. El otoño es tiempo de caducidad y podredumbre, que se ceba con lo caduco y débil, reduciéndolo a pasto de hongos, desconectado de la savia vivificante que proporciona el justo esfuerzo cotidiano.

            En el espíritu humano, el otoño es momento de añoranzas y nostalgias, de depresiones y desalientos, de postraciones y abatimientos. Todo ello es un letal veneno que se va impregnando en la piel y en la voluntad, calándola, lenta, pero inexorablemente, como la lluvia molliznante de sus días grises. Estas sensaciones solo son rentables para los que están en el “sistema” o para el sollozo poético y la creación literaria de un mundo decadente.

            El mundo del toro, con sus tensiones y sus vetos, con sus monopolios y engañifas, con sus zancadillas y puñaladas de sicario, está especialmente abonado para arrastrar a los más débiles o impacientes al país de nunca jamás. Un escalafón atestado, un número de festejos terriblemente deteriorado y un manifiesto y siniestro “cambio de cromos” son pruebas excesivamente duras para algunos, un tamiz de mallas cada vez más selectivas que van acabando con la voluntad de ser, antes que ésta se vislumbre en el lejano horizonte. Ante semejante camino, muchos son los que flaquean y caen, los que desertan y renuncian.

            Pero cuando el deseo está marcado a fuego y el objetivo, la única meta irrenunciable, son firmes, se abre un esperanzador vericueto, que, tramo a tramo, irá ensanchándose hasta un horizonte de esperanzas realizables.

            Para lograr esa meta se necesita un espíritu fuerte. Un alma acrisolada, batida a fuego y martillo en la fragua del día a día, a la que todos estos obstáculos, lejos de abatirla, la purifican, endurecen y revisten de esa pátina milagrosa que recubre a los luchadores tenaces, inasequibles al desaliento. Sacrificio, constancia, filosofía, fe inconmovible y espíritu de sacerdocio.

             Sí. Todo esto y mucho más.

            El torero es sacerdote. Pero no un sacerdote cualquiera. Mezcla de guerrero, monje, asceta, mago y demiurgo… Por eso es tan difícil llegar a serlo. Necesita un cuerpo de atleta, pero con la flexibilidad y elegancia de un mimbre, de un junco de acero la resistencia y el cimbreo. Y ese cuerpo necesita el alma de un filósofo, con la pureza de un niño y el perfume de un poeta.

            Tú tienes buena parte del misterio y el acervo requerido. Has sido valiente a la hora de tomar decisiones arriesgadas. Pasaste tu particular travesía del desierto. Te enfrentaste a tus particulares cantos de sirena. Te codeaste a la altura de los que hoy gallean el escalafón de los recién llegados y no perdiste la partida… Percances, errores de estrategia… y muchos sueños que te acompañaban, fueron quedándose en la orilla.

            Pero, quien está llamado a grandes metas, no puede claudicar en la batalla, ni amilanarse, ni echar la culpa al destino o al mal fario.

            El torero –y tú lo eres- siempre alza su vuelo de albatros solitario y no perece en las primeras espumas de una mar arbolada. Resiste, siempre con la quilla de su pecho decidida, hendiendo las furias del temporal, esquivando a Escila y Caribdis, los monstruos homéricos que devoran a los débiles y pusilánimes, pero son burlados por Odiseo, que sigue decidido el rumbo que le ha de llevar a su ya próxima Ítaca.

            Ahínco perseverante se llama todo lo que acabo de exponerte. Grande es el esfuerzo, pero mayor la gloria esperada. Aunque las fuerzas me vayan menguando, desde las rocas de los farallones y acantilados de nuestra isla, yo te estaré esperando.

Por Marcial García