En una encerrona, por regla general, los toreros suelen brindar prácticamente las faenas que realizan a los seis toros a los que se enfrentan. Paco Ureña se salió ayer de la norma no escrita, y es que, con la simple gesta que realizaba en su pueblo para reinaugurar su plaza de toros, el cariño y el respeto que le tiene a los aficionados estaba demostrado. Para el rizar el rizo, agradeciendo, sin duda, la respuesta masiva del respetable hacia el festejo, brindó la faena del primer toro al público que le arropó, premió y agasajó durante todo el festejo.
En el tercero, llegó un brindis al empresario de la plaza de toros de Murcia, Ángel Bernal. Se nota que los dos se profesan mucho afecto y que la sintonía entre ellos es maravillosa. Eso es una buena noticia para la Murcia Taurina, que, en los inicios de la carrera de Paco, cuando estaba en el banquillo buscando una oportunidad, parecía impensable. Pero llegó un día el recordado Antonio González Barnés, peleó para que el lorquino entrara en una sustitución en la Feria de Murcia, Ángel lo creyó conveniente, el torero se la jugó en la plaza, y, desde entonces, todo volvió a su cauce natural. Todos sabemos que la carrera de los toreros se hace en varias etapas y Bernal, cuando Ureña lo necesite, va a estar ahí.
Pero las costuras de la emoción se rasgaron cuando Paco, en el cuarto toro de la tarde, dobló la muleta, cogió la ayuda, y miró a la grada del tendido 1. Allí, fuera de los flashes del callejón, haciendo protagonista solamente al que estaba de luces en la plaza, viviendo la tarde como un aficionado más, o más cerca del Olimpo como Dios del toreo que es, estaba Pepín Jiménez. Una religión taurina. Paco templó la voz, esperó a que el tendido se silenciara, como cuando pasa el Cristo de la Sangre rabalero por las calles del Barrio de San Cristóbal, y espetó: «“Por usted estoy aquí, esta es su plaza, es uno de nuestros toreros: el más importante”
Las figuras más importantes del toreo lorquino estaban frente a frente en una de las plazas que les ha dado tanta gloria. Voló la montera a las manos de Pepín, que saludó tímidamente, mientras Lorca, que no olvida su obra, le aplaudía. Paco se fue al toro de Victorino para consagrar el momento, y por naturales, como acostumbraba Pepín, le dio fiesta. Todo, en el nombre del padre.
F.P @elmuletazo
