EL PRIMER SÁBADO DE GLORIA DEL COSO DE SUTULLENA: CALABOZO, TENSIÓN, BANDERILLAS DE FUEGO Y LA CORNADA MORTAL A «EL MORENITO»

Este 2024, año en el que vuelve a abrir sus puertas el Coso de Sutullena, se cumplirán 131 años que, en un céntrico hotel de la Lorca de 1893, “Antoñito tras el cuartel” perdía a chorros la vida por la femoral. Había sido alcanzado en el muslo derecho por el toro “Montañés”, colorado de capa, del hierro de López Plata, al intentar poner un par de banderillas de fuego al manso de libro que abría la tarde de la feria taurina de Semana Santa que se celebraba en la recién inaugurada plaza de toros lorquina.

Antonio García había nacido el 20 de abril de 1856 en el barrio sevillano de San Bernardo, a espaldas del cuartel de caballería de la capital andaluza. Por eso, cuando empezó a dar los primeros pasos en la profesión las gentes del toro lo calificaron como “El Niño (Antoñito) tras el cuartel”.

En los carteles le apodaron “El Morenito” y pronto se abrió paso en la cuadrilla de Antonio Carmona “El Gordito”, con la intención de hacerse primer espada. Antonio García tuvo que bregar primero con la oposición de sus padres. Ellos querían que se dedicara a las artes gráficas, pero la llamada del toro pudo con la imprenta.

“El Morenito” fue cuajándose en un gran peón. Su brega era incansable y elegante, y en banderillas era todo un portento, clavando con alegría y poniendo a los públicos en pie. Ponía banderillas como era su personalidad. Los compañeros decían de él que era formal, respetuoso, dulce y muy simpático. Los públicos de Madrid y Sevilla le aclamaban. En 1880 tomó parte en la corrida inaugural de la plaza de toros de El Puerto de Santa María.

Sus grandes dotes para la lidia fueron captadas por Fernando “El Gallo” que lo fichó para su cuadrilla. Antonio vio una oportunidad única para lograr el sueño de ser primer espada, pero su estatura, menuda y endeble, le hicieron pensarse mejor el asunto y decidió quedarse en las filas de los de plata.

«Un torero menudito, que brega con alegría, trabaja con «el Gallito» y derrocha simpatía: Antoñito.» (Paco Pica-poco)

Con Fernando “El Gallo” siguió cosechando ovaciones, pero vivió el momento que cambiaría su vida para siempre. El 12 de abril de 1885 recibió en Madrid una tremenda cornada del toro “Trapero” de Feliz Gómez. El toraco colmenareño le cogió del muslo izquierdo, propinándole una herida severísima que le llegó hasta el vientre. Salvador Sánchez “Frascuelo” evitó con su capote que la cosa fuera a más. Pese a ello la cornada parecía mortal. Gracias a la intervención del doctor Federico Rubio conservó la vida de milagro, aunque sus vísceras abdominales quedaron en tal estado, que el célebre cirujano hubo de prescribirle que cuando toreara se pusiera una plancha de plomo en el vientre.

Desde aquella cornada, “El Morenito” no fue el mismo. Lógicamente, sus facultades se fueron a mínimos. Volvió a los ruedos en México, actuando bajo las órdenes de José Centeno y de Diego Prieto “Cuatro Dedos”. Actuando con este último en la plaza de toros de Puebla, vio morir a su compañero  y amigo Saleri, del que recogió sus últimos alientos. Lleno de tristeza por lo sucedido no paraba de decir a sus compañeros:

—Yo, si Dios quiere, no he de morir en una plaza de toros, porque en cuanto pueda me retiraré a mi casa a vivir  tranquilamente.

Volvió a la cuadrilla de “El Gallo” y luego ocupó la vacante de “El Lolo” en el equipo de Manuel García “El Espartero”.

Con este actuó el Sábado de Gloria, 1 de abril de 1893, en Lorca. Una tarde que vino torcida desde el principio y que que completaron Enrique Vargas Minuto y el novillero Francisco Carrillo para estoquear reses de López Plata

“El Espartero”, orientado, pidió en el Ayuntamiento de Lorca, a eso de las una de la tarde, el anticipo de su contrato, alertado de que la ruina se avecinaba en taquilla. En la ciudad del Sol no se habían celebrado los tradicionales desfiles bíblicos pasionales y Lorca estaba sumida en la tristeza. Lo cierto es que no había ni un céntimo en los cajones de la empresa. Manuel García creía que lo mejor era la suspensión, que le abonara la empresa organizadora el viaje y, después, si te he visto no me acuerdo. Hubo tensión entre las partes, Minuto se unió a la reivindicación de «El Espartero», pero el alcalde, Eulogio Periago, se envalentonó más, se creyó con más raza que los toros y decidió que la corrida de toros se daba, si o si. ¿Cómo lo solucionó? A las bravas.

Mandó meter en la cárcel a “El Espartero”, a “Minuto” y a sus cuadrillas, les dejó sin comer en el calabozo durante todo el tiempo, y les dio la libertad, a cambio de que toreasen, media hora antes de la celebración del festejo.

A las cinco y media de la tarde, bajo amenaza de volver a la cárcel, los dos toreros, el bueno de “El Morenito” y las demás cuadrillas se ponían el traje de torear deprisa y corriendo para actuar en la corrida. Hambrientos y mientras ponían verde al alcalde, en el patio de cuadrillas se olía a cera quemada. En los tendidos 1.500 personas, fuera de la plaza en torno a 8.000 almas que hicieron lo imposible para poder entrar sin pagar a los toros.

El primero de la tarde, de nombre «Montañés», salió con malas intenciones. El toro era manso hasta decir basta y la presidencia lo condenó a banderillas de fuego. «El Morenito» tragó quina, se encomendó a Dios, y se fue a por el toro. La primera vez paso en falso. La segunda tuvo que volver a hacerlo. En la tercera entrada se confió, pareó, pero el animal se lo llevó por delante cuando se disponía a tomar el olivo. La sangre manaba como un torrente en primavera.

Las caras eran de estupor. El banderillero Noteveas, hermano de Minuto y el picador Badila, que ese día estaba de monosabio, le cogieron en brazos y lo metieron entre barreras. Lo curaron como pudieron en la enfermería, en la que solo había un crucifijo, y lo trasladaron al hotel donde estaba hospedado. La tarde continuó sin mucho éxito y bastantes cogidas y sustos para los toreros y sus cuadrillas. «El Espartero» se llevó otra cornada leve en el costado.

9 días más tarde, Antonio García “El Morenito”, llamaba a las puertas de San Pedro.

Su jefe de filas, que regresó a Sevilla inmediatamente después de la corrida para recuperarse de la herida recibida, telegrafió en cuanto tuvo noticias de tan funesta desgracia, disponiendo que se facilitasen cuantos gastos fueran necesarios para su sepelio. Además, “El Espartero” pagó el viaje de Sevilla hasta Lorca a la madre y la esposa de “Antoñito tras el cuartel” y les dio el sueldo que le correspondía por su labor en toda la temporada, unos 35.000 reales.

“Primero con el Gallito

y después con Espartero

fue muy buen banderillero

y peón aplaudidito.

Murió en Lorca Morenito

cumpliendo su obligación,

víctima de un cornalón.

No hizo nunca mal papel;

y al lado de Rafael

ganó más de una ovación”

(Semblanza de M. Serrano García-Váo)

Fran Pérez @frantrapitoros

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